Por Staff Yaconic / @Yaconic

Tráfico en la Ciudad, filas para entrar a los restaurantes, flores que triplican su precio, cajas de chocolates a la entrada de los supermercados. Estúpida mercadotecnia: “Todos los días recuerdo a mi madre, no necesito alguno en especial”. Mentira, el 10 de mayo asesta un golpe a quienes salen corriendo sin despedirse de mamá. A quienes no la llaman, a quienes no la visitan.

No quisimos dejar pasar el día y así, a bote pronto, le pedimos a algunos de nuestros colaborares lo primero que se les viniera a la mente sobre sus madres, que soltaran la pluma y dejaran plasmado el cariño, a su manera, que le tienen.

—Carlos A. Ramírez dirigió durante una década la revista (de skate y punk) Gorila. Es periodista (no ha ganado ningún premio) y hace cosas como asistir a un concierto de The Melvins con camiseta de U2. Le gusta la cerveza y meterse al pogo vestido de traje. A veces escribe.

Me acabo de hacer un tatuaje. Grande. Mi madre lo sabe y aunque no lo ve porque llevo una camisa de manga larga, me informa, en tono de reproche, lo mal que se ve el hijo de una de sus vecinas que “tiene todos los brazos tatuados”. Yo, entonces, le hago la broma que le he venido repitiendo desde que me hice el primero de los muchos que ahora tengo: “Claro, los tatuajes son para delincuentes, ¿verdad, ma?”, le digo y me parto a cacajadas. “Sí, ¡como tú, cabrón!”, responde fingiendo enojo y me golpea en el antebrazo, justo donde está cicatrizando mi pez koi.

Es un golpe leve pero me entume el brazo. Me río más mientras escapo del siguiente y ella hace como que me va a perseguir pero el dolor de sus rodillas se lo impide. Yo la miro y se me encoge el corazón. Ya no es la mujer poderosa que fue. Ahora parece frágil y está un poco enferma. Pero conserva intactas su dignidad y fortaleza de espíritu.

Cuando me acerco para abrazarla me hace una pequeña caricia en la espalda. Ella, que nunca hace caricias y le cuesta aceptarlas. Después caminamos entre la gente. Genes compartidos. Carne, sangre y ojos. Nariz y labios. Humores y expresiones casi idénticas.

Historias ligadas.

Opiniones irreconciliables.

Madre e hijo.

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Juan E. Flores Mateos (1991) es reportero independiente en Veracruz. Ha publicado en medios locales y nacionales.

Mi mamá siempre se queja de que no la ayudo en nada. De que nunca he hecho lo suficiente por ella. De que nunca puedo hacerle un favor porque ando ocupado, de aquí para allá, con mis planes. Sin embargo, a veces pienso que madres como la mía tienen mala memoria: ya no se acuerda de aquella vez que me vestí de un ridículo espantapájaros para bailarle a ella, en una plaza pública ante un público expectante de señoras que compiten por ver quién de los hijos es el mejor. O aquella vez que bailé semidesnudo esa horrorosa canción de Luis Miguel que habla sobre una playa. O esas veces que me ha erigido ante el escrutinio público de personas que jamás había visto en mi supina vida: ¿no te acuerdas de mí?, ¡te conocí desde que estabas en la panza de tu madre! En fin, aunque no se compara con lo que ella ha hecho por mí, creo que algunos hijos deberíamos ser considerados unos verdaderos héroes de nuestro tiempo.

—Ivonne Reyes Chiquete es narradora y dramaturga. Ganó en 2009 en IV premio nacional de novela negra Una vuelta de tuerca con Muerte Caracol.

Leo por morbosa. Siempre ha sido así y mi mamá es la culpable. En la preadolescencia me entregó Mujercitas y al ver en la portada a una joven con la blusa desabotonada hasta el nacimiento de los senos, que miraba seductora a la cámara y que tenía los labios húmedos y semiabiertos —además al entregarme el libro mi mamá dijo: esto es solo para ti, no se lo enseñes a tus hermanos, igualito que me habían dicho sobre las toallas sanitarias— me interesé en saber qué decía ahí. No encontré lo que creía, pero así empecé a leer.

