LA INDUSTRIALIZACIÓN DEL DOBLAJE EN MÉXICO

El Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de la UNAM presenta, desde el pasado 3 de mayo y hasta el próximo 10 de agosto, la investigación documental Dobles de la artista Leticia Obeid (Argentina, 1975), sobre los intersticios políticos y económicos del oficio del doblaje en México.

 

Curada por Muna Cann y Alejandra Labastida, Dobles explora la historia política y económica del doblaje en México, partiendo de una pregunta personal, casi a nivel del afecto, por la condición de aquellas voces que habitaron las caricaturas de la infancia de Leticia, quien realizó su investigación durante una residencia en la ciudad de México en 2001.

En Argentina, como en casi todos los países de Latinoamérica, los dibujos animados y las producciones audiovisuales que se programaban en los canales abiertos, eran, hasta hace poco, doblados en México. Los niños latinoamericanos crecían familiarizados con dos formas de hablar el español, dos acentos, dos vocabularios, dos tesituras.

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La experiencia de desdoblamiento visual y sonoro que produce reencontrar a los dueños corporales de aquellas voces abre, para la autora, todo un campo de especulación fenomenológica propias de la globalización: los embates de lo grande contra lo pequeño; las estrategias para sortear barreras culturales; la aparición de nuevos códigos de comunicación nacidos a la velocidad de los medios electrónicos; las resistencias más o menos explícitas a diversas formas de imperialismo; así como la colaboración, el mestizaje, las contaminaciones y cambios de forma que van afectando, irreversiblemente, el contenido.

“Meterse al mono”, es la expresión que usan los actores de doblaje para señalar el momento en que toman al personaje. Lo sienten y lo invaden por dentro. Lo “animan”. La expresión alude a dar vida a algo inanimado o a esa posibilidad de ocupar un cuerpo con una voz ajena. Obeid utiliza la entrevista como recurso para adentrarse al mundo de los grandes actores de doblaje mexicano en el que estos agentes, resistieron y burlaron el sistema de censura y control en el que estaban inmersos.

El doblaje mexicano tiene muchos ejemplos de un sutil trabajo de subversión del mensaje. Una sofisticación alcanzada gracias al creativo trabajo de adaptación de sus traductores y actores de voz que llegaron a darle un valor agregado a ciertas obras: el trabajo de Jorge Tata Arvizu en el “Super Agente 86” y en “Don Gato y su pandilla”, que logró rescatar una serie condenada al fracaso por medio de un talentoso trabajo actoral y el uso de acentos de diferentes lugares de México; la formidable creación de la voz de Homero Simpson que Humberto Vélez hizo en una muestra inigualable de adaptación cultural; el Speedy González de Arturo Mercado, etc.

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Su esplendor se fue perdiendo, en la opinión de sus mismos protagonistas, a medida que el trabajo se industrializó. Hoy el actor de doblaje es apenas un eslabón en una larga cadena de producción, el cual tiene que hacer su trabajo a una velocidad increíble, muchas veces sin ver el material terminado y en algunos casos —para evitar la piratería— se trabaja sobre imágenes parciales, literalmente cubiertas, donde sólo se ve la boca del protagonista.

El dibujo animado continúa reclamando aquella voz, y su primacía visual en la experiencia infantil hace casi imposible no responder a su reclamo.

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