Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Bien presente tengo el mundial del 86. En los mercados, las plazas, las oficinas, las iglesias y los billares se decía que México podía ganar la copa de futbol y los que conocían del tema estaban en lo mismo. Yo nunca supe si la selección nacional contaba con un equipo capacitado para derrotar al resto de sus contrincantes; lo único que tenía claro era que Hugo Sánchez formaba parte del equipo mexicano y que donde fuera que él metiera los tacos una hilera de goles tenía lugar.

Recuerdo que durante semanas la televisión hizo a un lado las telenovelas para dedicarse exclusivamente al futbol. La mentada ola fue institucionalizada por Coca-Cola y un chile con sombrero y bigote operaba como mascota oficial del campeonato. En el deportivo de la colonia pusieron unas pantallas inmensas y familias enteras se echaban en el pasto a ver los partidos sin que importara el día ni la hora. En general, las calles vivían una fiesta sin bordes. Era como si el carnaval que siempre le fue negado a este país de pronto tuviera lugar y todos contaran con boleto para participar en la rifa final: la felicidad eterna.

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Entonces yo trabajaba en Blanco, una tienda departamental cerca de La Villa. Era cerillo. Llevaba meses ahorrando para comprarme una videocasetera y un buen día fui al área de electrónica a hacerme, al fin, de una. Contento, pasé por el tianguis del barrio antes de llegar a casa y le pregunté al del puesto de las películas si tenía títulos para adultos (porque, obvio, me compré ese aparato para ver historias de bigote, como mis cuates les decían). No había gran variedad para escoger ni muchos elementos para tomar una decisión acertada; cada cinta contaba con una etiqueta en la que estaba escrito el título de la película y no más, había que imaginarse el resto. Así que elegí una al azar y la eché a mi mochila.

Llegué a la casa a sabiendas de que mi mamá no estaba, pues había ido a arreglar unos papeles que mi tío Flavio necesitaba para que le dieran una casa en la Lagunilla, como damnificado del terremoto de 1985. Caí entonces en la cuenta de que sabía cómo poner una película, lo había hecho dos veces en la casa de mi primo Gerardo, y en ambas ocasiones vimos ET; pero no estaba capacitado para enchufar tantos cables correctamente. El instructivo traía diagramas y alertas cuando lo que yo quería era arrancar con el gozo ya. Luego de casi una hora de pruebas, finalmente me pareció llegar a la meta. Entonces metí por la ranura el cartucho porno y presioné play. Pasaron unos segundos de incertidumbre; después, una pelirroja en tanga chupando un pirulí me indicó que todo andaba en orden. Tuve una revelación mientras, tendido en el sofá, disfrutaba del filme: ver una porno en casa era un lujo para chingones. Uno podía detener escenas, regresarlas y adelantarlas, todo a control remoto. Con. Trol. Re. Mo. To. De pronto, yo pertenecía a un club privilegiado.

Planeé entonces cómo iba a usar esa poderosa arma a mi favor. Para empezar buscaría la oportunidad para invitar a Fernanda a la casa. Juntaría lana a lo largo del siguiente mes para llevarla al Danesa 33 y luego le pediría que me acompañara a ver Rocky desde el sofá. Ella aceptaría, no tendría de otra porque nadie en la escuela —nadie, dije— tenía videocasetera. ¿Quién madres iba a tener una si ni para comprarse un chesco en el descansoles alcanzaba? La Fer vendría conmigo, seguro. Y yo fingiría equivocarme de cartucho y sin querer pondría la porno. Obviamente  la historia se encontraría justo en la parte donde la güera con pezones de galletas Marías se la jala al entrenador de americano y esto pondría caliente a la Fer, quien en cuestión de segundos se dirigiría a mi bragueta. El plan era perfecto. No, me cae que entonces yo lo tenía todo muy claro.

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La Chiquitibum.

