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Diego Quemada-Diez, foto Elliot Leuthold

Por Eduardo H.G. / @altermundos / Enviado

Las luces se apagaron. La alfombra roja se guardó. Las calles de Morelia, impávidas ante la hecatombe que se cierne sobre todo el estado de Michoacán debido a la violencia del crimen organizado, esperarán otro año para llenarse de cinéfilos. El XI Festival Internacional de Cine de Morelia concluyó y entre las cintas premiadas por el selecto jurado figura una dupla que pone en pantalla dos temas fundamentales en el contexto actual: migración y desapariciones.

Se trata de La jaula de oro, del novel director español-mexicano Diego Quemada-Diez, que obtuvo los premios del Público, al mejor Primer o Segundo Largometraje Mexicano y el de La Prensa; y Las montañas invisibles, del joven venezolano Ángel Linares, la cual recibió el Premio al Mejor Cortometraje Documental. Las dos visiones, una narrada con la ficción y la otra con el retrato documental fueron bien recibidas en el certamen.

La travesía y peripecias de dos jóvenes guatemaltecos y uno mexicano montados en el lomo de La Bestia (tren de carga que atraviesa México de sur a norte) con Estados Unidos como destino, son el argumento principal de La jaula de oro, opera prima de Quemada-Diez, quien antes colaboró con los directores Ken Loach, Isabel Coixet, Spike Lee y Alejandro González Iñárritu. Luego, en un viaje al país, el fenómeno de la migración lo atrajo para alistar cámaras y rodar.

La Jaula de Oro, Diego Quemada Diez

La Jaula de Oro, Diego Quemada-Diez

Lucido, tranquilo, de aspecto juvenil y mirada profunda, resaltada cada vez que lo ilumina la luz de una cámara, Quemada-Diez sostiene que para la elaboración del filme —estrenado en el Festival de Cannes 2013— se basó en más de 600 testimonios recogidos en su bloc de notas durante viajes que realizó en los lugares que corre La Bestia, última alternativa de miles de migrantes en búsqueda de una opción de vida y sustento para sus familias y ellos mismos.

“Yo no creo que la gente sólo quiera ver comedias románticas, creo que las personas quieren sentir cosas profundas y también quieren reír y llorar; ver en el cine situaciones cercanas a su vida. El cine de entretenimiento tiene su lugar, pero también lo tiene uno reflexivo”, asegura el director en entrevista para Yaconic, luego de recibir sus tres premios, con los que la cinta acumula una veintena en tan sólo cinco meses, luego de su estreno en mayo pasado.

Sobre la preparación de la historia, Quemada-Diez detalla que fue un proceso de seis años: En México “fuimos a los albergues, caminamos en las vías del tren, platicamos con los migrantes. También viajamos a Los Ángeles y Guatemala, a las zonas más desfavorecidas, que son las principales expulsoras de migrantes. Entonces, eso me permitió conocer muy bien la problemática en todo el recorrido”.

En suma, La jaula de oro parte de una investigación exhaustiva, apoyada por periodistas que conocen el terreno. “Hablo con la gente, trascribo, subrayo y creo a los personajes y la narrativa de la historia. Claro que no puede estar todo, hay un proceso de edición muy importante… tiene un nivel de denuncia social y política, uno muy humano y universal que habla del viaje de la vida y uno poético que trata de ver la belleza más allá de la tragedia”.

Mientras el filme da la vuelta al mundo y espera a febrero para estrenarse en salas mexicanas, un grupo de jóvenes creadores llevan al séptimo arte otra historia, también de tinte social. Una sobre la búsqueda implacable que realizan mujeres de la sierra de Guerrero, una lucha por la presentación de sus hijos y esposos desaparecidos en la década de los 60 por simpatizar con la guerrilla del profesor Lucio Cabañas Barrientos, que se batió a sangre y fuego contra la injusticia.

Con apenas 13 minutos, Las montañas invisibles, producción del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM, pone sobre la pantalla las voces de las madres y esposas campesinas de Atoyac, aquellas a las que un Estado henchido de rufianes corruptos les arrebató a sus seres queridos. Ángel Linares, director; Rodrigo Morales, fotografía, y Estíbaliz Márquez en el sonido, son los artífices de la obra ganadora en el FICM 2013.

Ya antes, el corto-documental fue nominado en la 55 entrega del Ariel 2013, donde compitió, sin obtener premio, con La herida se mantiene abierta, de Alberto Cortés; Mitote, de Eugenio Polgovsky, y Paal, de Christoph Müller y Víctor Vargas Villafuerte; sin embargo, en Morelia resultó triunfante y su director reconoce que fue una paradoja la que llevo al equipo a realizarlo, ya que en un inicio el documental se encaminaría por otro terreno:

“Era un proyecto sobre el uso de napalm en la sierra guerrerense para combatir a Lucio Cabañas y cuando empezamos la investigación en Atoyac, nos dimos cuenta  que un denominador común era que las mujeres (en muchos pueblos mayoría) se encargaban del trabajo de reconstrucción de la memoria histórica. Se nos hizo un fenómeno muy particular, sumado al hecho de que la mayor parte de las personas en allí tienen algún familiar desaparecido”.

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Las montañas invisibles

Así comenzó el viraje de la idea, algo para lo cual fue decisiva la participación de la activista Rocío Mesino, perseguida junto a su familia por sus actividades políticas. “Discutíamos con ellos de qué iría el documental, de cuál era la necesidad de la comunidad para presentarla, eso fue parte del proceso de construcción de Las montañas invisibles”, explica Linares, en entrevista con Yaconic.

Sin embargo, Roció Mesino no estuvo presente en el FICM 2013, el pasado sábado 19 de octubre fue asesinada a tiros por dos sujetos en la comunidad de Mexcaltepec, municipio de Atoyac de Álvarez. Por ello “venimos en primer lugar a dedicarle las proyecciones y nuestra participación en el festival, porque fue una de las piedras fundamentales en la realización y sin su apoyo no se podría haber terminado”.

De acuerdo con Linares, la presencia del documental es un acto de reconocimiento a la activista, por su valentía, disciplina y entrega. “Venimos a denunciar el hostigamiento contra los luchadores sociales, queremos aprovechar la plataforma para alzar la voz y que cese el hostigamiento para los que quieren una sociedad distinta”.

“En necesario un compromiso mayor en el cine, generar un cine político. El compromiso y la tarea son mayores porque vivimos un momento en América Latina donde todos los cineastas deben trascender esta figura y transformarse en individuos políticos en sus sociedades, asumir un compromiso en la calle y en las cámaras porque probamente se una hora definitiva. Más en México”, finaliza el director.