Por Atto Attie / @AttoAttie

Entre Jean Cocteau y Kurt Cobain hay un mundo de diferencia debido a que sus situaciones históricas son muy distintas: la generación de Cobain vive un boom tecnológico y comercial sin precedentes y éste genera deseo: a mayor tecnología y cantidades de productos, mayor apetito, mayor cantidad de bienes adquiribles, mayores potencialidades de posesiones… ¿pero dónde desemboca todo esto?

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Esta necesidad de poseer y adquirir cualquier insumo que se ofrezca conduce a una realidad terrible; el exceso de posibilidades materiales y la facilidad con que algunas de ellas se adquieren terminan por generar un estado de desinterés profundo: el no deseo. Al tenerlo todo se termina por no querer nada: el exceso deviene en apatía.

El hombre desea lo que no tiene o lo que le es prohibido. Al actuar sobre su deseo se purifica su condición anterior al resultado, es decir: su precondición se resuelve —el deseo antes de la manzana queda abolido ya que ha sido satisfecho y de la manzana sólo queda un hueso—, su poscondición, la transformación que sufre, puede ser positiva o negativa —en este caso la acción de resolver el deseo termina en el destierro del paraíso, en la caída—. Pero aquí es donde nos tenemos que hacer una pregunta crucial que es anterior a todo esto: ¿por qué desear lo prohibido?

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Cocteu

Los deseos prohibidos pueden ser en muchas ocasiones leídos o interpretados como inconformidades; una especie de reproche a la situación individual o colectiva que en algún momento dado se vive.

Se puede notar en algunos casos de movimientos de contracultura —sobre todo entre la gente joven— que las ideologías parecen nacer y afirmarse a partir de la negociación de sus opuestos. Es decir: el grupo inconforme se aferra a una sustancia que en sí es amorfa y carente de contenido; esta sustancia adquiere identidad al ser construida desde un molde directamente desigual y contrario al molde del grupo opositor. Sus fórmulas sólo existen en sentido directamente contrario a las formas que se combaten; no existen necesariamente a priori, no saben qué son ni qué quieren ser. Sólo saben que quieren ser justas y estrictamente lo que el otro no es; ser el contrario, encarnar lo prohibido.

Al leer el maravilloso libro de Ruth Brandon, Surreal Lives: The Surrealists 1917-1945 , nos damos cuenta que este fenómeno se observa en el dadaísmo, donde incluso la negación del movimiento mismo era menester. Los dadaístas creaban para escandalizar, negar y protestar: los performances, la demolición de la barrera que dividía poesía y pintura, artista y público. El arte dadá en general no buscaba conclusiones, no tenía dirección ni propósito; era anti-arte sin ton ni son para causar shock y negar todas las concepciones tradicionales de lo que el arte era.

Así lo resume Albert Camus al referirse a los dandys en el ensayo The Rebel:

The dandy is, by occupation, always in opposition. He can only exist by defiance […] But an actor implies a public; the dandy can only play a part by setting himself up in opposition. He can only be sure of his own existence by finding it in the expression of others’ faces.

Es decir, esta ideología de revuelta existe en tanto que haya algo que negar y es, en sentido directamente proporcional, el contrario del supuesto que se quiere combatir. La identidad no se forja de una premisa original, sino que adquiere forma desde otro lado del espectro, en el búnker donde se desdeña al contrario; estos atrincherados asumirán tantas formas como sus enemigos lo haga.

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Marcel Duchamp

El deseo individual prohibido puede poseer tantas y tan diversas formas y objetivos como hombres existan, en cambio el deseo prohibido de grupos por lo general radica en anhelar lo que la tradición moral, espiritual, artística o política califica de anormal, indeseable o inaceptable; ese querer ser lo que la colectividad no les permite ser. Nada más claro en este sentido que la crisis de identidad que sufre Cobain cuando su música se convierte en “popular” y deja de ser “alternativa”.

En su etapa inicial, la música de Cobain contiene intrínsecamente todas las cualidades de este modelo. Es una respuesta contracultural a las normas rígidas de una industria musical deshumanizada, es un movimiento de revolución artística que se desborda por el sistema político y económico de la industria disquera y también sobre las formas del producto artístico que se ofrece al público: una bofetada a esta catedral del pop ochentero, en su mayor prefabricado y manufacturado en serie.

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Nirvana

Cobain es lo que los otros no son, su identidad cobra sentido en ese universo musical en tanto que encarna lo indebido, su personalidad se afirma a partir de negar a su opuesto: esta rebeldía lo absuelve.

Pero para sorpresa de todo el público, de los empresarios musicales y sobre todo para la de él, su música da un giro de 180 grados ante las masas y ocurre el fenómeno que aquí nos interesa: su obra se vuelve popular, a pesar de él. La contracultura se convierte en cultura, el opuesto resuelve en supuesto, la prohibido en accesible. Esto conduce a Cobain a una crisis de identidad.

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Pero entonces quedamos pasmados: el trabajo de Cobain logra resultados espectaculares: se consigue una evidente mejora en las políticas de la industria musical y se abre una pequeña brecha en lo que hasta entonces parecía ser la impenetrable coraza que cubría a las compañías disqueras; el espíritu de música independiente gana un impulso de apertura nunca antes visto desde  finales de la década de los setenta. Se da un fuerte golpe a las cinco o seis compañías que monopolizaban la industria, esos gigantes, monstruos amorfos que controlan el mercado a todas sus largas y anchas sin “deberla ni temerla”, a esos dictadores que son los responsables —tanto para público como para artistas— de darle forma a las políticas de la música que se escuche, nos guste o no.

Cobain y su disco Nevermind hacen lo inimaginable: comienzan a doblar al dictador, causan una conmoción en la industria del disco que logra agitar sus pilares. Son una revolución que provoca cambios reales y tangibles en la organización de la comunidad artística. Los grupos de garage entienden que ya no están sentenciados a vivir bajo el yugo de la industria o a morir en el anonimato: se abre el paraíso redentor de los sellos discográficos independientes.

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Y, ¿qué ocurre con ese Pancho Villa de la industria musical, qué pasa con Cobain? Sucede que se da la respuesta al deseo: la de que éste no tiene solución.

El desencanto de Cobain crece una vez que su trabajo ha logrado modificar el sistema, ya que se ha convertido en uno nuevo; tal situación de fama no lo absuelve; ahora que los resultados han sido concretizados, su deseo se desvanece y busca convertirse en otra cosa: la nada. El deseo parece no resolverse, éste simplemente muta o se prolonga, o se convierte, como en el caso de Cobain, en el opuesto del anhelo original: desear no haber deseado.

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El deseo es un ente que siempre cobrará vida tanto que existan potencialidades —emocionales, físicas o espirituales— que se nos nieguen, que nos escapen a cada instante . Es probablemente Luis Cernuda quien tiene la última palabra poética en cuanto esto se refiere:

Por que ignoraba que el deseo es una pregunta

Cuya respuesta no existe,

Una hoja cuya rama no existe,

Un mundo cuyo cielo no existe.

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Editor Yaconic

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