Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Un día Rebeca, mi vecina, desapareció. De pronto, en su departamento, dejaron de escucharse el trajín doméstico, la música, los incoherentes balbuceos alcohólicos y las mentadas de madre. Por los pasillos del edificio corrían rumores: que si tenía cirrosis hepática, que si la habían desalojado por fin sus múltiples acreedores, que si tenía Sida… Yo prefería creer que estaba muerta y pudriéndose en su cama, y que en unos cuantos días la peste de la putrefacción confirmaría mi teoría.

La verdad era que, a ciencia cierta, nadie sabía nada.

De cualquier forma todavía no se cumplía ni una semana de su desaparición cuando los demás vecinos decidieron deshacerse de los cachivaches que Rebeca almacenaba obsesivamente debajo de la escalera que conectaba al segundo piso del edificio, argumentando que unas ratas habían anidado allí. Aquello era bastante probable pero a mí más bien me parecía un pretexto de los vecinos para vengarse un poco de los desmadres protagonizados de manera regular por la mujer.

La inquilina del 204, una anciana de rostro adusto, con el cuello arrugado como de guajolote, y que vivía con un desagradable poodle blanco y un hijo de más de 30 años, tocó a mi puerta para preguntarme si yo no tenía inconveniente en que se llevaran “todas esas porquerías”, ya que unas ratas enormes habían hecho su nido e incluso podían meterse a MI departamento. Además, agregó, era un abuso e iba contra la ley que “esa mujer utilizara los espacios comunes como bodega particular”.

Sus ojos me deprimieron profundamente. Estaban vacíos; opacos. ¿Cómo era posible que una anciana al borde de la tumba como ella siguiera preocupándose por semejantes nimiedades? ¿Acaso no había aprendido nada en tantos años de vida? ¿No había conseguido acumular ningún tipo de sabiduría? Tal vez ese es el trágico destino de la humanidad: vivir sin sentido. Constatar al final que nada tiene importancia. Que el heroísmo y la cobardía tienen tanto valor como una mierda de perro desintegrándose al sol.

El caso es que dos horas después, los encargados de la limpieza, un hombre y una mujer tostados por el sol, de manos correosas como garras, arrasaron con los pequeños tesoros de Rebeca: dos cochecitos de plástico donde seguramente paseaban sus hijos cuando tendrían seis o siete años, unas cuantas macetas, bolsas de mano corrientes y algunas lámparas pringosas llenas de telarañas. Porquerías, al fin y al cabo. Pero, ¿acaso no la basura de unos es el tesoro de otros? ¿Cuántos hombres buenos habré visto suplicándole amor a una mujer empeñada en sólo abrir las piernas para un patán roñoso? Más de los necesarios, lo puedo asegurar.

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Después de eso los vecinos se dieron por satisfechos y se olvidaron de Rebeca. Pero dos o tres meses más tarde, así como se había ido, regresó. Parecía haber envejecido 10 años cuando menos: estaba en los huesos y tenía los ojos hundidos dramáticamente en las cuencas. El brillo de la mirada había desaparecido por completo. Estaba en la puerta de su departamento platicando con dos tipos, uno pequeño y moreno y el otro grande y gordo, como un oso. Su aspecto no decía mucho sobre ellos. Lo mismo podrían ser maestros de secundaria que cargadores del mercado. Imaginé que eran antiguos compinches de Rebeca. Que venían a enterarse, más que de su estado de salud, de la fecha de reanudación de las pedas habituales. Pero no. Aquellos sujetos resultaron ser una especie de exorcistas. Lo sé porque unos 10 minutos después de haber entrado a mi departamento los escuché. Por encima de las voces de unos imbéciles que hablaban en la televisión del noviazgo de un actor de moda, rezando a gritos oraciones católicas, arrastrando muebles y azotando puertas con violencia.

“Largo de aquí, Satanás”, decía uno. El otro le contestaba: “Deja en paz a esta hija de Dios”. “Rebeca, ¿renuncias a Lucifer?”, le preguntaban. Mi vecina respondía débilmente: “Sí, renuncio”. No lo podía creer. Era evidente que por ahí no había más demonios que los de la soledad, la locura y el alcoholismo. Y ninguno venía de otra dimensión. Pero aquellos sujetos se tomaban en serio su trabajo.

Finalmente —los vi por la mirilla— salieron al pasillo y escupieron grandes buches de un líquido que ingerían de una botella de plástico por todo el pasillo. El chaparro se encargó de los demás departamentos y el oso gordo se detuvo justo frente a mi puerta. Se santiguó, trazó en el aire algunos signos con su mano derecha y lanzó al aire un eructo colosal. Desconozco la efectividad de los rezos y aquel líquido, pero el rugido sí que podría ahuyentar al demonio más hostil.

Me alejé de la puerta y me dirigí al aparato de sonido. En una de las charolas puse el Show no mercy de Slayer y seleccioné el track uno, “Evil has no boundaries”. Sé que aquello era demasiado obvio y pueril pero me pareció adecuado. En medio de una atronadora sinfonía de guitarras y bombos, la voz de Tom Araya chillaba “Evil! Will take your soul/ Evil! My wrath unfolds!/ Satan our master in evil mayhem/ Guides us with every first step”.

Sonreí.

Me pareció que ni los exorcistas ni el cantante sabían bien de lo que hablaban pero de alguna manera se sentían obligados a tomar partido. Unos se hacían pasar por buenos, otros por malditos. Y estaban dispuestos a dar la vida por mierda que nunca habían entendido a cabalidad. La misma vaina de siempre, pues.

En esas estaba cuando dos poderosos zarpazos estremecieron mi frágil puerta. Deformada por el ojo de pescado de la mirilla vi la inmensa silueta del oso. Sin abrir, pregunté qué se le ofrecía. Me dijo que si seguía invocando a Satanás con esa música, él mismo iba a venir a romperme la madre y a meterme mis discos por el culo. No dudé un instante de sus palabras. Si algo sé es que pocas personas en el mundo son tan peligrosas como un fanático. Pero había una puerta de por medio y aunque estaba hecha con un material de pésima calidad, tomaría tiempo derribarla —al menos el suficiente para armarme con un bat de béisbol—, así que le contesté con dureza: “Chinga tu madre, gordo cabrón. Tengo una pistola. Rebeca lo sabe”. No mentía del todo. Hace tiempo le había enseñado a Rebeca una .38 de la cual me deshice porque estaba seguro de que un día las ganas de volarme la cabeza iban a terminar ganándome. El oso titubeó. Desprovisto de todo su valor solo alcanzó a musitar antes de irse: “Yo ya te dije”. Prendí un cigarillo y pensé en voz alta: “Puta madre: dialéctica casera. La lucha de contrarios que provoca el tránsito de una etapa histórica a otra pero a nivel doméstico”. Aunque no supe definir a qué etapa histórica estaba entrando la relación entre mi vecina y yo.

Lo cierto es que unas horas más tarde, cuando ya había anochecido, en el departamento contiguo se escucharon risas, vasos chocando amistosamente y la voz, todavía un tanto débil, de Rebeca interpretando una canción de Vicente Fernández.

Era bueno tenerla de regreso.

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