Por Scarlett Lindero/ @scarlettlinde

Lukas Avendaño es de tez morena. Toma un vaso de cristal cuando habla, hace círculos en el aire con él. Lo suelta. Lo vuelve a tomar. Habla de su infancia, la recrea en sus manos. Su mirada va por aquí y por allá. Su voz sube de tono cuando dice que en su localidad (Tehuantepec, Oaxaca) es un muxe, pero fuera de ella es un “puto”. Ríe y juega con eso. Siempre ríe.

Lukas Avendaño (1977) es perfomancero y antropólogo. Quizá el más importante de la comunidad muxe oaxaqueña, esos zapotecos que nacieron otros en cuerpos de hombres. Lukas es el único artista muxe que hace del performance un ensayo antropológico.

Lukas Avendano, muxw

Lukas Avendaño / Foto: Mariela Santoni.

Se ha dicho que a Lukas se le puede pensar como actor, bailarín, performancero o todo al mismo tiempo, porque no se guía por las rígidas normas de las disciplinas artísticas. Lo cierto es que su obra es atravesada por tópicos como el género, la sexualidad y la identidad étnica.

Avendaño ha llevado su perfomance por México, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Polonia, República Checa, Colombia, Perú y Argentina.

Lukas ha dicho sobre su biografía: Mi madre me parió en un terreno de mezquites, en Tehuantepec. Mi ombligo está enterrado debajo de un árbol de almendra; para no romper con la tradición me llamaron como a mi padre; mi educación se fincó en el seno de una familia de indias refajudas, indios pata rajadas y sodomitas. ¿Mi sueño y utopia? Romper el cerco, no por venganza; sí por justicia.

¿Cómo iniciaste en las artes escénicas?

La escena te inicia a ti. Nadie está exento. En México la escena está a la vuelta de la esquina. Lo que tenemos en puerta ahora, por ejemplo, la Semana Santa, es un gran performance. Las procesiones, el flagelo y hasta los creyentes que ayunan hacen actos performáticos. Se predisponen anímicamente a otras experiencias, incluso místicas. Me inicié sin saber que entraría a este campo semántico con toda premeditación.

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Lukas Avendaño / Foto: Mario Patiño.

¿Qué es la muxeidad?

Hablo de la muxeidad, y no de muxes, porque es un acto social. Es decir, la muxeidad solo es un eslabón dentro de otro, en el que hay política, economía, religión, lo social, el sistema de cargos, usos y costumbres y la sexualidad. La muxeidad no se puede catalogar, decir que muxe es igual a puto, mampo (homosexual en algunas regiones) o queer. La muxeidad debe existir en la medida en que haya un universo social, cultural, natural y simbólico que la sostenga. Puedo ser muxe en mi localidad pero fuera soy puto, entonces se pierde la connotación.

Se cree que vivimos en una sexualidad abierta y es normal. Cuando una sociedad es libre y sin prejuicios se piensa que es un paraíso. La muxeidad es como el Rey Midas. Tiene ese carácter, es transgresora porque ni si quiera hay necesidad de tocarlo todo. En el momento en que tú me preguntas, te atraviesa y empiezas a ser parte de este mundo muxeizado. Cuando la gente lea esta entrevista será tocada por la muxeidad.

¿En qué momento adaptaste el discurso antropológico a tu performance?

La antropología es la reflexión que existe detrás de toda pieza. Cuando hice Réquiem para un alcaraván (un acto de danza que Lukas presentó en 2012) toqué la temática de la muxeidad porque antes había pensado en nuestra identidad, en repensarnos y despensarnos. Esto no hubiera sucedido sin todas las herramientas que la antropología te da: el diario de campo, la observación participante, etcétera. Detrás de toda pieza en escena hay construcción, análisis y reflexión social.

Hago antropología aplicada a la escenificación. El perfomance es un ensayo antropológico.

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Foto: Mario Patiño.

¿Cómo piensas el cuerpo desde tu arte?

