Por Eduardo Medina / @lalitro211

Fotos: Cortesía Bestia

De la sangre más joven a la más vieja salieron las bandas el día dos del festival Bestia. Esto es: Klezmerson en primer lugar, Abraxas en segundo, Secret Chiefs 3 en el tercero y Bladerunner en el cuarto.

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La primera vez que vi a Klezmerson en vivo fue en el Bajo Circuito en abril de este año. Iban presentando y tocando en vivo por primera vez su interpretación de Amon, volumen 24 del Book of Angels. Ese día yo estaba extasiado. Fui con mi pareja. Encontramos un silloncito donde sentarnos, pedir una cerveza, una baguette; desde donde podíamos ver bien a los músicos. A medio concierto le dije a mi novia:

—Algo está pasando, están cometiendo algunos errores.

Después, el mismo Benjamín confesaría que era la primera vez que interpretaban el material en vivo y que todavía estaban teniendo algunas dificultades.

—Medio atropellada, pero salió –se disculpó.

¡Qué importa, hombre! Pensé. ¿De cuándo a acá las cosas tienen que salir perfectas? El concierto fue portentoso, aunque el público fue una verdadera lástima. El ensamble tenía que pedir silencio para iniciar una nueva pieza porque el barullo de los borrachos ensordecía el lugar. Vendieron ejemplares de Siete (2011), su disco en Tzadik, el propio Amon, y de su DVD En vivo desde Plaza Condesa (2012). Compré solamente el Amon y fui a que me lo autografiaran. “Para Eduardo de María Emilia”, “Para Eduardo de Benjamín S.”, puede leerse en mi ejemplar del compacto.

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En fin, esta vez, hoy sábado seis de diciembre, las cosas son muy otras. Klezmerson ya tiene dominados a fondo los ritmos y tiempos de su material y la gente a mi alrededor lo nota, lo siente, y los músicos también. Tengo la certeza que esta noche en el Lunario todos nos conectamos. Desde el principio es así. La energía es propicia, la luna es propicia, marihuana hay y la presencia del Zorn es fuerte. Todos sabemos de ante mano que el concierto sería una belleza, pero aun sabiéndolo, cuando salen las bandas a tocar lo confirmamos y lo vivimos con sorpresa.

Klezmerson toca y todos bailamos en una orgía de colores sonoros, de gamas acústicas, y Benjamín improvisa en el violín, en su teclado sintetizador. Aplaudimos, bailamos y reímos. Alguien saca la marihuana. Sin saber cómo, me cae el hitter entre las manos y fumo, y cuando exhalo el aliento de Dios, fijo la mirada en una muchacha que baila a mi lado. No había advertido su presencia; es ella la que me ha extendido el hitter y me sonríe. No podemos hablar, no queremos hablar, pero me toca el dorso de la mano y nos dejamos llevar por el ángel Amon, su voz que conoce los tres tiempos de la existencia y dirige a las cuarenta legiones del infierno. (Después calcularé que tocaron unos cinco, seis tracks de su álbum.) El concierto empieza así nomás, sin mediar palabras, sin dar explicaciones, como debe de ser: sin presentaciones ni protocolos ni pendejadas. Sólo la música, directa, cruda, sin nombres; para los que saben y para los que se atreven a investigar. Y así, sin avisos, ni anuncios termina. Los músicos hacen una reverencia ante nuestro aplauso y se despiden, pero entonces sale él, el maestro, el que todos queríamos ver: John Zorn. Y abraza a Benjamín con un candor y un cariño por demás sinceros. El mismo Benjamín lo recibe como quien recibe el abrazo de un profesor largamente admirado. Zorn abraza al ensamble entero y juntos vuelven a hacer una reverencia. Creo que lo único que nos impide pedir “¡otra!”, es la emoción de lo que viene después.

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—Éste que sigue va a estar súper perro.

Fueron las primeras palabras que le dije a la muchacha de mi lado.

—Será el Psychomagia, ¿no?

Pues eso decía el cartel. Decía que Abraxas interpretaría su Psychomagia, álbum del 2014, tributo a Giordano Bruno. Pero no es así. Interpretan Abraxas, el volumen 19 del Book of Angels, lectura del señor Shanir Ezra Blumenkranz. Ése que vemos de pelo largo y lacio, barba larga y lacia, tocando un bajo de tres cuerdas de forma cuadrada, ese hombre es Shanir Ezra Blumenkranz, y ese bajo de tres cuerdas se llama gimbri, o guembri, o sintir, y es un instrumento africano, forjado en madera y cuya caja de resonancia es la piel de un camello y cuyas cuerdas la piel de un cordero. Ese otro mancebo que tanto se parece a Zorn, y que toca la guitarra como un lunático es Aram Bajakian, el guitarrista sentado es Eyal Maoz y el baterista Kenny Grohowski. Es la formación original de Abraxas en su álbum debut, el mencionado volumen 19. Y cuando tocan siento que los cabellos se me hacen para atrás y los oídos me van a estallar. La lectura en vivo de Abraxas por parte de Abraxas fue como estar frente a la turbina de un avión. Llevan las piezas a un estado de crisis y de quiebre. Pese a las diferencias entre Klezmerson y Abraxas —los primeros hacen una interpretación ante partitura, los segundos, como buen cuarteto rockero, no leen, tocan de memoria y de corazón— la experiencia es igual de rica, igual de potente. Ellos debieron tocar otras cinco o seis canciones de su material.

