UN CUENTO INÉDITO DE ANTONIO CALERA-GROBET

Por Antonio Calera-Grobet / @manchadetinto
Ilustración: Salvador Verano Calderón / amordeverano.com

A la orilla del camino de terracería se veía a Cosmos, recargado sobre las salpicaderas de la camioneta, jugando con las botas a escribir o más bien dibujar garabatos sobre la tierra. Bebía una cerveza no tan fría a un costado de un gran arbusto, algo seco, con algunas flores rojas en sus puntas. Cosmos portaba su camisa café bordada, y de vez en vez pasaba un paño por sus lentes oscuros, lado a lado por su frente. Se le sentía meditabundo y tarareaba una canción de un famoso grupo local con cierto desgano. Parecía de pronto que podría soltarse a llorar, dar de patadas al auto. Por lo menos así lo sintió Jim, su mano derecha y amigo de casi toda la vida. Por lo menos desde que tenían memoria. Aprendieron a manejar, fumar, tirar a las botellas de vidrio en los campos. Jim se acercó y le preguntó cómo la pasaba, si se sentía bien, o si quería platicar de algo. Cosmos no soltó palabra un tiempo pero Jim insistió hasta hacerle soltar la sopa.

Ya no aguanto esta situación, Jim. La cosa me está taladrando la cabeza. Me arde el estómago como si hubiera comido carne seca durante años. Entonces Jim tomó una cerveza de la hielera empotrada detrás de la camioneta y la destapó para Cosmos. Luego tomó una para sí. Para luego hacer lo mismo. Un cigarro, le dijo, y Cosmos movió la cabeza para decir que no. No entiendo a Ana, Jim. Simplemente no la entiendo y aunque sea tu hermana te lo tengo que decir. Cosmos se había hecho cuñado de Jim ocho años atrás, cuando vivían cerca de Nuevo México. Luego de construir la casa de Jim se enamoró de su hermana. Ana era una mujer de hogar, delgada y alta, con el pelo hasta la cintura, que sabía muy bien de cosas de la construcción y ayudaba a Jim en el negocio de la familia. Jim, te lo digo en serio. Ya no aguanto más y la cosa se va a poner peor. En verdad que a veces quisiera yo mismo estrangular a tu hermana. Cosmos comenzó a quebrarse, y su cuerpo pareció también doblarse por la mitad. Es la verdad Jim, te lo digo de frente. Luego Cosmos se pasó las palmas por los ojos llorosos y la nariz moquienta. Mira Jim, tú sabes que las cosas no salen muy bien desde que salí de la maderería. No hay trabajo fijo por ningún lado. Ya viste que casi pierdo el remolque si no es por tu ayuda con la renta atrasada del Tráiler Park. Tú sabes que la única forma que tengo de conseguir un poco de dinero para Ana es salir a robarnos las vacas de las empresas de comida ya cerca de la frontera. No es fácil decirte esto pero si no fuera por Amy, tu sobrina que tanto quieres y amamos todos, yo ya me hubiera ido a otro lado. Jim asentía con la cabeza y alentaba a Cosmos a continuar su relato. Es difícil, Jim. Me levanto a las cinco de la mañana para ser un ladrón sigiloso. ¡Por Dios, soy un ladrón cuidadoso, Jim! ¿No estás orgulloso? Cruzo la carretera y me reúno con los de la palomilla esquivando a los mirones de alrededor, esperando no toparme con los policías, y luego me cuelo hasta las cercas de las compañías para robarme un par de cabezas a la semana, un borrego, una vaquilla para comer. No sabes lo que es llevar la escopeta a cuestas por si algo pasa, pasar varias horas de sufrimiento esperando que se vayan las luces de las patrullas fronterizas. No pasa noche sin que piense que terminaré en la cárcel. Y cuando no puedo salir por atrás del cerro sino hasta la siguiente mañana, no soporto la terrible comezón de los mosquitos, el tuétano de los huesos frío por la madrugada, y luego esperar a que pase sin derretirme el maldito aire calcinante que me persigue hasta la casa. Como si fuera poco ya con lo que tengo. Por lo menos no he perdido la suerte y he podido sacarle algo a esos ganaderos. Comer algo y vender el resto cuando queda, comprar la comida de Amy, la ropa, la gasolina. Las tablas para que no se me caiga el remolque a pedazos, las herramientas necesarias. No puedo con esto. No sabes lo que es subir y bajar el ganado por la loma, meterlo con la lengua de fuera a la camioneta. Y luego si son muy atrabancadas matarlas ahí, con todo el cuidado para que no nos agarren en el juego. Y luego ya aquí, sin siquiera haberme repuesto, llega tu hermana con el cuchillo en mano para tasajear el animal, ahí en mi cara. Ni siquiera lo he dejado en el suelo y ya lo ha cantado con todos los que están ahí esperando, casi con el babero puesto. De vedad no puedo, Jim. Dime qué hago porque ya no puedo, hombre. No más. Tú hermana ahí feliz, rebanando al animal para repartirlo con todos los mugrientos vecinos del Tráiler Park. A la señora Maceda, al García González, el Rubén de la vieja constructora. ¿Y sabes, Jim, lo que más me duele? Que también le lleva al Mervin Silva. Sí. En verdad. Como lo oyes. Al Mervin Silva que se la llevó del otro lado cuando apenas salíamos de novios. Tú sabes bien esa historia. Te lo juro sobre el cadáver de quien sea, el cuerpo de mi madre en el panteón si es necesario. Y yo veo cómo la gente me ve y no sé qué pensar. Sabes que ellos se ven, ¿verdad? ¿Se ven? La gente me ve como si fuera sólo un empleado de Ana, ¿sabes? Eso es lo que pasa. Ana dice que es porque su mujer no tiene qué comer. Que sus niños no tienen qué comer. Como si alguien tuviera el refrigerador lleno de carne y pasteles. ¡Todos nos podemos bañar en chuletas y cervezas! Y tu hermana le da entonces a la hermana del Mervin, su esposo, hasta a una señora que se llama Juana y llegó de México la semana pasada. Una pierna para acá y otra para allá. Un lomito para la tía y otro para su vecina. Al fin y al cabo a los dos o tres días ahí va el tonto del Cosmos por otra vaca.

