Por Eduardo Medina / @lalitro211

Gabriel Orozco compuso la Mátrix Móvil para la inauguración de la Biblioteca Vasconcelos por allá de 2007. Según las noticias, el esqueleto de la ballena procede de una reserva de nombre El Vizcaíno, en Baja California Sur, y las líneas que podemos ver trazadas a lo largo de toda la osamenta fueron hechas con grafito para “dinamizar a la máquina”, “resaltar sus ritmos”. En efecto, la escultura es una música ósea. Debajo de ella pudimos apreciar el concierto inaugural de la tercera edición del Festival Bestia.

Bestia es una apuesta por el arte razorblade, el avant-garde. Un espacio que se abre en nuestra ciudad cada año para presentar artistas que salen de la ortodoxia; piezas que difícilmente llegarían a otros recintos, y una auténtica bocanada de oxígeno para un público que, pese a la altísima oferta cultural de nuestra ciudad, pocas veces encuentra cabida a sus pulsiones. Su primera edición fue en 2013 y se celebró con una curación notable. Como acto inaugural presentó a las bandas mexicanas Annapura y Monogatari en el Museo Universitario del Chopo. Y como acto principal, el número culminante de la gira Moonchild de John Zorn: su Templars: In Sacred Blood, en cuya alineación se encuentran John Medeski, Mike Patton, Trevor Dunn y Joey Baron. Esta presentación fue en el Museo Diego Rivera-Anahuacalli. Además, contó con un nutrido ciclo de cine curado por Zorn y una serie de exposiciones de arte gráfico.

La segunda edición fue en 2014 y sus recintos fueron el Teatro de la Ciudad, el Museo Universitario, la Biblioteca Vasconcelos, el Centro Cultural Indianilla, el Cine Tonalá, la Cineteca y el C.C.U. Ésta, su tercera edición, fue, me parece, la más corta —sólo tres días—, pero la más potente en términos de su curación. John Zorn fue el encargado de curar a la Bestia para este nuestro año 2015, que ya casi llega a su fin. Los curiosos pueden checar todos los detalles de las pasadas ediciones en la página oficial.

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No pensé que fuera a llegar tanta gente. Son las cinco y media de la tarde cuando entro a la biblioteca y ya hay gente apelotonada alrededor de los músicos. Algunos idiotas se dedican a aplaudir a los retazos de canciones que el trío de Dora Juárez Kiczkovsky calienta en su soundcheck. La músico da las gracias pero aclara que es sólo un ensayo, y que el mero concierto empieza a las siete de la noche. Algunos, ante la noticia, se ponen de pie y se marchan. ¡Mejor! Pienso. Y tomo un asiento más o menos decente en la tercera fila. Mientras los músicos ensayan yo contemplo la Mátrix Móvil que pende por encima de nuestras cabezas y sus ritmos óseos. Se parecen a las marcas que deja la marea en la arena. ¿Será que la arena es el esqueleto del mar? Hago algunas anotaciones sin chiste en mi libretita y pienso en las pasadas ediciones del festival. Estoy emocionado por la oportunidad de ver a John Zorn. No es ésta la ocasión, es mañana, en el segundo día, pero aún así siento cerca su presencia. Siento un disturbio en la fuerza. El día de hoy, además de Dora Juárez se presentará Ernesto Martínez y su proyecto Micro-Ritmia. Será portentoso, brillante y revelador. Lo sé. A las seis con cincuenta minutos las luces se apagan y sólo brillan en el recinto las luces azules que le han dado el concepto visual a la edición presente del Bestia. Me siento colmado, rebosante. Como debe de ser, el concierto inicia puntual. El trío de Dora Juárez está compuesto por Fernando Vigueras en la guitarra y la percusión vocal, Juan Pablo Villa en la percusión y los guturales, y la misma Dora Juárez en la voz, los timbres y electrónicos.

No sé cuál sea de cierto el nombre de la cajita que graba y repite en loops la voz de Dora, pero yo le digo sintetizador de voz. Mike Patton lo usa con maestría. La gente que está a mí alrededor, ante el sonido increíble de la voz de Dora, y el uso impresionante que le da a la cajita, queda muda, quieta. De pronto todos se guardan las bolsitas de cacahuates y tienen el ciento por ciento de su atención en los músicos. A medio concierto reconozco el repertorio: se trata de Cantos para una diáspora, álbum que Dora Juárez grabara para Tzadik en 2013, en la Radical Jeweish Culture Series.

—El repertorio que van a escuchar el día de hoy es música sefardita. Los sefarditas eran los judíos hispano portugueses que vivieron en la región de Sefarad aproximadamente quince siglos hasta que fueron expulsados por los reyes católicos.