Después mi mamá me creía —o tal vez no— que me habían dejado leer los diez libros de la lista en clase de Literatura, y no que solo debía elegir uno, y me los compraba todos. Tampoco dudaba —o tal vez sí, pero yo creía que no— cuando le decía que quería leer Julieta del Marqués de Sade, porque era la biografía novelada del personaje de Shakespeare y Justine, era su prima, y que también me lo comprara. Yo confiaba en que las doncellas desnudas y con látigos en las manos de la portada no le aportarían mayores datos sobre lo que su “inocente princesa” leía.

Le pedí Trópico de cáncer y también Trópico de Capricornio, de Miller, y ella solo preguntó: ¿Ahora te interesan los horóscopos?, y los libros fueron míos. Ante mi solicitud de El diario íntimo de Anais Nin, no preguntó nada. Todo diario es íntimo, ¿no? Esa palabra no hablaba del contenido sexual del libro, ¿verdad? No había nada que justificar.

Pero aquel día en que la vi entrar con garbo a esa librería en Madero, cuando ella iba al frente, yo la seguía, y recorrimos un largo pasillo, llegamos hasta el mostrador donde el dependiente la esperaba y ella se detuvo frente a él y con toda la decisión del mundo le dijo: ¿Tiene Los de abajo? La mirada del empleado se fue a su propia entrepierna, cuando levantó la vista, tenía en los labios una risita socarrona que mi mamá y yo vimos, y después nos miramos entre nosotras. El muchacho fue por el libro, se lo entregó y ella, sin dudar, lo pagó y me lo entregó, no sin antes decirme: qué cosas te dejan leer en la escuela. En ese mismo momento le dije: también quiero uno que se llama Las once mil vergas y ella lo pidió de inmediato. Supe que no tenía que andar mintiendo, que podía pedir cualquier libro y ella me lo facilitaría. Por ella leo. Gracias, mamá.

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—Mixar López (Guerrero, 1975) es narrador, cronista, ensayista y periodista musical. Colabora en publicaciones nacionales e internacionales. Escribe desde su trinchera, en Iowa.

No sé qué hago aquí, lejos, tan lejos de tus caricias y tus lágrimas de Virgen astuta, de Madonna del desierto. Madre, dime tú qué diablos hago aquí, en un lugar en donde todos me escupen odio y rabia, en donde utilizan mis manos como pequeños componentes de robot vetusto. Madre, ¿qué estarás haciendo ahora?, ¿leerás todas las simplezas que te escribo?, ¿las necedades que publico? ¿Sabes? Es lo único que me reconforta, escribir, día y noche, escribir ahí, en la pizca de la naranja o allá, donde se construye el edificio, se pinta la fachada o se tala el árbol, desde estos menesteres humildes que el blanco no sabe hacer.

Mientras te escribo esto pienso en una cosa: ¿Madre, crees que les gustará esta canción? No importa, tómala entre tus brazos y cobija a mis hermanos con ella, es tuya, memorízala y entónasela a dios cuando llegue el momento, pero déjame escribirte una vez más.

Que fácil era la vida en Guerrero, ¿verdad?, antes de que el cuchillo y el fusil se apoderaran de la honestidad de un pueblo batido con sal y olas de mar. Vamos a recordarlo de una vez madre, que hoy hay tiempo, tiempo de sobra en el calendario prehistórico del Salvador.

Hoy soy otro, mi instinto de supervivencia está ligado a tu recuerdo y si algún día te falto arroja una piedra al huerto, no sé, quizá con ese golpe sobre la hiedra, ahora venenosa, resurja para darte un beso, para entonar esta canción juntos, ¿madre, crees que a Dios le gustará esta canción?

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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