Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Son casi las 10 de la mañana y nosotros seguimos aquí, en el interior de este Volkswagen del siglo pasado, bebiendo y drogándonos. Estamos borrachos pero lúcidos. No importan las 24 horas sin dormir, ni las siete botellas de ron. Mientras tengamos cocaína todo está bien.

Es domingo y el sol comienza a calentar con fuerza este lado del planeta. La gente que a esa hora va por su desayuno o lleva a sus hijos al futbol nos observa como a perros sarnosos antes de apresurar el paso y cruzarse la calle. Apenas se atreven a mirarnos, pero en sus ojos hay una mezcla de temor y reproche. Somos un escupitajo en la cara de sus mediocres vidas perfectas. Si supieran que su opinión nos importa un carajo. Que lo único que nos interesa realmente es continuar drogándonos. Si es eternamente, mejor. Y esto es difícil de explicar pues ya no nos divertimos; ya no obtenemos placer. Solo permanecemos como autómatas, empeñados en destruirnos las fosas nasales, el hígado, los pulmones, el cerebro. Acatando puntualmente la orden de autodestrucción que acaso algunas personas llevamos grabada en nuestro código génetico.

Es una idea perturbadora, lo sé. Necesito dejar de pensar en esto o voy a estrellar mi cabeza contra los cristales del auto. Así que le pido a Mario que prepare otras líneas. Sobre la vieja tarjeta de circulación dispone seis rayas de buen tamaño y cada uno nos chingamos dos. De momento todo vuelve a la normalidad. La música se escucha como ruido de fondo y platicamos tratando de aflojar la tensión de las quijadas. De drogas, sobre todo. No sé qué suena. Podría ser Shakira o Mastodon. O podríamos estar escuchando a la Virgen María teniendo un orgasmo y daría lo mismo. Nuestra vida gira alrededor de la droga. Y Dios bien sabe que mientras la tengamos el mundo se puede caer a pedazos.

Drugs (detalle), de Robert Crumb.

Una hora después el ron y la coca se han terminado. Y hay que conseguir más. Siempre hay que conseguir más. Así hasta el infinito. Hastiado, como cansado de esta búsqueda eterna y sin sentido, Felipe enciende el auto y conduce lentamente hasta la casa de Mel-Higo, un posible conecte. Al tercer chiflido aparece en la puerta un fulano con un toque en los labios. Se me figura una rata enferma de Sida. Anda tan pacheco que apenas puede hablar. Con dificultad nos explica que anoche vendió toda la coca pero tiene un buen guato de mota. Sácalo, le dice Mario. Obediente, la rata sidosa va por la mariguana y con una rapidez que contrasta sorprendentemente con la torpeza de sus palabras, forja dos rechonchos cigarros.

Lo encienden ahí mismo y lo fuman con deleite. Cuando me ofrecen, lo rechazo con suavidad. ¿No te late?, me pregunta Mel con esa voz pectoral que hacen todos los mariguanos al aguantar el humo. No, le respondo secamente. Cuando el cigarro se reduce a un cabo inverosímilmente pequeño que Mario sujeta con dos monedas mientras lo succiona con desesperación, Felipe baja del auto tambaleándose y vomita con dolor y rabia sobre un hermoso prado. Al terminar se tumba, pálido y exhausto, al lado de su guacareada. Con dificultad lo subimos de nuevo y lo tendemos en el asiento trasero con su cabeza recostada en las rodillas de Mel-Higo. ¡Necesito un perico!, grita antes de sumergirse en la inconsciencia.

Quizá sea tiempo de parar, pienso, pero no digo nada. Mario, que se ha pasado al asiento del conductor, maneja hasta una tienda en la que compra cerveza. Resignado, destapo una botella y bebo el líquido amargo. Después de tres tragos una gran pesadez me invade. El alcohol y el cansancio por fin me vencen y me quedo dormido. Apenas cierro los ojos y ya estoy soñando: soy un niño a punto de salir a la escuela pero no logró encontrar mis zapatos. Mi madre, enfurecida, la emprende contra mí a coscorrones. Me insulta y me echa descalzo a la calle. Afuera, los niños me señalan burlones y a cada paso mis pies se van congelando hasta quedar convertidos en dos bloques de hielo. Cuando la angustia es insoportable, despierto.

