Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Miguel J. Crespo / @miguelcresphoto

Los días previos a la edición 2016 del Corona Capital tuvieron lugar bajo los parámetros de otros años, al menos en las redes sociales. El afamado “tren del mame” arrasó con villamelones y posers, chavorrucos y millennials, sin piedad alguna. Echando mano de una terminología afilada y afinada que apuntaba hacia el deseo de encontrarse con el crush en turno dentro del venue con tal de, con un mezcal circulando entre entrañas, gozar del gig calificado como un must, los usuarios se alistaron para la cita. Nunca antes ser bilingüe resultó así de determinante con tal de figurar. Y tampoco nunca antes hizo tanto frío en la Curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez (exceptuando cuando, hace dos años, el sitio se transformó en un inmenso chiquero, en un lodazal gélido que los cursis se empeñaron en equiparar con Glastonbury).

Gorros, guantes, orejeras. Harto peluche aprisionando cuellos y muñecas. Se sacrificó glamur por salud. Las mujeres optaron por uggs, botas de Han Solo y prendas afines. Se extrañaron ombligos y escotes; hubo que adivinar caderas y copas bajo las chamarras. Por el lado de los machos, muy pocos se atrevieron a ir ligeros con tal de presumir su musculatura.

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En su carril, atentas de adictos a las selfies, las marcas patrocinadoras prestaron mohicanas y estoperoles para que los presentes tomaran un par de baquetas y jugaran a ser Keith Moon, vendieron cremas anti acné y para eliminar el paño mientras el celular se cargaba y ofrecieron vueltas por los aires sobre columpios; obsequiaron toallas femeninas, gafas de cartón, gorras, sombreros de copa, rastrillos y hasta cerveza sin un grado de alcohol; además, repartieron pastillas para aligerar el hachazo de la resaca al día siguiente. Derrochadora, la firma reina del fin de semana construyó una cabaña inmensa para echarse a beber y una fábrica de maquillaje oxidado donde la malta draft escurría generosamente de los grifos.

Hartos de la pésima señal, miles deambulaban con las falanges entumecidas gracias al vaso con líquido helado que sus manos sostenían. Buscaban el par de escenarios con nombre de chela, el de las frituras o la carpa de los pantalones; los lugares donde se tomarían la foto, donde dispararían el flash para posar sonrientes por tres segundos para luego maldecir, otra vez, por el servicio de internet.

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Seducidos por el presente perpetuo, por la urgencia de desbordar su presente a punta de clics, los de los fones inteligentes iban y venían con la mira fija en la pantalla mientras Eryn Allen Kane, Caveman y Parquet Courts abrían la cita del sábado (los terceros con un sonido endeudado con el Velvet Underground que cierra la cara A del disco del plátano, por cierto). Buen preámbulo para apreciar el greñero de Edward Sharpe y sus Magnetic Zeros, tipos de raigambre jipi con los que se encendieron los primeros gallos del fest. Éstos rolaron entre fresas de Polanco que aguantaban el humo entre anécdotas del Bahidorá y planes para el ya cercano Trópico.

Más tarde, Courtney Barnett se colgó la guitarra para proyectar desgarbo y arrogancia. Pura juventud. La zurda hizo lo suyo, lo que funciona: el fuzz y el feed. El atasque. Les reiteró a sus escuchas la existencia de un futuro más allá del posteo en Instagram, la adictiva idea de la existencia de un hoy eterno. Mucha cosa, hay que acotar. Courtney se asomó encantadora y la siguió la Unknown Mortal Orchestra, jefa del low-fi que en directo hizo saber que sus mejores trucos tienen lugar a escondidas, en el estudio de grabación. Band of Horses presumió sus tablas, el temple adquirido con los años, cuando “No one´s gonna love you” tomó su turno y una marea humana luchaba por hacerse de un sitio frente a sus guitarras.

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Edward Sharpe and the Magnetic Zeros.

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Band of Horses.

Resultó entonces imposible abstraerse de la masa, suspender su salvaje fluir. Aquello se asemejaba al andén del metro Hidalgo en hora pico y muchos alzaban sus teléfonos, intentando localizar a algún conocido cuando concretar un encuentro bajo tales condiciones hubiera sido la prueba contundente de que tras las nubes algún dios nos observa. El apretujamiento se mantuvo íntegro con el wattaje de Haim y los beats amables de los Pet Shop Boys, al tiempo que Richard Ashcroft convocaba a unos cuantos nostálgicos al son de “Sonnet”.