Yo estaba hundido en el sueño marihuanero y veía a la muchacha a mi lado sonreír. Qué bueno es —pensé— ver sonreír a una mujer. Y qué bueno es tener su mano en mi mano. ¿Cuándo sucedió? No lo sé. La tenía cogida de la mano y pegada a mi cuerpo. Sentía sus latidos, sus vibraciones y sus alientos, sus humores, y estaban en consonancia con los latidos, vibraciones y humores de todos los demás, y con los del cuarteto. La gente está fumando marihuana bien. Dejaron de preocuparse por la seguridad: el concierto nos ha robado las almas. Como al principio, cuando Abraxas termina su setlist, Zorn sale y abraza a su líder, a Shanir. Le da las gracias, y juntos, Zorn y el ángel que une el bien con el mal, hacen una reverencia.

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Tomo de la cintura a la chica y la beso y la toco y es como el primer día de la creación. Estoy tan emocionado degustando su saliva, y tan estimulado por la marihuana que olvidé presentarme siquiera. Soy Eduardo, le digo. Soy Claudia, me dice. Y en los minutos del intermedio me cuenta toda su vida. Cortó con su novio esta misma tarde, pero como ella había comprado sus boletos, decidió venir sola. El boleto extra lo revendió. Pues qué bueno que estás aquí, le digo. Y entonces las luces se apagan.

—¡Uy, van los Secret Chiefs, güey! –dice una chica por ahí.

Algunos regresan con cervezas en mano, pero yo me mojo la boca con la saliva de una chica que está a mi lado. Dice que a ella ya no le da la seca porque se hidrata constantemente. Y entonces sí salen los Secret Chiefs y las chicas, sobre todo las chicas, se vuelven locas.

—¡Trevor Dunn! —alguien grita— ¡Trevor!

Pero yo no lo comprendo, Trevor Dunn no viene, no está, esta noche no. Shanir Ezra Blumenkranz y Kenny Grohowski salen de nuevo. Trey Spurance afina su guitarra. Y me temo que son los únicos a quienes puedo reconocer. Ni modo. Secret Chiefs empiezan a tocar. El cartel decía que presentarían el último libro de Masada, el Book of Berlah. Y durante un buen rato las atmósferas espaciales, los sintetizadores y las poderosas guitarras, equilibradas con el violín y el vibráfono, con el resto de las percusiones, me convencen de que es el Book of Berlah. En efecto, la música se oye nueva, diferente. Quizá sí sea el Book Of Berlah. Pero de pronto, de eso sí estoy seguro, empiezan a tocar “Shoel” del Xaphan, el volumen 9 del Book of Angels. ¿Qué será entonces lo que estamos escuchando? El libro tres de Masada o el volumen 9 del libro dos. No lo sé. Estoy demasiado pacheco y la música es demasiado buena para ponerle nombres, fechas, etapas. La música es lo que es y me inunda. De pronto siento como si estuviéramos en una nave espacial, viajando a través de los tiempos y dimensiones cósmicas, y que los Secret Chiefs 3 son los operadores de la nave. Es una inmensidad. Los Secret Chiefs son lo mejor que ha tenido la noche, lo mejor. Y nadie quiere que se vayan. Cuando, por su lenguaje corporal, nos hacen saber que ya se van, todos gritamos que no. ¡Que toquen otra! ¡Queremos más! Zorn, que ha estado viendo el concierto desde la primera fila trasera —he podido verle la cara, y sus gestos, toda la velada—, de pronto sale al escenario y abraza a Trey. Algo le dice.

Dude, can you play another song?

