Por Félix Romero

Espasmódico, agresivo, triturador. Disonante, melódico y armoniosamente intenso. Todo lo anterior son solo restos del sonido que deja Dance Gavin Dance, una banda que ha desarrollado un sonido propio en los recientes años. Exactamente eso debí decirle a Dan —la rubia de esqueleto perfecto— cuando bebimos, por primera y última vez, a solas. Alcancé a decir que era imposible describirlo, que tenía que escucharlos para que lo supiera; por supuesto, no creyó una sola de mis palabras.

El culpable de esa banda emergida en el 2005, es Will Swan: el compositor y guitarrista que ha llevado el ruido de la banda demasiado lejos. Siete álbumes en los que el post-hardcore alcanza cualidades difícilmente descriptibles; basta una sola palabra de más para contaminar y dar una falsa expectativa de lo que realmente es.

dance gavin dance

Lo sencillo sería ponerse a escucharlos, detenerse y reproducir algunas de sus pistas. Cosa difícil, porque detenerse va en contra de la vida contemporánea. Sí, sé que estoy exigiendo un esfuerzo mayúsculo pero, ¡carajo!, vale la pena; ¿y quién no va a querer olvidarse aunque sea un poco de todo lo que repta y suena en la superficie?

“Uneasy hearts weigh the most” es una pieza que me llevaré a la tumba. Fue la primera que escuché hace casi cinco años. Algo inédito en mi anaquel musical. ¿Cómo va? Pues eso, amigos míos, es un asunto enteramente suyo. Pertenece a su segundo álbum, el homónimo Dance Gavin Dance (2008).

Otro punto de partida es con “Strawberry swisher”, con su parte 1 y 2, canciones que empujan a ir a morderle las rodillas a la joven deseada, y no bromeo. “NASA, en cambio, es intensidad pura; “Don’t tell Dave”, casi pop bailable. Y en apariencia, y solo en apariencia, no parecen tener nada en común más que ser parte del Hapiness (2009).

Por supuesto, solo son retazos de un par de sus discos. De sus siete obras los que más recuerdo es el Downtown Battle Mountain (2007), con su post-hardcore cimentado y definido, y Hapiness con joyas como “Carl Baker” o “Powder to the people” interpretadas con la suave voz de Kurt Travis.

Quedan el Downtown Battle Mountain II (2011); Dance Gavin Dance; el primigenio LP, Whatever I Say is Royal Ocean (2006). Los restantes son el Acceptance Speech (2013); Instant Gratification (2015) y Mothership (2016).

Mothership acumula casi todas las características de los anteriores. Tiene un inconveniente, y es que si uno quiere aprender a tocar la guitarra este disco los hará sentir más que miserables. Pero si solo existe el deseo de escuchar una cosa distinta, será una experiencia exquisita; “Frozen One”, “Deception”, “Inspire the Liars” o la espasmódica “Philosopher King”, forman la espina dorsal de este disco.

En su conjunto, Dance Gavin Dance se sostiene en progresiones que no cansan, que son breves y cambian en el punto exacto para no aburrir. Parece que todo está deliberado para fluir y luego derrumbarse en el momento menos esperado: el breakdown viene en el instante preciso, y el punteo, limpio, viene cuando hay que calmar la atmósfera nuevamente. Todo impredecible.

Por supuesto, no son roñosos punks escupiéndole al micrófono; tanto los cantantes pasados, como Jonny Craig o Kurt Travis, tienen voces melódicas, altas y poderosas. Tilian Pearson —desde el 2013 en el micrófono— es el más meloso y el que mete más trucos con la voz; trucos que honestamente no necesitaban. Pero por suerte un tal Jon Mess (la segunda voz) es el que se encarga de aquello que solo puede decirse gritando. Hay que decirlo nuevamente, esto es post-hardcore y se grita bastante.

Will Swan desencadenado, ese podría ser el mote para describir un poco a este sujeto prominente. ¿Las razones? Además de sus siete discos, tiene un sello, Blue Swan Records, dos álbumes con un interesante proyecto alterno: Sanviar.

Justamente el sello Blue Swan Records es, más que una empresa, un punto de reunión para aquellos alineados con el precepto del post-hardcore. Algunos de los que abrevan en la firma son A Lot Like Birds, Stolas y Hail the Sun: acólitos que van delineando su propio camino.

Eso llamado post-hardcore se ha desarrollado en la sombra, o eso es lo que parece, y le ha convenido bastante pues ha creado una escena norteamericana cada vez más interesante; justamente ha surgido el mote de swancore, para denominar el sonido que a Dance Gavin Dance ha gestado.

Sí, el swancore es solo un motivo más para largarme a California a la primera oportunidad. Buscaré el modo de emboscar a Will Swan después de un concierto para decirle: “Maldita sea Will, lamento molestarte, pero ¿podrías enseñarme un par de esos acordes?”.

Y bueno Dan, güera desconfiada, en donde quiera que te encuentres, esto es justamente lo que no pude decir esa ya vieja noche. Y sí, todavía quiero ir a morderte las rodillas.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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