Por Scarlett Lindero

Fotos: Pedro Zamacona

Hay un tipo de violencia interior que nos conduce siempre a la autodestrucción. El malestar existencial crea agujeros negros en nuestra cartografía íntima y se manifiesta en las desgracias cotidianas a las que asistimos a diario. Baudelaire dijo: “La vida está llena de monstruos inocentes”.

Para el escritor Daniel Rodríguez Barrón (Ciudad de México, 1970) somos monstruos víctimas de las circunstancias que no elegimos: nos esclavizamos en esa suerte de destino arbitrario que nos arroja a situaciones límite. Una escena: bañas a tu madre, tu madre anciana. Levantas sus brazos y percibes el olor dulce que sólo pueden tener los viejos. Te mira con tristeza; ves un cuerpo delgado, amarillento. Sus senos parecen salir de sus costillas; el vientre está hundido y te sumerge de nuevo en el olor de un cuerpo salido del sueño. Te mira con tristeza. “¿No logro saber si lo que hay en sus ojos es ternura o compasión, o ¿la compasión es una forma de ternura?” ¿Por qué bañar a nuestra madre podría ser violento? “Es un tipo de violencia sutil”, dice Daniel.

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Esta escena corresponde a “Madre”, el primero de los ocho cuentos de Los mataderos de la noche (La Cifra, 2015). En el relato el personaje entra al baño con su madre para asearla, pues la edad no le permite hacerlo por sí misma. Ambos se exploran en un plano de intimidad creada. Ejemplo de las luchas internas a las que nos sometemos en los espacios más ocultos del oprobio diario.

El protagonista de “Madre” el clásico oficinista que representa el absurdo existencial al que se refería Franz Kafka en El Castillo. En su entorno laboral convive con compañeros a manera de amigos y cuerpos rentados a manera de amores. ¿Cuántos de nosotros hemos llenado vacíos con personas-objetos porque nuestra propia compañía nos resulta superflua?

Como dramaturgo y periodista, Rodríguez Barrón se vale de estos dos terrenos para llevar al límite a sus personajes. Lo vemos, por ejemplo, en el cuento “Últimas consideraciones sobre mi pierna”: una pareja (ella traumatóloga y él editor de libros de arte) busca otro motivo para continuar juntos después de un largo tiempo de relación. Y lo encuentran: la destrucción. Ella lo utiliza como modelo para probar los aparatos ortopédicos que construye para sus pacientes sin avistar que causará la deformación de su pierna. Una metáfora de la anomalía de su amor.

Dividido en tres partes, en Los mataderos de la noche conocemos la degradación de la vida de la viuda de un dealer; el suicidio colectivo de un pueblo ante la opresión del ejército, y el homicidio suscitado en un taller de literatura. Todos personajes sádicos y, aparentemente, enfermos. El asombro no radica en el hecho de que estos personajes representen a personas sociópatas, sino que esta maldad cruenta convive con nosotros ahí, a un lado, frente al espejo.

Los relatos de Daniel analizan la pesadumbre de las relaciones sociales; vivimos masificados en la superficialidad de un automatismo cotidiano; sólo volvemos a reflexionar sobre nuestra condición humana cuando experimentamos una sensación de angustia y fracaso.

El autor de La soledad de los animales (La Cifra, 2014) reconoce que su trinchera como escritor es la ansiedad. El concepto de dolor es primordial en los personajes Los mataderos de la noche; actúa como catalizador de la incomodidad con el ser que caracteriza su pensamiento, combinan un vasto conjunto de motivos que transmiten el desfallecimiento del vivir: la oscuridad, las sombras, la miseria, el miedo, la soledad, la sangre, el mal, la nada y la muerte, el hastío de vivir.

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TU CEREBRO EMPIEZA A NO OÍR

¿Qué te llevo a escribir los mataderos de la noche?

La sensación de que con mucha frecuencia se habla de crímenes y violencia como consecuencia del narcotráfico; pero casi nunca se habla de la violencia interior, de la violencia puertas adentro. No estoy hablando sólo de feminicidios y asesinatos, sino de una violencia mucho más sorda. Por ejemplo: la del hombre que tiene que bañar a su propia madre y verla agotada, avejentada, fracasada.

Hemos llegado a un punto bajo de intimidad. De estar perdidos. Esa violencia de no saber a dónde ir y no saber qué hacer. De pronto te encuentras haciendo cosas que no hubieras imaginado hacer, como matar animales y sacarle las viseras.

Por eso dices que somos monstruos víctimas…

Sí. Creo que la rutina te anestesia todo el tiempo. Te están pasando cosas y lo que haces es protegerte. Tu cerebro empieza a no oír, a no pensar a no escuchar a no querer saber porque lo que está ocurriendo a tu alrededor puede ser muy doloroso.

Me gusta creer en la teoría de Freud del displacer: el cerebro crea una especie de costra y hay cosas que pasan y cosas que no pasan. Y uno termina por volver al mundo orgánico. Siempre estás viajando hacia la destrucción, hacia la autodestrucción, hacía lo que creías que no ibas a hacer.

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En tu primera novela, La soledad de los animales, también vemos esa destrucción, la muerte…

Sí. De hecho La soledad de los animales iba a ser parte de este libro de cuentos, pero se alargó y se convirtió en una novela. Si te fijas tienen el mismo tono desesperado, de búsqueda.

Otra de las lecturas en tus cuentos es que hay un tinte político en el cuento final,  Los mataderos de la noche….

Sí. El teatro me dio esa alternativa y ante la situación que vive el país de violencia ese cuento fue una forma de hacerme presente en el diálogo con lo que estaba pasando con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

─Ese no es el tiempo, manita, es el cuerpo que se cansa de ser cuerpo, es la cabeza que se cansa de repetir “todo está bien, todo está bien” y un buen día te dice en sueños: “se acabó, todo se fue a la mierda.”

Es como en el cuento. Pasas por la calle y ves en un titular un suceso trágico, lo ves de lejos pero de pronto también eres parte de él.  En ese cuento, el pueblo vive en un mundo desolado que los obliga a auto canibalizarse; el pueblo se mata porque ya están cansados de que les quiten todo y eligen una forma digna de morir.

PERO NO TODO ES PESIMISMO

Pero en los relatos de Daniel Rodríguez Barrón no todo es pesimismo. El autor rescata que hay un poco de ternura dentro de su narrativa nihilista. “Hay un cacho de ternura en ese hombre poniéndose al nivel de su madre para bañarla, o el hombre que se mutila la pierna sólo para decirle a su mujer `te quiero´ me gustaría pensar que hay cierta ternura violenta, que aunque tengamos la mierda hasta el cuello podemos decir todavía tenemos esto, un poco de esperanza.”

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“Hay algo que dice Schopenhauer que me gusta mucho. Dice que debemos hacer reverencia hacía el otro porque es un hermano de dolor, cada quien padece situaciones distintas y debemos reverenciar ese dolor ajeno porque la verdad es que es sólo puro azar que no nos toquen las tragedias de los demás, sólo puro azar.”

Daniel es un narrador que posee una genuina y depurada percepción; hacedor de cuentos memorables, al transitar por la novela sabe, a la manera de Balzac o de Chejov, que ese territorio hay que poblarlo de personajes y que a partir del conocimiento de ellos devendrán las situaciones más impensadas; al final la muerte es la única rendición. ¿Pero no es que somos ya unos muertos vivientes?

Editor Yaconic

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