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Jim, que escuchó atentamente mientras Cosmos contaba su historia, se volvió a él. Por qué no invitas a Ana por una vaca. Mira, dile que te acompañe por un borrego, que quieres hablar con ella y la montaña es muy bella en estos días, que tal vez sea posible que puedan quedarse por el riachuelo a descansar un rato. Dile que es una forma de pasarla juntos y que sería algo bueno para ambos. Y si te dice que tiene que cuidar a Amy dile que yo la cuidaré. No le digas nada del calor o el frío, la humedad, los mosquitos. Háblale del águila que viste el otro día en medio del cielo. Eso le ayudará a darse cuenta de todo tu trabajo y valorarlo. Ya verás. Cosmos siguió su consejo. Invitó a Ana a robar una cabeza hasta la frontera y Ana aceptó. Salieron por la mañana con un termo de café y una cubeta de plástico con agua y viandas, la hielera con cerveza.

Al cruzar el primer cerco, Ana ya se quejaba de los alambres y las piedras que se le habían casi metido por las rodillas. Se dio cuenta que no sería nada fácil. Perdió la suela del zapato derecho, dejó colgado sin saber dónde el morral con la comida, sin hablar del Sol que ya le había dorado la cara en un par de horas haciéndola sentir tan hinchada como si su rostro fuera un enorme piquete de abeja. Se trataba de un día muy duro, y la llanura a lo lejos parecía un espejo de las llamas del Sol, a punto de tronarse por el zumbido tembloroso del aire. Ana sudaba por fuera como una cerveza fría pero por dentro se sentía como caldo hirviendo. Se rascaba la cabeza, se agarraba y soltaba el cabello, pedía tiempo para tomar aire y seguir. En algún momento casi se declaró como bulto inútil, ni siquiera con fuerza para regresar el camino. Aún así, unos minutos antes de que cayera la noche, ambos se encontraban con una ternera que berreaba colgada en el cuello de Jim, listos a subirla a la camioneta y huir. Intentaron cubrir infructuosamente sus jadeos, lo agolpado de su respiración, el vaho que salía de sus gargantas. Al intentar pasarlo por entre las cercas de alambre casi se suelta el animal pero lo lograron. Ya en la huida, un tanto por robar y un tanto por todo lo sufrido, Ana echó a llorar. Cosmos se olvidó de su enojo e intentó consolarla tomándola de la mano. Por su lado, Cosmos estaba ciertamente contento por haber salido con su mujer de trabajo, si es que a eso se le puede llamar así, aunque ello significara hacerse de lo ajeno. Se lo dijo y puso música en la camioneta y le acercó una cerveza a Ana, quien la bebió con pequeños sorbos.  Manejaron cerca de dos horas para llegar al campamento de tráileres. Jim le pidió entonces a Ana que le prestara un cuchillo. Ana lo hizo. Luego de enseñarle cómo le pidió a ella que cortara el animal. Ana lo hizo. Con dificultades pero lo hizo. Por lo menos una buena parte. Jim entonces comenzó a repartir el animal entre los camiones vecinos. Repartió con los jardineros, con los mecánicos del campamento, con los niños de los veladores, gente que se hallaba en el camino. Le preguntaba a Ana que era lo que sentía al ver su trabajo repartido. No supo qué decir. Jim comenzó a perder la cabeza. Masticaba insultos para todos. Especialmente para Mervin Silva. Le pidió a Ana que lo llamara. Que llamara a su hermana también y que les diera el animal entero si así lo quería. Pero Ana no atinaba a saber qué hacer. Jim destapó un bote de cerveza. Mientras intentaba dar lengüetazos a la espuma que escurría, gritó a Ana que terminara de cortar el animal. Los niños del campamento se acercaron a ver qué sucedía. Que separara las vísceras de la carne magra, que se deshiciera de las patas, que cortara el pelo de las carnes para comer. Ana lo hizo. La tierra a un costado del remolque se había anegado ya de sangre y aguas del animal. Cosmos tocó a la puerta de los remolques y dijo a la gente que se llevara lo que quedara del animal a sus casas.  Se quedaron sin comida. Cosmos le preguntó a Ana qué sentía al haber regalado todo su trabajo. Ana no dijo nada y le pidió permiso para irse a dormir.

Al día siguiente, Cosmos se levantó con un dolor de cabeza que parecía provenir del centro de la tierra. Se dio cuenta que Ana no estaba en el remolque. Salió en su búsqueda sólo para enterarse que Ana se había marchado del campamento con Mervin Silva. Cosmos buscó a Jim pero había salido al deshuesadero por unas piezas para la camioneta. Sobre la mesa del remolque una nota de Ana le decía que le dejaba a Amy, que cuidará de ella. También que creía que Mervin Silva era el amor de su vida. Que no la siguiera, que todo había terminado y que no quería verlo más.

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