Cabía la aclaración histórica. Pero yo no me fijo en eso, yo me fijo en el uso tan extraño del español que Dora Juárez emplea en sus interpretaciones. Cantos para una diáspora reúne canciones tradicionales sefarditas que han sido rescatadas desde distintas fuentes: Romancero Gitano una de las más evidentes. Pues, el elemento de preservación en el trabajo de Kiczkovsky es notorio. ¿Pero qué forma del español es esa? No es como nuestro español actual, sin alma, sino un español extraño, arcaico. Se pronuncia el vos, pero no el vos que conocemos que es vos y tú, ni el vos mayestático, es un vos extrañísimo: ¿“Vos he visto llegar”, dice Dora, de repente? En este español no se dice muchachos, sino mancebos. La jota no ha sustituido a la equis: un aljibe dexamos en el patio y en el huerto un manzano.

Año de mil cuatrocientos noventa y dos, en la cibdad de Toledo, la postrera noche antes de que amanezca el día. Quebrádose ha un espejo. Dexan los judíos las sus casas e cortijos, vánse por todos los rumbos como espigas que vola el viento.

Pues se trata del judeo-español, el español sefardita, el que se fue de Toledo expulsado por los reyes católicos hacia el Cairo, hacia Estambul, a Salónica. El español que aprendió Colón y el que tomó a Granada. Es el Español del Gran Capitán y el de Fernando de Rojas; el español en que se dieron su amor Calixto y Melibea.

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Lo comprendo ahora, pero me siento abrumado por el peso de mi ignorancia. Si no fuera por Fernando Vallejo no habría tenido ninguna respuesta para mi pregunta, y la lectura que estoy haciendo del concierto de Dora Juárez Kiczkovsky habríase visto empobrecida. Cierro el libro. Continúo con mi artículo.

La música de Kiczkovsky se eleva por entre los rayos azules de la luz. El recinto vibra con su voz y sus panderos. ¡Gitanos! Alguien dice detrás de mí y todos aplauden al unísono. Nueve de las diez canciones que componen Cantos para una diáspora cantó ese día para nosotros el trío de Kiczkovsky. Fue una delicia. Todo mundo está feliz. De repente, alguien detrás de mí pregunta de dónde vendrá el apellido de nuestra paisana. ¿Por qué no tiene un apellido normal? Pues según tengo entendido, Dora Juárez nació en Israel y su linaje alcanza Europa del Este, España y Argentina. Con este trabajo ella explora su propia identidad judía y dibuja una línea que empieza con su voz y termina en Fernando de Rojas y el español de los judíos en España. De tal forma que el concierto al que asistimos funciona como un acto de conocimiento. Asistimos, más que a una presentación, a una lectura de la cultura judía en nuestro país y en nuestro idioma. Así que la Radical Jeweish Culture haciendo de las suyas en México, en la Biblioteca Vasconcelos. Aplaudo yo también. Tomo algunas fotos antes de que los músicos se despidan y todo vuelve al silencio y la oscuridad azul.

(Hay ACÁ, para el iniciado, una entrevista a nuestra vocalista y cineasta, muy interesante.)

El staff del festival instala a una velocidad inaudita los instrumentos micro-rítmicos. Las personitas se mueven de acá para allá con cables y cajas innombrables mientras el público, nosotros, esperamos en silencio, amables. Al fin sale Ernesto Martínez y la gente aplaude tremendamente. ¿Por qué aplauden?, me pregunto. ¿Apoco sí de veras conocen ya a Ernesto Martínez? ¿Apoco sí ya saben de qué va Micro-Ritmia? Si éste fuera un país decente, deberíamos. Pero no lo creo. La primera vez que escuché sobre Ernesto Martínez fue en el catálogo de Tzadik, en la composer series. Hurgando ahí entre las curiosidades me encontré con dos de sus discos, los únicos hasta el momento en la disquera del Zorn: Mutaciones, del 2004, seis piezas hermosas para marimba piano y su guitarra compuesta. Y Sincronario, del 2012, que son ocho piezas de una música maquinal, maquinaria, pero dinámica; es decir el pulso del reloj, el latido y la vitalidad del engrane. Nunca jamás en mi vida había escuchado algo similar. Leí en la reseñita del catálogo que Ernesto Martínez tiene una relación musical cercana con Conlon Nancarrow. Si este fuera un país decente todos deberíamos saber quién es Nancarrow. Pero no lo es y no lo hacemos, ni yo. Así que me metí a la herramienta musical más infame que haya creado el hombre (infame por magnífica): Spotify. Y ahí me encontré con dos materiales de Martínez: Micro-Ritmia (1997) e Interfase, de 2015. Primera y última grabaciones del ensamble, ambas publicadas de forma independiente. Así que ahí lo conocí y cuando sale a tocar con todo el ensamble microrítmico quedo atónito. Extrañas sombras surcan la periferia del recinto haciendo sonar, tronar, unas maderas. ¡Ptaz! ¡Ptaz! Se oye en un ir y venir, en un código binario que me recuerda el sonido que producían los primeros instrumentos robots. ¿Qué es eso? Todos giran la cabeza para entender. Es la primera pieza del ensamble.