Y sí. Zorn nos dice una más, tocarán una más. Y todos gritamos de emoción. Claudia me ha quitado el suéter y me tiene agarrado de la cintura, a veces me besa, a veces mira el concierto, a veces se limpia la nariz con un kleenex mojado y secado y vuelto a mojar no sé cuántas veces. Me ha pedido papel, pero yo no llevo. Dice que tiene gripa. Ni modo, le digo, deja que escurra. No mames, no, y se echa a reír. Los Secret Chiefs tocan la última pieza y es majestuosa. Y no. No queremos que se vayan, pero el show tiene que continuar. Las luces se apagan y el personal mueve de lugar los instrumentos, se los lleva, mete nuevos. Esperamos unos minutos y entonces todo se hace negro. Se encienden cinco lámparas detrás de la batería. Y vemos salir a Dave Lombardo, a Bill Laswell y a John Zorn. Bladerunner, la mítica, la ingrabada, la inalcanzable banda de Zorn, como la ballena blanca de Melville, pero que nos recuerda, por su formación, a todo Painkiller y al Buck Jam Tonic del 2003. Sí, claro, es una formación clásica para Zorn, para Laswell. Pero ahora Lombardo está ahí, y juntos los tres son otra cosa diferente. Y claro. Lombardo deja sueltas las quimeras que son sus extremidades y bestializa la batería. ¡Qué portento! ¡Qué potencia! Laswell levanta el groove desde el suelo, desde la tierra como quien le sopla a un fuego para que crezca. Crece el fuego y entonces entra Zorn, y es como si hablara por fin la lengua del diablo. Apenas lo puedo creer. Pero la saliva que Zorn escupe en el escenario me hace claro que es real, que ahí están los músicos que tanto he admirado tanto tiempo, ahí está el baterista de mi adolescencia, y el bajista de mi primera etapa marihuanera y el compositor que he admirado y leído como un loco desde hace diez años. Ahí están por fin. Tocan dos piezas improvisadas antes de amenazar con irse. Y se van. Pero vuelven a salir todos juntos, todas las bandas para la reverencia final. Y todos estamos tan impactados que queremos más, más, más, ¡por amor de dios! Y entonces Zorn señala a Grohowski, a Spurance, y el trío se convierte en quinteto: dos baterías, un bajo una guitarra y saxo. El número final. La pieza final. Entonces sí Claudia aprieta mi mano y me pregunta si tengo planes para después, le digo que no, que estoy hospedado en un hotel de la Roma, que tan pronto acabe el concierto para allá me iré.

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—Entonces ya tenemos plan –me dice.

Tan emocionado estoy por la noche que me espera, que no aplaudo al final de todo. Quise guardarme el aplauso, sólo recibir la música como si fuera un pan sagrado y dar gracias, pero en silencio, como un monje. Gracias, Señor Zorn, Señores Abraxas, Señores Secret Chiefs, Señores Klezmerson, Señora Dora Juárez, Señor Ernesto Martínez, Señor Orozco, Señores de la Biblioteca, Señores del Lunario, Señores de la revista Yaconic, señores y señoras todas; a los involucrados y curadores, a los que se desvelaron por hacer aquello posible, gracias: me han conseguido una noche de calor humano y tres noches de humanidad.

Tomados de la mano salimos del Lunario. Le ayudo a Claudia a abrigarse y ella a mí. Paramos un taxi y volados nos vamos hacia el hotel, pero en el camino el monchis nos invade.

—¿Conoces Mr. Kelly’s?

Me dice que no. Pues a Mr. Kelly’s entonces, señor taxista. Llegamos y pedimos dos hamburguesas para cada quien. Yo le pongo pepinillos y chile, y ella guacamole y jitomate y comemos como un par de cerdos. Ella sigue hablando y habla sobre su novio.

—No —me aclara— no volveré con él… que haga él su vida y yo la mía.

Me quedo en silencio ante la frase lapidaria. ¿Qué más puede uno hacer cuando cae la guillotina? La cena tremenda nos impide cualquier encuentro sexual, caemos, en cambio, dormidos al instante.

***

La marihuana nos despierta muy tarde y casi no hay energía para nada. Durante el día intento recordar el concierto, pero hay partes que tengo en reposo, como si la memoria no quisiera darme todo de un tirón. Claudia y yo pasamos el día juntos, y por estar tan juntos se nos hace tarde para la proyección de la película. Ella no pensaba asistir, pero me sobra un boleto y ¡allá vamos! Corriendo para tomar el taxi, corriendo para cruzar la avenida Chapultepec, corriendo para llegar a las escaleras del Auditorio, corriendo para encontrar la entrada de prensa, una vez adentro preocupados para estar en asientos contiguos. Y hasta que la luces caen no damos un respiro. Estamos hasta arriba del Auditorio, en los peores asientos. Casi podemos tocar el techo. Claudia me dice que Zorn está en la orilla del escenario tocando, pero no le creo. Le digo que Zorn debe de estar en el teclado, detrás de la pantalla. Pero no, ella tiene razón y el muñequito de Zorn se mueve mientras toca sobre el monumental instrumento. La Gran Macana es que, por estar hasta arriba, las lámparas nos impiden ver los subtítulos. Ni ella ni yo sabemos alemán. A caso algo de inglés, y ese poco de inglés nos orienta, a duras penas, en la línea argumental de la cinta. ¡La restauración es hermosa! ¡Qué colores! ¡Qué sonido! Weine y Zorn son como una misma inteligencia, ¡qué preciosura!

