Si las estadísticas reales del mundo fueran regidas por Reddit y los tweets de medianoche, parecería de lo más obvio afirmar que, para los nacidos entre los ochenta y los noventa, ésta no es la juventud desenfrenada que nos prometieron.

Paulatinamente, la globalización y una Edad de Plata de la Internet –porque aceptémoslo, la Edad de Oro murió en la misma fecha que MegaUpload y cuando los padres comenzaron a utilizar Facebook– no sólo nos ha llenado de preciosos gifs de Beyoncé o videos de mapaches haciendo cosas, también ha expandido “subculturas” y contraculturas con una rapidez como no se había visto antes, una de ellas es la cultura de la alienación y la glorificación de la tristeza.

Y es justamente la inmensidad de la web la que ha propiciado el esparcimiento casi involuntario de un montón de formas de vida como ésta, casi todas típicamente occidentales que han sido reproducidas gracias a la facilidad que tiene la lengua inglesa para ser leída y reproducida alrededor del globo en conjunto con montones de contenido.

Pero no hablamos precisamente de aquellos sad boys que asociamos a las estéticas del vaporwave, la escritura japonesa y las tipografías de finales de los noventa o de las sad girls que imitan a Lana del Rey en colores pastel y rebloguean imágenes de Sailor Moon.

Entre todos los grupos de individuos que se identifican con sentimientos tradicionalmente considerados como “negativos” por el canon del orden social, hallamos una especie de rendidores de culto a una soledad amurallada por los géneros complicados y muchas veces instrumentales. Una secta de forevers que se inmuta de día pero no teme a sus feels por las  noches.

En una especie de imaginario de los corazones solitarios, es posible encontrar toda clase de muchachos de ojos tristes y oídos atentos. Están, por ejemplo, aquellos que al finalizar la explotación del falso emo tan insistentemente identificado con el happy punk y el hardcore más comercial hace casi una década, pudieron continuar en paz con sus vidas de bajo perfil junto a sus discos de Jimmy Eat World o American Football.

Están también los que empezaron discutiendo teorías de conspiración alrededor de Radiohead y terminaron en el agujero de algún sitio ruso online para descargar discos de bandas que tocan algún post-género en japonés. Por otro lado, están quienes aún después de tantos años, no han abandonado 4-Chan ni los sombríos memes sobre Death Grips, todo  mientras descubren grupos, duetos o colectivos musicales de nombres exageradamente minimalistas e impronunciables a los que en algún momento sólo se puede calificar de instrumentales porque decir “experimental” a veces simplemente no alcanza.

Y todos ellos tienen algo en común más allá de una fijación por alguna serie de Adult Swim: el rechazo es el pan de todos los días. En un mundo que nos obliga a convivir, a congeniar y congraciarnos mutuamente para perpetuar la producción de bienes, la principal manifestación en contra de una superación personal sobre explotada por la cultura de masas es clara: reducir las relaciones personales a la menor cantidad posible. Y sí, el auto sabotaje te da créditos extra.

Básicamente los forevers se caracterizan por ser una nueva especie de ermitaños con audífonos y existen más de lo que tú crees. Mantienen un extraño equilibrio entre la ñoñez y el aura interesante que puede otorgar escuchar banditas extrañas que surgieron junto a algún bosque nórdico. Puedes encontrarte a uno leyendo manga en el transporte público o puede ser tu vecino que se queda viendo a Dross hasta las tres de la mañana. Puede ser tu primo, tu compañero de trabajo o el señor que re-sube Cowboy Bepop a Youtube una y otra vez. Incluso podrías serlo tú.

Los sad boys y los forevers realmente no distan demasiado, pues aunque los primeros tienen pinta de muchachos frívolos con intenciones de llamar la atención mediante un estado de ánimo o canciones de Yung Lean, y los segundos son los fantasmas con gustos irónicos y pinta de pretenciosos en tu feed, ambos navegan en las aguas de una misma tendencia: dejar de pretender que las cosas van bien. Parecer feliz ha dejado de ser cool.

Y la invasión de todos los tipos de sad boy es inminente. Han demostrado que los corazoncitos rotos, pegados con diurex, engrapados o recompuestos con piezas de segunda mano, también pueden unir a las personas a través de series, memes, playlists y por qué no, festivales de sus géneros predilectos. ¿Qué les espera para el futuro? Quién sabe. Sin amor el futuro ya no parece importar demasiado.

No se pierdan la convención que reúne a estos sad boys el próximo 24 de febrero: Forever Alone Fest con los abanderados desde tierras niponas LITE; Wohl, No Somos Marineros y Sad Saturno representando al talento mexa; por la parte de Latam nos visitan los peruanos Kinder y Fiesta Bizarra y Téléviser desde El País del Porqué No (Nicaragua); y para rematar los estadounidenses Quiet Fear.

Aquí puedes comprar tus boletos para asistir al Forever Alone Fest.

Por: Luzadriana Niñez

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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