Por Leonardo Tarifeño / @leotarif

Así como para un escritor de ficción no hay nada más importante que desarrollar su propia voz narrativa, para un periodista hay pocas cosas tan relevantes como demostrarle a sus lectores que, aunque crean saberlo todo acerca de las figuras y las historias en las que él se sumerge, están absolutamente equivocados. En una época que consagra el juicio exprés y público sobre asuntos que van de la alta política a los gustos de personas desconocidas, la combinación de sensibilidad, información y audacia que define el trabajo del buen reportero es más necesaria que nunca.

La doble tarea de investigar y contar una historia a partir de lo que se ha averiguado y vivido, constituye el corazón del compromiso del periodista con la verdad; narrar de una manera convincente, que obligue al lector a admitir que los intereses del Poder, la ceguera ideológica y la manipulación viralizada lo han convertido en un ignorante ilustrado, equivale a darle vida a ese corazón. El mayor obstáculo que enfrenta el periodismo actual no es la coraza desinformativa que niega los abusos y la corrupción inherentes al Poder, sino la soberbia frívola de una audiencia que solo atiende a quienes le dan la razón. Decir aquello que cierta gente quiere oír siempre fue un asunto de demagogos; quizá por eso mismo hoy es justo lo que todo periodista debería evitar.

reportero david remnick

La desarticulación de la magnífica imagen cultural que el lector tiene de sí mismo es, por lo menos, antipática. Por eso exige disimulo y buena prosa. Más aún cuando las historias con las que trabaja el periodista tienen como protagonistas, entre otros, a Bruce Springsteen, Al Gore, Tony Blair, Philip Roth, Vladimir Putin, Aleksandr Solzhenitsyn y Benjamin Netanyahu, todas figuras públicas sobre las que es mucho más sencillo opinar con la contundencia del caso que rasgar el velo detrás del cual las celebridades suelen ocultarse. En su notable Reportero, el periodista y editor David Remnick rasga ese velo una y otra vez, descubre los matices que convierte a cada uno de sus entrevistados en personalidades singularísimas y deja claro que el gran periodismo nunca es complaciente con nadie (lector incluido).

Corresponsal en Moscú en los tiempos de la caída del Muro de Berlín, autor de uno de los mejores libros jamás escritos sobre Muhammad Ali (Rey del mundo) y editor de la prestigiosa de The New Yorker, Remnick representa la elegancia y el sutil atrevimiento de una escuela de periodismo en la que la mirada personal y la aspiración a la objetividad son dos piezas complementarias del mismo rompecabezas. Para retratar al político que perdió la presidencia de Estados Unidos a pesar de haber sido el segundo candidato más votado en la historia de su país (Gore) o al primer ministro inglés formado en un mundo moral y religioso que mandó a su nación a una guerra basada en una mentira (Blair), el periodista busca todos los recursos a su alcance con tal de abarcar la extraordinaria diversidad de sueños, frustraciones, debilidades e incoherencias que construyen a esos héroes siempre a punto de perderse en el abismo. Su meta es elaborar una detallada cartografía de los méritos y defectos más representativos de sus personajes, sin cargar las tintas en ninguno en particular y con la mira especialmente puesta en la grieta clandestina que resquebraja la presunta solidez de una imagen pública cultivada con rigor durante años.

Si es verdad que no hay periodismo sin “intención”, como quería Ryszard Kapuściński, lo cierto es que en Reportero no hay ni rastros de la “intención” política de transformación social con la que soñaba el autor de El Sha. Lo curioso, o no tanto, es que hoy sabemos que el padre de la “intención” política del periodista faltaba a la verdad (Artur Domoslawski, biógrafo de Kapuściński, recuerda que éste plagió a otros escritores de su país y pasó por reportajes lo que en realidad eran obras de ficción), mientras que otros autores menos politizados, como Remnick, parecen demostrar con su trabajo que las aproximaciones periodísticas a la verdad resultan certeras, estimulantes y luminosas cuando dependen más de retratos multipolares como los suyos que del sensacionalismo ideologizado que reduce la diversidad humana a la escala de su “intención”. La demagogia en el periodismo incluye a los grandes fabuladores cuyo cinismo los llevó a declarar que “las malas personas no pueden ser buenos periodistas”; en Remnick, en cambio, la ética profesional no apunta en absoluto a la vida personal y privada del reportero, y fulmina toda pretensión de demagogia al forzar al periodista a situarse a la altura de lo que ve, y no de lo que quisiera ver.

Claro que, para ir más allá del lugar común, hay que ver mucho y desde distintos ángulos. Tal es quizá el mayor logro que se advierte en Reportero. Remnick va al encuentro de sus protagonistas con el corazón dispuesto a entender las razones de las luchas secretas que cada uno de ellos mantiene con el fantasma de sí mismo. A su manera, todos los personajes del libro se someten a una reinvención particular, de la que no siempre salen bien parados. “Antes era el próximo presidente de Estados Unidos”, dice Gore al presentarse en los eventos en los que habla sobre ecología, y Remnick acierta en subrayar que esa oportuna dosis de humor no sana la herida aun cuando ese mismo prototipo de loser se reconvierta en asesor de Google y miembro de la junta directiva de Apple. La amargura de un autor escandaloso como Philip Roth, quien todos los días ve en su estudio “un dibujo en el que aparece un crítico apuñalado y ensangrentado, con una pipa colgándole en los labios”, se complementa con la humillación de Blair ante dos niños impertinentes o la depresión de un Bruce Springsteen que se ve como un farsante, la cumbre rockera de la doble moral de quien le canta a los desposeídos mientras veranea en Capri. Ambos, como Katherine Graham (la propietaria del Washington Post en tiempos de Watergate) o el escritor ruso Alexander Solzhenitsin, encarnan el misterio de personalidades potentes, hechas a fuerza de confianza personal, que llegan a un momento de sus vidas en los que algo o alguien les hace ver que tal vez su camino no ha sido el más acertado, justo cuando ya no hay ninguna posibilidad de dar la vuelta atrás. Ante esa encrucijada los confronta Remnick, y mientras Roth cree encontrar su salida personal en el aislamiento creativo y el desdén a un mundo en el que “cada año mueren setenta lectores y sólo se sustituye a dos”, Springsteen prefiere asumir que un progresista —como él— nunca será un rebelde —como quisiera ser— y Solzhenitsin, quien alguna vez fuera el máximo ejemplo de autoridad moral de la cultura rusa en el exilio, ni siquiera advierte que envejece en un tiempo que reniega de todo tipo de autoridad moral.

La realidad es un espectáculo de lo inesperado, y el único privilegio que tiene el periodista es un asiento en primera fila. Remnick no es un espectador de lujo: sube al escenario, comparte historias y se deja asombrar, a sabiendas de que su sorpresa anticipa y moldea aquella que vivirá el lector. Una sorpresa que es doble porque surge de quien observa y se resiste a juzgar, acostumbrados como estamos la farsa de quien juzga porque no sabe observar.

Reportero, de David Remnick. Traducción de Efrén del Valle y Juan Manuel Ibeas. Debate, Ciudad de México, 2016, 367 págs.

Editor Yaconic

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