Por Nazul Aramayo / @erosdiler

Ilustración: Iurhi Peña / @Iurhi

Tu nombre quiere decir “soy el diablo”, dijo Leslie Vanessa al entrar a la casa junto con su hijo Dylan. “El diablo”, repitió mientras yo cortaba una cebolla para cocinar arroz frito. Se acercó a mí y me apretó una nalga, me dio un beso en la nuca y acarició mi espalda desnuda. Dylan entró a su cuarto a quitarse el uniforme de la primaria cristiana para también andar en puros calzones, calcetines y huaraches.

Me lo dijo un brujo, insistió Leslie Vanessa. También me dijo que hay una hembra que te tiene amarrado. Una vieja loca que te está embrujando. Continué cortando, ahora una zanahoria. Mi novia, la mujer con quien he vivido desde que Dylan tenía un año, dejó su maletín en el estudio. Así le llamábamos a la mesa de plástico de la Coca-Cola en la que arrumbábamos los libros, cuadernos y computadora. Luego se descalzó, se quitó los jeans y se puso un short.

Pregunté por el brujo y por la hembra en cuestión y, por supuesto, por el origen de mi nombre. En mi infancia, mi mamá, una catequista, me explicó que eligió ese nombre porque venía en la Biblia. Mi papá argumentó que sonaba bien con su apellido.

Me dijo que eras un niño tímido, que tus papás te reprimían mucho, que no podías hacer o decir lo que sentías, que tuviste amigos imaginarios, que te guardabas las cosas hasta luego explotar, que todo eso que mantenías dentro te provocaba enfermedades, pero que eras especial, que tu nombre era sinónimo de Lucifer y que también eras un ángel.

Leslie, la interrumpí, cualquiera puede ver el pasado. Ver lo que ya no existe es lo más fácil. Pero, ¿y la güera que te está sonsacando qué?

Antes de que me pudiera reír, Dylan preguntó a su mamá si era cierto que los dinosaurios eran un invento del diablo. ¿Por qué dices eso?, preguntamos ella y yo al mismo tiempo.

Mi papá dijo que los dinosaurios no existieron, que no los hizo Dios, son un engaño del diablo. Dylan terminó y soltó una risita nerviosa. Se agarró sus manillas, sucias, en las que sujetaba un superhéroe de plástico despintado y un dinosaurio.

Leslie se llevó a Dylan al cuarto con un abrazo y una breve explicación de prehistoria que desafiaba las creencias cristianas de Tony, el padre de su hijo. Si él no pagara el colegio, me dijo cuando Tony volvió a interesarse por el pequeño que había engendrado con Leslie Vanessa en la universidad, yo lo tendría en una escuela pública o en una que no fuera religiosa.

dinosaurio iurhi peña

Agregué la zanahoria, apio, ajo y un huevo al sartén con la cebolla. Vertí más aceite y especias. Esperé a que se sofrieran los ingredientes. Al poco tiempo, el aroma a comino y soya, algo parecido al sudor amargo de algunas niñas, inundó el departamento de una ventana y me provocó una erección.

Leslie salió del cuarto gritando, hijo del diablo, no creerás lo que me dijeron las runas. Pensé que las ibas a dejar, respondí. No puedo, se me vuelven a aparecer, tengo que hacer un ritual celta para poder abandonarlas. El aceite me salpicó en el pecho lampiño y tatuado cuando vertí al sartén el arroz cocido que saqué del refri.

Me voy a embarazar. Se quedó callada y mirándome como si descifrara el mensaje que las figuras ancestrales formaban en mi miembro erecto bajo el algodón azul. No mames, respondí. No mames, Leslie Vanessa, no te puedo coger si las runas dicen que vamos a tener un hijo. Pero no es definitivo, argumentó, es una sugerencia, solo tienes que ir por condones. Pero me caga usar condón, interrumpí. Y no importa si uso condón, las runas ya dijeron que te voy a encajar un morrito en el vientre. Me alejé de la estufa. Sabía que las runas y las cartas de tarot habían llevado a Leslie Vanessa a la ciudad colonial donde ahora vivíamos gracias a la beca de su maestría.