Perdidos entre nucas y espaldas, pisoteados y temblorosos, algunos observaban en una pantalla inmensa a una negra recargarse sudorosa en su locker antes de darle un trago a su refresco; fue la antesala para el arribo del pop a la coca cola de los Killers, para el aterrizaje desafortunado de su música desganada y desgranada con la cual podrían hermanarse, cuales hermanos diabólicos y engendros fastidiosos, los repertorios de Dashboard Confessional y Walk the Moon.

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Haim.

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Unknown Mortal Orchestra.

El domingo llegó con unos cuantos rayos de sol y los gratos recuerdos de Air y Animal Collective aún frescos. Los primeros, finos, como suelen; los segundos, como maestros del copy-paste, del collage como manifiesto en la pista de baile. Con el cielo medianamente despejado, globos emulando emojis con las comisuras pixeladas brincoteaban entre manos al tiempo que Yuck hacía su mejor esfuerzo por imitar los modales de Dinosaur Jr.

Cuando Sofi Tukker y las de Bleached escalaron sus respectivas tarimas —la dupla con el pop y el trío con el punk como guías— era notorio que la intoxicación de la jornada previa aún tenía las garras encima de la mayoría. El Autódromo lucía radiante, soleado y a medio llenar, así que Wild Nothing y Allah-Las le pusieron ese espíritu lánguido al domingo que tan bien cae a veces. Pero el arribo de Peter, Bjorn & John trajo consigo, al fin, a hordas de humanos, al tumulto inevitable que con Yeasayer e Eagles of Death Metal ya lucía, de nueva cuenta, también incontrolable.

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Air.

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Animal Collective.

Se extrañaron los artificios visuales por parte de los Super Furry Animals, pero la posibilidad de bailar “Rings around the world” no estuvo como para desperdiciarse. En otro carril, Grimes y Lana del Rey no permitieron que los profesionales les tomaran fotografía alguna, así que a decenas de metros de distancia de ese par, miles de teléfonos celulares pusieron a prueba los alcances de su zoom con tal de hacerse de una postal del dueto de divas mientras tragos y estimulantes aleatorios corrían.

Se alistaba el tramo final del encuentro con la pasional flema inglesa de Suede y el baile provocado por James Murphy hacia los sobrevivientes del par de días. Mark Ronson y Kevin Parker sonorizarían la despedida con los “Paper planes” de M.I.A. rotando en la tornamesa; sin embargo, antes de que los disparos de calibre grueso que la inglesa sampleó para crear su composición más célebre sonasen, los de Kraftwerk repartirían gafas 3D para así dar un paseo por la pirámide del sol. Lo que el combo alemán frente a sus máquinas consiguió resultó fascinante: de pronto, los dispositivos móviles se quedaron en los bolsillos y los ojos del público, por alrededor de 60 minutos, se encontraron conformes con un puñado de imágenes lejanas de los cánones del HD.

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Eagles of Death Metal.

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Suede.

Así fue como los juegos mecánicos fueron apagados, como los edecanes se despojaron de sus uniformes y como el peregrinaje de vuelta a casa arrancó. Del Autódromo escaparon autos regidos bajo las leyes de Uber, autobuses exprés con destino en barrios marginales y también taxis cuya cuota mínima era de 400 pesos por viaje.

Bien entrada la madrugada, desde los asientos de esos bólidos fueron craneados enunciados e imágenes diseñados para prolongar ese presente ansioso por pulverizarse; de esas naves nacieron los estados de Facebook que al día siguiente generarían reacciones impredecibles, tanto como el humor celeste, como las reglas del hype que rigen el mercado indie o la resistencia de los huesos ante el frío de un otoño desquiciado. El Corona Capital 2016 acabó entonces, aunque va a quedarse para siempre (y no en nuestro corazones, como los cursis del Glastonbury tropicaloide predicarían), gracias a ésta, la página virtual que ahora mismo se traga tu atención.

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Band of Horses.

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Band of Horses.

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Courtney Barnett.

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Courtney Barnett.

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Edward Sharpe and the Magnetic Zeros.

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Edward Sharpe and the Magnetic Zeros.

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Haim.

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Haim.

Editor Yaconic

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