Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Desperté con los nervios hechos mierda y una sed maligna atenazando cada papila, cada célula de mi boca. Sentía la lengua y el paladar pastosos como si estuviera mascando un enorme puñado de paja seca. Me incorporé con dificultad en la cama y miré el reloj. Eran las 8 de la noche. Las manos me temblaban sin control y el corazón palpitaba violentamente en el pecho. Tanta droga y alcohol me pasaban, apremiantes, la factura.

Caminé a la sala. Ahí estaba María, mirando ausente la televisión. “Mary… —le susurré— me siento del carajo”. Ella, impávida, apretó un botón del control remoto aumentando el volumen a niveles absurdos. Me dirigí a la cocina. Sentía un hoyo en el estómago, llevaba dos días sin comer. Ni siquiera tenía deseos de alimentarme pero lo necesitaba. Husmeé en la estufa en busca de sobras pero solo encontré una asquerosa manada de cucarachas que huyeron con eficiencia envidiable entre las rendijas de las hornillas en cuanto la luz delató mi presencia. Abrí el refrigerador cochambroso y después la alacena con idénticos resultados: ni siquiera una bolsa de galletas, solo cucarachas desparramándose por todos lados.

Con seguridad, María se había encargado de regalar lo poco que teníamos o incluso de echarlo a la basura. Cualquier cosa con tal de joderme. Regresé a la cama, me puse el pantalón y escarbé en los bolsillos. Solo tenía 50 pesos. Salí a la tienda y compré una lata de frijoles y un cuarto de longaniza. De regreso en la cocina vi de nuevo desaparecer a las cucarachas. No sé si sobrevivirán a un invierno nuclear pero sé que son unos animales repugnantes y poderosos. Freí la longaniza y después agregué los frijoles. Despedían un olor delicioso que me puso a salivar. Mientras trataba de recordar en dónde había pasado la noche anterior escuché un portazo que hizo retumbar los vidrios: María se marchaba. No me importó gran cosa, daría una vuelta por ahí, quizá se acostaría con alguien pero al final regresaría. Pensaba que de esa forma se vengaba de mí pero estaba equivocada. Quizá hace algunos años. Ahora había cosas más importantes: la piedra sobre todo.

En unos cuatro minutos el guisado estuvo listo y cuando me disponía a servirme, un silbido se clavó como un estilete en mi oído derecho. Lo reconocí con pesar: era el chiflido de la banda, el llamado de la tribu. Mi tribu: una partida de imbéciles como yo. Drogadictos, alcohólicos. Sin horizontes ni perspectivas más allá de conseguir cada noche cerveza o ron barato y algo de cocaína base de ínfima calidad para procurarse un poco de placer que les hiciera sentir que su vida (nuestra vida) tenía una especie de sentido.

No tenía ánimos de ver a nadie pero sabía que era imposible no responder. Bajé lentamente, sin preocuparme por ocultar mi expresión de hastío y molestia. De cualquier forma, el Tamal, recargado al pie de la escalera, nunca la hubiera notado. Venía hasta la madre de pedo, con el hocico reventado y un ojo a punto de explotarle. Con la voz quebrada me dijo: “Mira wey, lo que me hicieron esos putos…”, ¿quiénes, cabrón?, le pregunté. “Los del árbol, hijos de su puta madre. Vamos a chingarlos ya está la banda allá arriba…”, contestó gritando y sorbiéndose los mocos. Entre brumas recordaba haberlo visto ayer por la noche chupando con los weyes esos muy amistosamente, pero qué podía hacer. No tenía opción. Me puse las botas de la fábrica y nos fuimos a encontrar a los demás. El Tamal sollozaba de dolor y rabia. “Ya no chille, puto —le dije— ahorita les partimos su madre…”

cucarachas

La banda sumaba siete. No había nadie más disponible. Sería una empresa difícil; más a sabiendas de que los del árbol eran un chingo y nunca se juntaban menos de quince. “¿Cuántos son esos weyes?”, preguntó el Enano. Nadie sabía. “Pus vamos de todos modos, chingue a su madre”, arengó el Tripo y nos lanzamos a buscar la venganza. Yo me sentía hueco, como un muñeco de plástico, preguntándome a cada instante qué putas hacía allí caminando al encuentro de unos peligrosos y violentos vagos que habían golpeado a un tipo a quien ni siquiera consideraba mi amigo. Pero así medíamos la camaradería en nuestro barrio: solo a la hora de los madrazos se sabía con quién se podía contar. Y la banda es la banda aunque solo estimes realmente a uno o dos.