Estamos en la cima de una pequeña colina. La última casa de esta calle está como a unos 100 metros de distancia y desde aquí puedo ver los autos que circulan abajo, por la autopista. Me apeo del auto y me acuesto en el pasto, a la sombra de un gran árbol. Entre sus ramas miro un cielo insólitamente azul con un sol triste, amarillo y tieso. ¿Existirá Dios?, me pregunto.

Como no hay manera de saberlo trato de encontrarlo en el fondo de esta botella de cerveza pero ahí no hay nada; solo un deseo irrefrenable de más cocaína. Mario, quien ha comenzado a desesperarse, está de acuerdo conmigo: hay que conseguir más. Y Mel sabe dónde. Con exactitud casi científica nos guía a través de avenidas, calles y callejones, hasta un taller mecánico en una colonia de mala muerte. Todo el lugar —pisos, paredes, los rines que sirven de asiento— está lleno de aceite y suciedad. Frente a un televisor, pequeño y cochambroso, varios tipos ven un partido de futbol. Son chaparros, gordos y canallas. Entre ellos comentan o recriminan las acciones que se suceden en la pantalla mientras beben pulque y mezcal en vasos de plástico.

El que parece ser el dueño nos hace pasar a un cuartucho húmedo y asfixiante y ahí realizamos la compra. De inmediato, Mario desdobla uno de los papeles y sobre una credencial forma seis largas líneas. Aspiro dos y una sensación de bienestar inunda mi cuerpo. Desgraciadamente, solo dura unos segundos y repito la dosis. Ahora necesito un trago.

Le doy un billete a uno de los que veían el futbol —que ya ha terminado—  y velozmente  regresa con una botella de ron y refrescos. Preparo una cuba y la bebo de un solo trago. Uno de los mecánicos pone un disco de la Sonora Santanera y las guapachosas notas musicales flotan a mi lado. Mario parece contento, Felipe continúa durmiendo en el auto y Mel sigue en ese estado semi catatónico del que únicamente sale para tratar asuntos de drogas. Los mecánicos fuman misteriosas mezclas de yerbas, beben pulque y bailan ridículamente entre ellos agarrándose las nalgas.

Bebo otra cuba, esta vez pausadamente, e inhalo dos rayas más. Ni pensar siquiera en dormir ahora. Soy un zombi pálido y macilento. Me siento hueco, como un muñeco de plástico. Como si hubiera sido víctima de un ladrón de órganos que vació mi cuerpo y lo rellenó de aserrín. Sin embargo, y esto me jode verdaderamente, algunas dudas comienzan a danzar en mi cerebro. ¿Qué haré mañana? ¿Seguiré bebiendo hasta reventar o conseguiré un empleo y llevaré una vida normal? ¿Será eso lo correcto? ¿Será mejor que esto?

Por lo pronto no hay más futuro ni más verdad que este taller mugriento y esta música tropical que nos pone a bailar involuntariamente. Entonces, justo a la mitad de una bella cumbia que me hace sentir inexplicablemente nostálgico, un hombre alto, de bigote, sombrero y botas norteñas, se une a la reunión. Con él vienen tres mujeres espectrales que parecen vampiros deshaciéndose a la luz del sol. El hombretón palmea la espalda del dueño confianzudamente y lo empuja hacia el cuarto pequeño. Cuando salen está eufórico y grita estentóreamente al tiempo que señala a sus acompañantes: “¡Como vi que este pedo estaba muy masculino, les traje estos regalitos, cabrones!” Los mecánicos aúllan y las invitan a bailar.