—Las piezas que van a escuchar ahora pertenecen todas a Sincronario. Disco que grabé en 2012 en Tzadik. Esta música es un intento por recuperar el terreno que tienen ganado las máquinas. Queremos ingresar a los terrenos de la hipervelocidad, de la sincronía propia de los códigos computarizados, pero con un ensamble de músicos humanos. Este trabajo no puede lograrse sino con mucho esfuerzo, mucho ensayo y con un trabajo colectivo.

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¿Por qué los músicos tienen que explicar su música antes de tocarla? Porque saben que sin ninguna explicación el golpe iba a ser, quizá, demasiado fuerte para nosotros. Somos un país de iletrados musicales, de neófitos musicales, y nuestro propio talento tiene que venir disfrazado con un “Gran Festival”, con el apapacho de Zorn, para que volteemos a verlo. Y encima nos explican lo que hacen. ¡Qué vergüenza para nosotros! ¡Qué magnanimidad la de ellos! Si yo hubiera sido el músico le habría escupido al público y no hubiera tocado ni una sola nota; una música de la crueldad, tipo Artaud. ¿Pero qué digo? El ensamble interpreta piezas a dos bajos y una guitarra; a doce manos sobre una marimba y percusiones, y a cuatro manos sobre el hiperión: el famoso instrumento que Martínez creó fusionando la guitarra con el piano, y que es el motivo de la portada de Sincronario. Ernesto Martínez, además de compositor (de la misma generación que Zorn) es un máster de másteres en el arte de la laudería y la intervención de instrumentos. Creo que el concierto de Martínez es uno de los ratos más emocionantes de toda mi vida. Muchos años me dolí por no haber asistido jamás a una ceremonia musical de Jorge Reyes. Bueno, ahora puedo sentirme orgulloso de asistir al interior de la máquina musical de Martínez.

Cuando el concierto termina me acerco a la salida de la biblioteca y ahí me encuentro con unos amigos.

—¡Güey, acabo de ver a John Zorn, estaba aquí!

—¿Neta?

—Simón, es como de tu altura. Venía con sus pantalones camouflage de siempre, una playera de Inferno y una sudadera negra. Estaba aquí en primera fila y cuando el concierto acabó, en chinga se puso el gorro y se abrió. Me pasó por aquí bien cerquita.

—¿A qué olía?

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Al salir de la Biblioteca me acerco a comprar uno de los discos que el propio Ernesto lleva para vender. Creo que es su mujer, o será algún familiar de él, quién lleva en una maleta roja los compactos: el Mutaciones y el Sincronario, además de unas playeras. Compro el Sincronario. Me cuesta 200 pesos. Intento convencer a mis amigos de cooperarnos y comprar Mutaciones, pero no tengo éxito. Ni modo. Perdón. Caminamos hacia la estación del tren suburbano y en sus puertas me despido de los míos. Me guardo el compacto en la bolsa de la chamarra y tomo el Metrobus hacia la Glorieta de Insurgentes. En la calle Puebla está mi hotel. Me toca asiento. En el camino pienso en lo que había leído de Ernesto Martínez en la red. Que el curioso vaya y haga su propia búsqueda, para mis lectores, para mí, dejaré traducido el texto introductorio de Arcana II que habla sobre Martínez.

Dos músicos se sientan frente a sus instrumentos, “se conectan” y reciben en sus auriculares una serie de beats y ritmos. Es un código sonoro, un reloj auditivo que han aprendido a obedecer con precisión. Como “máquinas humanas” estos dos músicos están engranados, forman un sistema preciso que es básicamente dual: cada uno toca un instrumento similar al del otro, produciendo sonidos distintos que terminan fusionados en uno solo, forman una sola anatomía. Ellos mismos forman el eslabón último de la cadena, como si fueran elementos periféricos que se comunican con el mundo exterior a través de sus composiciones e improvisaciones. Tienen en sus manos una herramienta muy poderosa que les permite control total en la ejecución de veinte –o más– ‘eventos’ por segundo […] Los dos músicos forman lo que podríamos llamar una “unidad hiperanatómica”, formando el término de “música hiperhumana”. Hasta hace poco las texturas que ellos producen eran dominio exclusivo de las computadoras, de hecho, esta música es un terreno recuperado a la cibernética, traído de vuelta al terreno tradicional de los músculos, acordes, silbatos, membranas tensas y músicos que se desempeñan en vivo.

Mientras llego al hotel y me registro, pienso en la escultura de Orozco, la Mátrix Móvil, y recuerdo lo que leí sobre Martínez y creo que su música es una música de la Mátrix, que desmecaniza la realidad, la desnuda de su virtualidad y la vuelve hiperreal; una realidad hiperhumana.

 

 

 

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