No recuerdo quién contra quién jugaba ese día en la tarde, tampoco cuál fue el marcador final. Lo único que tengo bien anclado en la mente es que tras jalármela corrí al depor para encontrarme a Félix y a Román peleándose. Uno decía que no había sido fuera de lugar y el otro alegaba lo contrario. Total que los dos terminaron trenzados, rodando por el pasto hasta que los pitufos los separaron. Para entonces, Félix ya tenía la quijada rota tras las patadas que el Román le acomodó en la cara. Y de verdad que se le caía la boca, así, como si fuera un muñeco sin ventrílocuo; me miraba como diciendo hazme el paro al tiempo que se sostenía el hocico con las manos. Pobre Félix, nunca quedó bien; lo atendieron mal en la Cruz Roja y ahora no se le entiende cuando habla.

Por andar de metiche en la bronca, ese día llegué a mi casa hasta la noche. Cuando regresé, mi mamá me estaba esperando bien encabronada porque alguien le dijo que yo estaba detenido por tomar en la calle. Ella siempre fue muy estricta conmigo, me trataba como si tuviera tres años, no comprendía que mi vida ya era de adulto, que a mis quince trabajaba precisamente para que me diera mi lugar. Tras un sermón inmenso y manotear hasta cansarse, me dejó irme a acostar. Me metí bajo las cobijas muy enojado. No podía creer que mi vida, a esas alturas, siguiera siendo tan chafa. O sea, ¿cuándo empezaría la diversión, cuándo aparecerían las mujeres, las cosas de adultos? ¿Algún día mi mamá se moriría para dejarme de una vez en paz? Frustrado, como muchas otras noches, decidí masturbarme para aliviar la tensión. Y lo hice pensando en la pelirroja de la porno y, obvio, en Fernanda. Sin embargo, no lograba concentrarme. Como que no se me paraba bien por más que le echaba ganas. De pronto me acordaba de la quijada de Félix y de mi mamá señalándome y la calentura se me iba. “Última vez que te paso una de éstas Julián, te lo advierto, última vez”; cómo odiaba escuchar esa frase.

En mi casa nos íbamos a dormir temprano. A las diez ya nadie podía estar despierto porque al otro día había que madrugar. Se trataba de una costumbre de rancho que mi mamá había cargado a la ciudad y que la familia seguía al pie de la letra. Así, con la casa en silencio, me dirigí a la sala sin hacer ruido para notar que la tele estaba prendida. Alcancé a ver la luz de la pantalla desde el pasillo y de pronto me acordé de la porno, de que la había dejado dentro de la videocasetera. Chíngale, faltaba que mi mamá la hubiera descubierto. Me asomé a los sillones con cautela, apenas dejando salir los ojos de la pared, y descubrí a Ramiro, mi hermano de siete años, mirando el televisor al borde del sillón. Jamás olvidaré su rostro, parecía que atestiguaba un fusilamiento. ¿Cómo pude ser tan pendejo como para dejar la XXX puesta?

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Pero lo que mi carnal estaba viendo era un comercial. Sí, un anuncio. Desde mi lugar se apreciaba a la Chiquitibum bailar feliz en las tribunas, entre mechudos y matracas. Sus labios eran rojísimos, sus hombros se encontraban desnudos y su par de abultadas tetas brincoteba entre porras. Chiquitibum a la bimbombá. Chiquitibum a la bimbombá. México, México. Rarrarrá. El volumen estaba bajito, lo suficiente como para que el zumbido del refri lo opacara, y Ramiro parecía encontrarse en trance, extraviado; si Hugo Sánchez hubiera entrado en ese momento a la casa, mi broder no lo hubiera notado.Y esto es mucho decir porque la fiebre futbolera tenía del cuello a mi carnal, quien llevaba meses llenando un puerquito con monedas conmemorativas de 200 pesos mientras su álbum Panini ganaba grosor. Vaya, hasta tenía un disco editado por Disco Poster que traía “México nos une en el mundial” y “Cielito lindo”, y con él cantaba y bailaba cada vez que mis tíos iban a la casa, entre aplausos y risotadas. Pero de pronto estaba ahí: el niño inocente escurriendo baba ante las tetas de la Chiquitibum. Luchando por no llevarse las manos a su erecto y pequeñuelo tilín.