Mario me pasa un vaso de pulque y brindamos sentados en un rin. Mel tiene una sonrisa estúpida colgándole de los labios. Sus ojos están perdidos e idiotas como los de una gallina degollada. Su rostro  —perfecta expresión del vacío— me hace enfurecer y lo derribo de un golpe en la quijada. Desde el suelo, Mel me mira y por unos instantes su rostro parece cobrar vida iluminado por una sonrisa infantil. Parece un ángel mongólico, triste e inocente. Un poco arrepentido de haberlo golpeado, lo tomo del brazo y lo levanto. Sin preguntas ni reproches saca otro toque y lo enciende pues el que tenía entre los dedos cayó en un charco de aceite. Después, con el dorso de la mano se limpia el hilillo de sangre que le escurre de la boca y se sienta. Cuando regresa a mi lado ya se ha ido de nuevo.

Ahora la televisión da un resumen de la jornada futbolera. El cielo ha comenzado a pardear y los mecánicos se instalan nuevamente frente al aparato. He perdido la noción del tiempo, no sé cuantas horas llevamos aquí, pero Felipe ya se ha incorporado de nuevo al desmadre y exige cocaína. Llevamos al dueño otra vez al cuarto y después de pagar, esnifamos. Cuando salimos, una de las invitadas: mujer menuda, enjuta y negra como una perra vieja, se acerca y se sienta a mi lado. “¿Me das?”, me pregunta. Le extiendo el vaso (¿tequila? ¿mezcal?) que llevo en mi mano y ella bebe mirándome a los ojos queriendo parecer seductora. Aquello es innecesario y ridículo. Tal vez trata de adornar el momento pero no hay belleza posible en un muladar así. Entre gente como nosotros. Yo soy un borracho drogadicto y ella una pobre teporocha, envuelta en un sarape apestoso a orines, que le da las nalgas a cualquiera por un trago y algo de droga. Es mejor para todos no olvidarlo nunca.

De cualquier forma, después de apurar por completo el contenido del vaso me toma de la mano y me arrastra al baño. Yo me dejo conducir como un cerdo al matadero. La mujer cierra con pasador la puerta y me baja el pantalón y los calzones antes de pegarse como lapa a mi rostro al tiempo que va quitándose la ropa hasta quedar totalmente desnuda, con excepción de unos humildes huaraches.

Por instinto la estrecho y me restriego contra su cuerpo. Es una sensación extraña y sumamente desagradable: su carne correosa, el sabor a salitre de su boca y sus manos huesudas aferrando mis nalgas. Quisiera salir corriendo de ahí pero es demasiado tarde. Con un movimiento repentino se voltea y me ofrece su escuálido culo. Cuidadosamente le acomodo la verga y la jodo con violencia. Sin deseo ni repulsión, únicamente con violencia. Durante algunos minutos la embisto incesantemente y aunque sé que esto podría durar mucho más, la pestilencia del baño me persuade de terminar ya. Entonces se la empujo con mayor intensidad para precipitar mi venida. Cuando estoy a punto de eyacular, saco mi pene y le descargo cuatro chorros de esperma en las nalgas y en la parte posterior de los muslos. La mujer se limpia el semen con el rebozo, se viste y sale sin mirarme.

Apenas me quedo solo me doblo sobre el excusado y vomito hasta que un dolor sordo me atenaza el estómago y la garganta. Me duele tanto que creo que voy a morir ahí, tirado al lado de ese nauseabundo retrete cubierto de sarro. Después de un tiempo indeterminado el dolor se va. Cuando regreso al patio la noche ha caído por completo y mis amigos, las mujeres y el norteño ya no están. Solo quedan el dueño y los mecánicos que me miran torvamente. El dueño, riéndose siniestro y amenazador, me invita a largarme. Ya se acabó la fiesta, cabrón. Mejor llégale ahorita que puedes.

Me siento mareado y cuando cierro los ojos decenas de lucecitas se encienden sobre mis párpados. Tambaléandome alcanzo la puerta y salgo a la calle. Estoy muy lejos de mi casa y en la distancia veo un destello metálico que brilla en la oscuridad. Tal vez sea un cuchillo o el ojo de un tuerto. Camino con lentitud. Las calles se alargan como chicle en la extensión infinita del tiempo y el espacio…

Editor Yaconic

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