Escuchamos un golpe en la ventana y se apagaron el cirio y las velas pequeñas junto al sillón. Dylan atravesó la sala corriendo. Abrió la puerta. No había nadie. Se agachó y señaló algo en el suelo.

Era una bolsa de plástico rellena de vísceras, huesos, plumas y cenizas.

¡No lo toques!, gritó Leslie Vanessa. Corrió y jaló a Dylan, que dejó caer su superhéroe y dinosaurio junto a la bolsa. ¿Qué es eso, mamá? ¿Qué es? ¡Mamá! ¡Mamá!

Me limpié el sudor de la frente con una servilleta, mezclé el arroz con los demás ingredientes y vertí más salsa de soya. Le bajé a la flama y apagué la otra que cocía pechuga de pollo con pimientos y aceite de oliva.

Dylan prendió la tele. Leslie volteó. ¿Qué, mamá, por qué me ves así? Tenemos que irnos, dijo y cerró la puerta. ¡Mis juguetes, mamá, no le cierres! El niño se acercó a la puerta pero Leslie lo agarró de la muñeca y lo arrastró hasta su cuarto, luego volvió por mí y repitió: tenemos que irnos, y dijo mi nombre y agarró mi muñeca clavando sus uñas en mi piel. ¿Pero desde cuándo traes un San Benito? Me miró a los ojos. Dime, y pronunció mi nombre como si de verdad fuera una invocación satánica, dime desde cuándo traes un San Benito y quién te lo dio. Intentó arrancarme la pulsera roja, pero retiré mi brazo y tiré la cuchara con la que mezclaba el arroz.

¡Dime! Pateó la cuchara de plástico y una estela de arroz se esparció sobre el piso. ¿Estás bien, mamá?, preguntó Dylan en el umbral de la puerta de su cuarto; sujetaba otro dinosaurio entre sus manos. Se rasco los testículos cubiertos del calzoncillo de superhéroe y se metió. Leslie Vanessa clavó sus ojos miel en mí como si intentara rascar el pozo profundo de mis infidelidades hasta encontrar a la hija de la bruja del mercado con quien me veía después de las sesiones de lectura de manos, cartas y amarres.

Eres el diablo… ¡te coges a la hija de Mónica! Estoy segura que ella me quiere hacer daño con esa bolsa y que te regaló esa pulsera de San Benito para que no te pasara nada y que de seguro ya te dio de beber agua de calzón y ya trenzó sus cabellos en los pelos de tus huevitos.

Leslie Vanessa continuó su discurso sin acordarse de cuando la acompañaba al mercado para que Mónica le despachara su limpia y lectura de cartas. En la espera, junto al puesto de yerbas medicinales y esotéricas, me tomaba un café y platicaba con Astrid, la hija de Mónica, que lucía un tatuaje de una Santa Muerte en el brazo derecho cuando usaba blusas de tirantes.

No te hará daño, le dije y recogí la cuchara. Me juró que no te haría daño. Tú no entiendes, dijo y espetó mi nombre al mismo tiempo que la vena marcada en su frente desaparecía. Nos tendremos… Dylan y yo nos tenemos que ir, tú no sabes los portales que se han abierto. Y Leslie Vanessa fue al cuarto por su hijo. Escuché el llanto tras la puerta de triplay. Y los intentos de consuelo de Dylan.

Allá en nuestra tierra, en el sureste de Coahuila, los niños salían a cazar dinosaurios; a buscar huesos y ammonites, pues. El pasado es una herida expuesta, cualquiera puede descifrarla, quise decirle a Dylan, cuando apagué la flama y el olor a comino y otras especias viajaron por los rincones de nuestro departamento. No se necesita mucho talento para reconocer lo que ya había dejado de existir. Sin embargo, nos apendejamos.


Nazul Aramayo es autor del volumen de cuentos La Monalilia y sus estrellas colombianas (FETA, 2017) y de la novela Eros díler (Jus, 2012).

Editor Yaconic

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