Al otro día, a la salida de la secundaria pasé a recoger a Ramiro a la casa de una vecina porque mi mamá, como siempre, estaría fuera toda tarde, arreglando los papeles de mi tío. Dentro de la papelería del mercado, comprando un sobre de estampitas para el álbum de mi hermano, nos hallábamos los dos cuando entró mi primo Gerardo, bien alterado. Lo que me dijo entonces me puso mal en serio: Fernanda había faltado a la escuela porque la llevaron al doctor. Estaba muy grave. “No mames, me dijeron que tiene SIDA”. ¿Cómo que SIDA, que no eso solo le da a los putos?, le pregunté al Gera. Y me contestó que el virus estaba mutando y no sé qué más, que mejor deberíamos ir al doc nosotros porque parecía que quienes le habían dado la mano a Fernanda podían estar infectados también. Olvidé el cambio de las estampitas en el mostrador y salí a toda prisa con mi carnal. Temblando, desbocado. SIDA. Cómo podía ser.

Fernanda se iba a morir. No había más. Esa enfermedad no tenía cura. Pero, ¿qué pasaría conmigo? ¿Cuánto tiempo me quedaba de vida? Porque a esa chava yo hasta la saludaba de beso. Hundido en la desesperación, recordé que había un teléfono de emergencias, el de Telsida. Llegando a la casa hablaría inmediatamente para preguntar qué tan avanzado estaba mi caso, quizá aún podría hacerse algo, una operación emergente, lo que fuera. Mientras tanto, tenía que tranquilizarme para que mi hermano no notara que yo estaba agonizando. Así que a grandes zancadas íbamos los dos, cruzando el tianguis de la colonia; yo, sudando frío, palidísimo, mirando cómo en las teles de las misceláneas, las ferretearías y las tintorerías pasaban un partido más de fútbol, obviamente.

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Tal como ocurría en mi interior, las calles eran un desmadre. La gente bebía en las banquetas y cascareaba en los parques, por todos lados se oían goles, mentadas de madre y gritos de júbilo. Un amasijo de sonidos e imágenes que me desquiciaba conforme daba más y más pasos. De pronto, al virar en una esquina, no pude evitar que las lágrimas se me salieran ante mi preocupación. Estaba herido de muerte por andar de caliente, por saludar de beso a la moribunda Fer y también por ver películas porno. Porque las chaquetas causaban SIDA, ¿no? A huevo. Seguro que sí. De hecho, todo lo relacionado con el sexo atraía a la enfermedad ésa. Mi realidad: yo moriría muy pronto. Quizá ni siquiera llegaría a ver la final del mundial. Cuánto deseé entonces que hubiera un control remoto para regresar el tiempo, de verdad.

En medio de mi delirio, mi hermano me jaló urgente del brazo para detenerme ante una pared que tenía escrito con letras inmensas “el fútbol es el opio del pueblo”. Ramiro señalaba el muro con la mirada fija en todas esas palabras pintarrajeadas con rojo y tenía los ojos tan abiertos como cuando vio a la Chiquitibum bailar en la tele. Yo, apenas podía sostenerme, las piernas me temblaban de miedo. ¿Qué quiere decir opio, Julián, sabes? Me preguntó. Yo jalé mocos y me limpié las lágrimas. Y no sé cómo ocurrió, pero de la nada vino a mí un respiro de cordura; no podía permitir que mi carnal se diera cuenta de que yo estaba a dos calles de mi lecho de muerte. Es más, quizá ésa sería nuestra última charla seria, de hermano a hermano. De hombre a hombre. “El opio es como el espíritu”, le contesté. “¿Recuerdas tus clases de catecismo? Bueno, pues el opio es muy parecido al espíritu, a Dios; se trata de algo que no puedes tocar ni ver, pero que es muy, muy fuerte. La gente sin espíritu está muerta en vida, ¿entiendes?”.

Esa tarde a Ramiro le salió la estampa de Hugo Sánchez por enésima vez y yo, arrepentido y desesperado, apenas llegué a casa, tartamudeando, como si portara la quijada del Félix, le confesé a mi mamá que había comprado una película porno y que llevaba años masturbándome, que necesitaba que le hablara urgentemente al Dr. Bojórquez para que me ayudara porque el SIDA me invadía las entrañas. Hijos, el drama que se armó. Desde ese día, exceptuando al control remoto —el cual el perro usaba como mordedera—, nunca volví a ver mi videocasetera, mi mamá la escondió quién sabe dónde. Era una betamax, bien presente lo tengo.

Editor Yaconic

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