En esas estaba cuando a unos 100 metros del enorme árbol donde solían juntarse, los vimos. Eran 10. Todos hasta la madre de activo y alcohol. Recogimos unas piedras y nos pegamos a la pared acercándonos sigilosamente, aliados con la oscuridad. Cuando los tuvimos a tiro les descargamos las rocas. Todas dieron en el blanco: la mayoría lastimó sus espaldas pero una acertó en una cabeza y otra destrozó una nariz. Los dos infortunados cayeron quedando fuera de combate lo cual niveló la contienda. Ya éramos 7 contra 8. Pero nosotros teníamos el factor sorpresa de nuestro lado y nos lanzamos furiosos contra ellos, quienes, en la pendeja total, apenas tuvieron tiempo de defenderse.

Antes de desmadrar al Zopilote de un patadón en el estómago vi al Indio estrellarle, hasta en cinco ocasiones, un palo en la jeta al Alonso; y al Tamal reventarle, al Polla, un casco de caguama en la cabeza. Después de eso la madriza se multiplicó por todos lados. Escuché ruido de vidrios rotos y cabezas rebotando contra el pavimento. Mientras le ayudaba al Miguel a sacudirse uno de sus dos enemigos advertí que llegaban refuerzos. Los espectadores —ya para entonces un número considerable— gritaban excitados. Lo que parecía una victoria fácil para nosotros, de pronto se tornó un desastre: cinco ojetes más nos cayeron encima con tubos y botellas. Al Tamal le abrieron de un tubazo el ojo hinchado que regó un gran torrente de sangre sobre el piso y el Tripo fue masacrado a patadas y palazos por tres adversarios mientras el Topo recibía un rocazo que le arrancó una gran porción de piel del cuello y parte de la mejilla derecha.

Mientras defendía mi rostro de un tubo, amortiguando los impactos con los antebrazos, atisbé al Negro y al Panzón a unos 70 metros de la escena. Habían huido antes de que los refuerzos de los del árbol cayeran sobre nosotros. Pinches putos de mierda. Como pude arranqué al Tripo de sus madreadores y nos fuimos corriendo. A unos metros de mi casa nos detuvimos exhaustos y nos sentamos en la banqueta. Ese wey estaba puteadísimo y yo apenas tenía algunos rasguños en la cara además del entumecimiento de los antebrazos ocasionado por los impactos del tubo. Pensé que era un cabrón afortunado pero, justo en ese instante, mientras sonreía complacido con mi pensamiento, vi venir al horrible Zopilote hacía mí, como surgido de la nada, ondeando una gruesa cadena que me estrelló sin piedad en la cara lastimando mi ojo izquierdo, la nariz y mis dos labios, los cuales se reventaron al mismo tiempo tiñéndome de rojo la camiseta, el pantalón y las botas. Caí pesadamente al suelo. Una nube blanca nubló mi vista y me sentí cayendo angustiosamente en un agujero negro, interminable.

No supe cuánto tiempo pasé ahí pero cuando desperté, el Tripo ya no estaba. Con el ojo sano miré a una figura parada frente a mí. Era María, quien al verme recuperar la conciencia, sonrió con una horrible mueca burlona. Ayúdame, le supliqué. Se inclinó hacia mí sin quitar su espantosa expresión, me escupió en la cara y me dio una bofetada. “Vete a la mierda, pendejo”, me dijo y se largó carcajeándose. Creía que la quijada se me iba a desprender. Nuevamente entre brumas recordé que la noche anterior le había quitado a la fuerza 300 pesos para comprar más piedra. Me incorporé tambaleándome y subí dolorosamente las escaleras hasta llegar a nuestro minúsculo departamento. Metí la mano por la ventana rota y abrí. Me tumbé en el sillón favorito de María respirando con dificultad. Me dolía hasta la punta de los cabellos.

La punzada del hambre, como una rata famélica y voraz, me mordisqueó los intestinos recordándome los frijoles con longaniza. Arrastrando mi maltrecho cuerpo entré en la cocina. Esta vez las cucarachas no se inmutaron ni con la luz ni con mi presencia. Como si pudieran detectar mi lamentable estado me ignoraron y siguieron dándose un banquete con los frijoles. Eran más de las que podía contar a simple vista. De todos tamaños, pequeñas, medianas, grandes como un grillo, movían sus antenas, devoraban con sus pequeñas fauces la longaniza y sacudían sus velludas patas saliendo y entrando despreocupadamente del sartén. Asqueado salí de ahí no sin antes observar a otra columna de insectos que se sumaban, alborozados, al festín.

Me derrumbé en la cama, me toqué la enorme bola de sangre coagulada que cubría mi ojo y sentí cómo una lágrima involuntaria cruzaba mi mejilla. Levanté la vista al techo. Dos enormes cucarachas peleaban con gallardía. La menos grande tumbó a la mayor la cual cayó a centímetros de mi cara y se escabulló a velocidad sorprendente en un resquicio de la pared. Saben esconderse bien, quizá sí sobrevivan a un invierno nuclear.

Editor Yaconic

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