Mis paisanos mexicanos siguen llegando aun después de las 7:40 de la noche. Yo insisto en que el Auditorio está vacío, pero Claudia dice que está lleno, yo insisto en que el resto del público —pues está hablando, riendo y no presta atención a lo que tiene enfrente, y encima llega tarde— no va a entender una mierda. Ella insiste en que me calle y vea.

—Observa la asimetría de las casas, de los escenarios. Esa pulsión hacia el desorden es una de las piedras angulares del Expresionismo —me explica—, esa exploración en la oscuridad, los matices, las atmósferas y la locura general de la cinta, todo eso es el Expresionismo. Esta cinta es un clásico de clásicos, ayudó a construir el imaginario del terror de todo el siglo posterior. El zombi, el vampiro, vienen muy bien del sonámbulo de Weine. Y la imagen de Caligari. Imagínate: en 1920 Viena era la ciudad más conservadora de Europa. En ella se gestaban las nuevas teorías de Freud, la corriente atonal de Schoenberg, novedosas teorías de la psiquis humana. En general, en 1920, la ciencia entraba a una etapa de madurez, de inmenso prestigio, en particular la medicina. Y Weine inserta en la imagen de un doctor la locura del asesino, como si quisiera decirnos que debajo de una bata blanca se esconde el demonio. ¿Fuerte no? Imagina lo que fue en su momento. ¿Alguna vez viste El joven manos de tijera, el cine de Tim Burton? Ahora mira la cinta de Weine. ¿Ya lo ves?

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Su voz me tiene mesmerizado. La interpretación de Zorn es impecable. Siento nostalgia, no quiero que esto termine. Pero todo tiene que terminar y Zorn despliega el último de sus acordes, las pipas inmensas escupen el último bocado de música. La gente aplaude. Se encienden las luces. Estamos hasta el último asiento. Puedo verlo todo: el Auditorio está casi lleno y una maravillosa paz me inunda. Siento como si estuviera en la cima de una inmensa montaña. Miro a mí alrededor e intento exprimir el significado de lo que veo: los seres humanos constituyen una especie extraña, de cerca son feos y apestan, de lejos parecen insignificantes. Para estar tranquilos necesitan espacio, más que tiempo. Puedo verlos desde mi asiento, salen del recinto como hormiguitas, casi no hacen ruido. Algunos se acercan hasta el hombre que da las gracias al pie del escenario. Me concentro en ese hombre. Botitas, pantalones militares, playera negra de Inferno y una sudadera negra. Es el hombre, pero se ve igual de diminuto que los demás. Es John Zorn. ¿Qué le diría si lo tuviera enfrente? Diría:

Mr. Zorn, I just wanna thank you for everything, for every note, every record, yours and those of your comunity. I wanna thank you for your passion, your language. When you speak, I understand. I respond to your call. Your music helped me realize the dimensions of my own being. I know myself better because of your work, and therefore I now can give more to others. I heard you once said that public it is not part of your comunity. At first I didn’t knew what to think about that. Why can’t Zorn be my friend? I want him to be my friend, I thought. Now, from this peak, I get it. Public can’t be part of the comunity because public is made of opinion, and opinion has nothing to do with love. Love is always a detachment. We love the music as it is: ehpemeral. And now that your time in our city is over, I renounce to the necesity of seeing you. I let you go and I keep the music, the love for music, the passion for music: pure music, raw music. And in this love, pure music love, we are friends, we are true brothers, a bond beyond flesh and space, a bond in time. And I say thank you and I send you love.  

Eso diría si tuviera el hombre enfrente, pero no lo tengo, entonces ¿para qué? Me pongo de pie y desciendo del techo del mundo. Tomo a Claudia de la mano y salimos juntos hacia la calle. ¿Tomamos el metro? ¿Un taxi?

—¿Te acuerdas cuando fuimos a ver a Klezmerson? –me dijo ella de repente.

—Sí me acuerdo.

—Te tuve que empujar para que pidieras el autógrafo de la banda. No podías ir solo, tenías miedo.

Abrazo a Claudia y caminamos hacia el metro, de regreso al hotel. No pienso ya en nada y ella tampoco piensa en nada. Casi llueve; el invierno en la Ciudad de México. Así fue el Festival Bestia. Así lo viví yo.

 

Editor Yaconic

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