La danza contemporánea entrena tu cuerpo emocionalmente. Después de eso ya no te desprendes tan fácil. Mi estética sorprendía a los tehuanos. El que la presencia de una persona cause asombro es un plus de la acción escénica; el cuerpo comienza a tener una connotación extracotidiana. Lo cotidiano es ser robusto. Cuando alguien no responde a nuestra estética local se vuelve inhabitual. Entonces supe que un elemento de la escena es que todo sea extraordinario.

Primero: el performance tiene que ver en cómo vives la corporeidad; segundo: la indumentaria tehuana femenina y cómo se convierte en algo fuera de lo común. Usarla en un cuerpo que biológicamente no es mujer es extraordinario. Si me quito el huipil la comunidad dirá: ¡cómo te atreves a salir encuerada!, aunque saben que soy varón. La ropa construye cuerpos.

Se ha dicho que tu performance es un tipo de activismo muxe…

Habría que preguntarse desde qué postura se plantea el activismo. Creo que sí y no. No usaría el término activismo porque hay un cliché alrededor. Activista, globlalifóbico, anticapitalista, no quisiera encasillarme. Pienso que el asunto de la humanidad no es de activismo; los actos amorosos tampoco. Si nos enunciamos como seres humanos, es nuestro deber conducirnos con esa propiedad, si no es una contradicción absoluta.

Es nuestra responsabilidad pelear por un mundo menos ortodoxo, menos duro, menos gris y blanco, menos dicotómico; más lúdico, humorístico e imaginativo. También sé que mis piezas tienen que ver con la ayuda, aunque no es activismo. En otros espacios puede llegar a pasar que la temática muxe y performance no aparezca en ninguna cartelera; entonces lo viralizo, así puede ser que esté ayudando.

Hace unos días me preguntaban por mi interés sobre las temáticas de identidad, pero relacionadas a la sexualidad. Y creo que hay un discurso hegemónico que es el heteronormativo y se enuncia como un criterio de verdad. Si otro discurso disiente, está mal, equivocado, enfermo. Defenderé mi opinión, lo he vivido así. Lo hemos vivido así.

¿De eso va No soy persona, soy mariposa?

Sí. En 2012 nació Réquiem por un alcaraván, con una temática tehuana, la muxeidad, para reflejar las contrariedades en la comunidad. Con No soy persona, soy mariposa quise entrar en confrontación directa con la hegemonía: política, religión, vida cotidiana, genética, biología y bellas artes. Porque cada una de esas áreas se nos ha revelado como verdad inequívoca. Pero al paso del tiempo incluso la misma ciencia es falseable.

No soy persona, soy mariposa es un ejercicio para recordar esa sarta de almas que han quedado colgadas, desmembradas o en fosas comunes. Porque en algún momento, desde el poder, se instauró un criterio de “verdad” que es falso.

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Foto: Mario Patiño.

Alguna vez dijiste que no querías que el folclore opacara tu performance…

Mi vida cotidiana sucedió alrededor de mi madre. Con ella, en Semana Santa, visité las doce iglesias del Istmo de Tehuantepec, en las que veíamos a Cristo durmiendo como la Cenicienta en su nicho, niños vestidos de ángeles, gente llorando, vestida de negro, de luto. Me preguntaba: ¿en qué momento ese señor se va a despertar? Pensaba que todas esas imágenes eran de verdad, por el hiperrealismo que las envolvía. Ahí fue cuando la escena me invadió por primera vez.

Después bailé por doce años. Estudié danza y ahí tomé distancia con mi identidad local y el folclore. No quería estar encasillado como alguien que hace folclore tipo Amalia Hernández. Entonces decidí no tocar esas temáticas, ni esa estética. Cuando maduré desde la mismidad, desde el carácter discursivo en el lenguaje articulado con espectador, regresé a la estética tehuana y lo unifiqué.

Para mí, las danzas tradicionales, en la medida en que suceden aquí y ahora, son contemporáneas.

Editor Yaconic

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