Por Alonso Díaz de la Vega* / @diazdelavega1

Según mi cuenta de MUBI, este año vi 87 estrenos. Buena parte de ellos se me habían olvidado y a algunos debería recordarlos mejor. De Corazones de hierro (Fury, 2014), estrenada el primero de enero, a Iris (2014), que apenas pude ver, el cine mundial fue, como siempre, la narrativa de nuestra consciencia al alcance de todos y para el gusto de cada quien. No democrática sino demográfica, representativa de intereses diversos y a veces adversos que demuestran la pluralidad a pesar del resentimiento, la intolerante inclusión y las naciones de Dios. Hollywood, claro, nos vendió comida rápida, pero en al menos un par de ocasiones me sorprendió. Primero, con una compleja cinta de acción, Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, 2015), de George Miller, y luego con una cinta mediocre pero inesperadamente rebelde: El apostador (The Gambler, 2014), de Rupert Wyatt. Más producto de Camus que de Dostoievski, el guión de William Monahan le regaló a Mark Wahlberg su mejor patán y a John Goodman un inesperado triunfo: un gánster filosófico que pareciera escrito por Cormac McCarthy.

mad max

Mad Max: Fury Road

Mark Wahlberg is Jim Bennett in "The Gambler, " from Paramount Pictures. (Claire Folger/Paramount Pictures)

The Gambler

En el cine internacional encontré la mayoría de mis películas favoritas, casi ninguna de ellas dirigida por los viejos maestros. En la Berlinale, ni Wenders ni Herzog ni Malick ni Greenaway mostraron sus mejores películas. Salvo por Wenders, cada uno de ellos presentó lo peor de su filmografía. Los jóvenes directores, en cambio, entregaron las mejores películas, y si no mejores, más interesantes. Entre ellos Pablo Larraín, con El club (2015); Jairo Bustamante, con Ixcanul (2015); Sebastian Schipper, con Victoria (2015); Walter Salles, con Jia Zhangke, un tipo de Fenyang (Jia Zhangke, A Guy From Fenyang, 2015), y Aleksei German Jr. con Bajo nubes eléctricas (Pod elektricheskimi oblakami, 2015). Del colapso del catolicismo a las pesadillas de la inmigración y el futuro de Rusia, los temas de estas cintas reflejan sobre todo la consciencia europea en crisis y en riesgo. En este sentido, me pareció peligrosa la revelación de Elser (2015), la nueva película del director de La caída (Der Untergang, 2004), Oliver Hirschbiegel: Alemania se quiere exculpar del nazismo. Con la historia de Georg Elser, asesino frustrado de Hitler, Hirschbiegel resalta a los disidentes del nacional-socialismo y deslinda al alemán contemporáneo de los cómplices del poder que nos mostraron Rainer Werner Fassbinder y Stanley Kramer.

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El club

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Elser

La Cineteca Nacional hizo cuanto pudo —pero no todo lo posible— por recopilar lo mejor del cine mundial en sus muestras y foro internacionales. El pequeño Quinquin (P’tit Quinquin, 2014), del brillante Bruno Dumont, me pareció esencial. Una paloma reflexiona sobre la existencia desde la rama de un árbol (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014), de Roy Andersson, también me arrebató con sus composiciones a la Hopper y su minimalismo tan personal, tan nórdico y a la vez tan de todos. Hirokazu Koreeda entregó con Nuestra pequeña hermana (Umimachi Diary, 2015) una película frágil. Me gusta pero no sé cómo defender su estructura tan suelta y su sentimentalismo rebosante de romance cotidiano. Bertrand Bonello se desplomó con la gracia de una modelo que, ya en el suelo, encuentra una pose que la redima. Su Saint Laurent (2014), a pesar de ser un desastre, es un argumento sublime en favor del genio de su protagonista. Discúlpenme: no vi Steve Jobs (2015).

El pequeño quinquin

El pequeño Quinquin

una paloma reflexiona

Una paloma reflexiona sobre la existencia desde la rama de un árbol

El Foro Internacional nos dejó algunos éxitos: La tribu (Plemya, 2014), que a la segunda vuelta ya no impresiona tanto; Una chica regresa sola a casa de noche (A Girl Walks Home Alone at Night, 2014), de Ana Lily Amirpour, que salvó al viejo Jim Jarmusch de su propia cinta de vampiros, Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive, 2013), y una de las dos mejores películas de animación del año: El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, 2013). La otra, creo yo, apareció en el Ciclo de Cine Irlandés: Canción del mar (Song of the Sea, 2013). Hablando de cine animado, Intensa mente (Inside Out, 2015) no me impresionó. Me gusta más Un gran dinosaurio (The Good Dinosaur, 2015) con sus referencias al western y a pesar de sus dibujos simplones. La línea no se juzga, sólo se transforma. Tal vez el diseño no sea moderno pero la trama es sensata. El principito (The Little Prince, 2015), por el contrario, es un engaño. Traducir la novela original al cine no es lo mismo que simplificar un triunfo de la literatura francesa y venderlo como si fuera lo mismo pero con un nuevo marco narrativo: le agregaron papas y refresco.

una chica regresa sola a casa de noche

Una chica regresa sola a casa de noche

el cuento de la princesa kaguya

El cuento de la princesa Kaguya

El cine nacional tuvo un alta y varias bajas. Güeros (2014), a pesar de sus muchos detractores, me parece la mejor película mexicana en años. Carmín tropical (2014) y Las oscuras primaveras (2014) no me impresionaron mucho. La segunda mucho menos que la primera. Carmín tropical, un neo-noir protagonizado por muxes, ofrece una historia, en superficie, nueva; en el fondo ya la hemos visto antes pero la originalidad o no de la trama no me preocupa. En cambio, la convencional narración con un melodramático voice-over que sondea el pasado sin mucha coherencia no me convence. Quizá sólo sea yo. En Las oscuras primaveras estoy seguro de no estar solo. Me parece que en ella la impecable forma inventa una ilusión de complejidad. ¿Las elegidas (2015)? Lo mismo. David Pablos promete pero aún no cumple. ¿La tirisia (2015)? Casi lo mismo: peor.

las oscuras primaveras

Las oscuras primaveras

gueros pelicula

Güeros

El documental me sorprendió. Iris, La mirada del silencio (The Look of Silence, 2015) y La visita (The Visit, 2015) —de Madsen, nunca de Shyamalan— capturaron en la realidad los conflictos de la ficción; la excentricidad y la imaginación. Devolvieron al mundo su poesía original: cómica, trágica, visionaria, absoluta; transplantaron la realidad a lo sublime sin modificarla, mirándola. Fueron el cine hecho realidad. Lo que estos documentales lograron, sobre todo los últimos dos, fue definir la vida no como lo hace un diccionario sino como lo hace un poema. Le dieron a las desilusiones en la ficción de 2015 un horizonte paralelo donde rescatarnos e inventarnos, donde reencontrarnos con nosotros mismos.

*Crítico de cine. Cofundador de Butaca Ancha. Escribe para El Universal y Más por Más. Ha colaborado antes en Excélsior, Milenio Semanal y Tierra Adentro. Berlinale Talents 2015.

Editor Yaconic

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