Por Janneth Magaña

Fotos: Cecilia Suárez

La imagen es la siguiente: al menos cien máquinas sincronizadas con el objetivo de pinchar la piel, perforarla, hacerla sangrar e inyectarle tinta. Lo hacen; hay dolor. Hiede a sobaco y fritangas. El piso, de reluciente azulejo, más tarde parecerá el de una fiesta universitaria. Es la primera Convención de Tatuajes de la Ciudad de México y más de cinco mil personas se han dado cita en la Expo Reforma.

Era evidente que una convención de este calado llamaría la atención. El tatuaje ha mermado en el consiente colectivo contemporáneo (con mucho más ahinco en al Ciudad de México) y es cada vez más solicitado y aceptado. La entrada a la Expo Reforma se atiborró con una revisión de mochilas en la que te despojaban de bebidas y comida: nada de papitas, gomitas, dulces o jícamas con chilito. “No joven, no puede entrar con eso”.

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Al mediodía las filas eran interminables. Para entrar al edificio, para entrar al elevador; fila para comprar boletos; fila para comprar una cerveza y refrescarte del calor. (Por fortuna, no había fila para ir al baño.) Las cosas parecían salirse de control. Los cateos eran insuficientes y justo en la entrada se encontraban las fotocopiadoras para la reducción de los diseños de tatuajes. Al final la esperanza se impuso y los cuerpos se acomodaron. La sed de tinta tiene propiedades curativas.

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La historia del tatuaje se remonta unos cuatro mil años atrás. Los primeros tatuajes registrados datan del 2,400 a.C., y corresponden a las piezas econtradas en aglunas momias de los Montes Altai, en Rusia. Sin embargo, en 1991, con el descubrimiento en la frontera entre Italia y Austria del “Hombre de hielo”, cuyo cuerpo denota patrones tatuados, el origen de la práctica se remontó hasta hace unos cinco mil años.

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Desde Japón a Nueva Zelanda y desde Inglaterra a Francia, los antecedentes del tatuaje no respetan fronteras. Incluso se dice que los vikingos gustaban de tatuarse símbolos religiosos similares a las inscripciones de sus famosas runas. Eso quedó registrado en crónicas de hace poco menos de mil años.

El tatuaje se ha mantenido, además de sus usos religiosos, médicos o justicieros, como un símbolo de identidad. En México, tatuarte ya no es tan complicado como hace 20 años, cuando tus papás te decían que era “de vagos” o “criminales”. Hay discriminación, pero con menos fuerza.

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La primera Convención de Tatuajes de la Ciudad de México, anunciada para el 4 y 5 de febrero, era un reunión masiva con stands de madera ocupados por algunos de los rifados del oficio, dentro y fuera de México: Derse Valdés, Erick Furias, Tony Cardell, Richard K13, Laura Anunnaki, Maya Myzz, Indio Reyes y Abraham Díaz. (Los artistas invitados sumaron más de 200 y se realizaron más de 800 tatuajes cada día).

El sonido trepidante de cientos de agujas evocaban los taladros en una construcción. Te hacía voltear la vista para toparte con la cara de dolor o disimulo de los tatuados en proceso. Chicas con el pelo de colores, gente perforada, botas y chamarras de piel llenaban la Expo Reforme.

El ambiente familiar que se generó es digno de reconocer: papás y mamás con sus hijos, morritos… afuera los estereotipos, dentro la mente abierta.

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Aunque la mayoría de las personas que fueron preparadas para tatuarse ya tenían tinta en el cuerpo, no faltaron las “pieles sin estrenar”. Un chavo recostado esperaba su primera pinta; su mamá y su hermanita de diez años permanecían a su lado. Sonriente, la madre me dijo que estaba contenta de que su hijo se hiciera su primer tatuaje. Ella tenía tres. El primero se lo hizo cuando cumplió los 35 años porque sus padres “eran muy estrictos”.

—Si mi hijo se quiere tatuar yo lo apoyo; así como a mi hija, que dice que se hará el primero cuando cumpla 18 años. Sí su papá y yo estamos tatuados, ¿por qué no dejaría que mis hijos lo hicieran?

La única área fresca de la Convención estaba frente al escenario. La cantidad de gente iba en aumento. Un bato se tambaleaba por las cervezas que llevaba encima, tranquilo, sin molestar. El ambiente se mezclaba con la música que ponían los DJ’s. Sonaba rap y música electrónica. Escuché a alguien decir que esa música no iba acorde con el ambiente.

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La mayoría esperaban a Los Wookies, que prestos subieron a agitar al público con “Ora pinches vergas”, “Discotecno”, “Darkoteca” y demás éxitos. Se dieron premios para los mejores tatuajes del día y ya se esperaba el ska punk de Los Viejos. Con “Proud to be” la banda de aventaba.

Mientras Los Viejos reventaban los stands ardían. Incluso había algunos tatuadores rockstars que no tenían espacio, y tuvieron que abrir agenda para la cita dentro de unos meses. Incluso escuché algunos “No tenemos citas por el momento, pero puedes meterte a nuestra página para que revises el trabajo de los tatuadores”.

El segundo día, con más calor, fue impresionante por la energía que mantenían los tatuadores para empuñar la aguja. En un stand los hombres hacían fila para tomarse fotos con la modelo Jenny Mendiola, que llevaba un vestido negro con escote en la espalda para dejar a la vista el tatuaje que la cubría hasta la espalda baja.

Los diseños que pululaban iban desde realistas hasta de comics. Un tipo estaba listo para que la cara de Dalí quedara para siempre su espalda; una chava recostada tenía en su pierna algo que parecía un cthulhu; le pregunté al que estaba de “encargado” y me dijo que en ese tatuaje se tardaría dos sesiones de 4 a 5 horas aproximadamente.

En el escenario la gente bailada con cerveza en mano al ritmo del ska. Una sección de chicas y una de chicos armaba el slam frente a un grupo que le daba duro, con más energía que el día anterior. Cuando acabaron unas morras bien punks, con tatuajes y pelo a colores, las Bloody Benders, subieron al escenario juntando a más gente para armar el baile y mover la mata. Los de abajo estaban a punto de cerrar la convención con honores.

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Una crónica del suplemento S, del diario mexicano La Jornada, asienta que la primera exposición de tatuajes en el país se llevo a cabo en 1994, sin un lugar adecuado y sin la ayuda de las autoridades correspondientes y “ni siquiera contó con un recinto apropiado; se hizo en una casa y reunió a unos cuantos tatuadores y otros más aficionados a este arte.” El texto, publicado en 2015, documenta además la discriminación que imperaba en los noventa hacía las personas tatuadas.

Desde entonces se ha ganado terreno. En 2011 se publicó en la Ciudad de México la Ley para Prevenir y Eliminar la Discriminación, que establece la prohibición de cualquier forma de discriminación por estar tatuado.

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La Convención fue una muestra de la fuerza de la práctica. Dos días de ambiente, tinta, cerveza y música que terminaron como una buena experiencia. Quizá es necesario mejorar la organización y la higiene, porque cada vez hay más piel esperando la aguja, la sangre y el goce.

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Editor Yaconic

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