Por Alfredo Padilla

Foto José Del Pinar

LARVAS

Que las moscas vayan a la mierda no quiere decir que tengan la razón… ¡nunca la tienen!, como escribiría Carlos Díaz, aquél pensador sedicioso, autor de ‘Las Teorías Anarquistas‘ (Zero, 1976). No todos tenemos que volar a la misma mierda, en el mismo instante; pero es así, nos gusta la excreción y nunca tendremos la razón en nada.

Las heces se componen por una serie de elementos que se han adherido a ella durante el proceso digestivo; grasas, microorganismos, fibras y restos de alimentos mezclados con escatol, lo que hace que apeste y atraiga a las moscas. La mierda a la que volamos se llama ‘Doña Pancha Fest‘ y su escatol es su Line-Up estercóreo; una biliosa caravana de bandas capaces de atraer a los moscardones más grandes, y a las larvas más asquerosas del reino de los dípteros.

El underground en Guadalajara es esa fase juvenil de los animales en pleno desarrollo; cresas, orugas, renacuajos y moscas reunidas todas en el mismo larvario, en Ocampo 120, justo en el Centro Histórico de Catolicópolis. Ahí, las lampreas tienen que mutar para convertirse en alados lerdillos bailadores al son de un ritmo escatológico. Ninfas y parásitos ávidos de progreso embrionario, la metamorfosis que sólo un festival tan sucio como el Doña Pancha Fest les puede otorgar.

Los festivales de música son eventos que aglutinan en directo a una gran cantidad de bandas del mismo género para su soso disfrute; en este caso, el ‘DPF‘ se coloca como el primer “anti-festival” de México; una completa extravagancia sonora. No es un ‘Ceremonia, ni un ‘Bahidorá‘, mucho menos un ‘Nrmal‘, y para el beneplácito de muchos, nada tiene que ver con el Vive Latino‘, ese circo de Ocesa en donde las bandas con chaperón se sienten genuinas. El DPF es más bien como la cutre ‘OTI’, aquel viejo “Festival de la Canción”, un certamen triste y decadente donde los artistas se pelean la inexistencia y el laurel por la memoria invisible.

Los creadores del DPF se reservan en el subterráneo, son pioneros exploradores disonantes, registradores de bandas marginales, de compases incesantes y ritmos subliminales, censores de los sonidos de la calle y las importaciones oscuras, la piratería, la energía artificial y de toda una mitología a reventar, porque sólo hay dos tipos de música: la grande y la no grande, como dice Kevin Pierce en ‘Cosas que empiezan por O’ (Heavenly Récords, 1993), conviene saber discernirlas, conviene ser atrevido; alguien que intencionadamente se ciñe a sólo soul, sólo house, sólo rock, sólo reggae, se pierde mucho por voluntad propia, se pierde los demás sonidos que revolotean a su alrededor; por eso los panchitos (Bordes, Franco, Audirac, Cobián, Guzmán), se han arriesgado, han diseñado una narrativa atronadora mucho más overground.

WELCOME TO GUANATOS

Llegué a Guadalajara por la madrugada aquél domingo veintidós de octubre. Me encontré con una ciudad más cercana, más natural; un monstruo que me reconocía, que no estaba deseoso de expelerme desde sus confines y adentros. Me digería.

He ejercitado la soledad y me reconforta beber a solas en las cantinas tapatías, reconocerme con sus fantasmas, hablarles desde la penumbra, detrás del brillo de la cerveza. Ser conducido por las manifestaciones más secundarias y contestatarias, las de sus prostíbulos y tascas repletas de polillas. Eufonías, estéticas y expresiones que reman en contra de la cultura dominante del turismo, entendido como castrante del bullicioso andar degenerado. Me gusta formar parte de esa ciudad, formar parte de su dolor sin ser nunca un excursionista sino un aislado, un irrecuperable, alguien que crea nuevas y verdaderas instancias en sí mismo. Los mejores textos se cocinan en las zonas putrefactas de la vida y yo sólo busco una ciudad sin nombre para lograr esa revolución retórica, esa revolución.

Recordaba el ‘Kukuruchos’ (antigua casa de Doña Pancha), conmemoraba su mal olor, me había familiarizado con su mugre y el ‘Laboratorio Larva’ me pareció de lo más Higiénico, me sentí timado. El foro estaba oscuro a las cuatro de la tarde, y como la oscuridad siempre tiene la razón, me adentré en sus fauces; el hocico de un lugar inmenso que había funcionado en algún tiempo como teatro, cuyos Pasos de Gato me producían un vértigo enfermizo; imaginaba que interminables cuerdas se desasían de ellos, largas sogas con la medida exacta de mi cuello. Los mejores lugares son los que te invitan a la muerte.

¿Cuál fue la primera y cuál será la última de las chicas rapadas en mi vida?, difícil saberlo, todas guardan la misma constitución, los mismos cráneos, idénticos esternones. ¿Cuántos perros salivarán por esos huesos durante la noche? Yo recuerdo esas osamentas en su carne, o mejor, en esos vestidos verdes, oscuros, y en esos zapatos de tacón alto, negros, rotos y brillantes. El Laboratorio de Arte Variedades Larva era un Tzompantli en donde esos cráneos de la memoria se encontraban apilados, alineados como ladrillos, consolidados a trechos por huesos grandes y muy prolijamente limpios; huesos sensuales que parecían formar los cimientos sobre los cuales se habían levantado las paredes de la música.

ANTI FESTIVAL

Arturo Ortega, mejor conocido como ‘.RR’ es un músico y artista sonoro originario de Guadalajara, ha trabajado en proyectos de experimentación sonora, instalación y composición de música electroacústica, su set en el DPF comenzó a las cuatro de la  tarde con treinta minutos. Presentación ejecutada con grabaciones de campo, sonidos de aparatos electrónicos modificados, elementos de improvisación e instrumentos tradicionales. La experiencia auditiva que sumió al foro en un letargo de domingo inoportuno; ondeaban ya los primeros vasos de cerveza, los primeros flirteos, la primera gota de sudor sobre la espalda y un calor sofocante que ampararía la negentropía de las larvas durante todo el festival.

Aloe Vera

‘Aloe Vera’ se define a sí misma como el resultado del Setsunai-Emogaze-Experimental, pero la verdad es que es dulzura pura, miel sobre clítoris salado; la eyaculación de un fantasma, voces espectrales repletas de caricias orgásmicas y condición andrógina; almíbar e intemperancia, pistas que reclaman gemidos tardíos, y una herida en el pecho que no deja de lastimar. Enfundada en una desteñida playera negra de Bob Dylan, Aloe le sacó las de cocodrilo a toda la amargura de la tarde, una tarde que se asumía fosca y larga; pues el show apenas comenzaba, así como la miasis, aquella enfermedad parasitaria ocasionada por la larva de la mosca, un mal que afecta los órganos de los vertebrados. Larvas, parásitos que se alimentan de tejidos muertos.

Hospital de México

Los dípteros descubrieron su plenitud durante el set de ‘Hospital de México’; había escuchado a Esteban Aldrete por el soundtrack de la película ‘Tenemos la Carne’ (2016), que él mismo había compuesto; una película de Emiliano Rocha Minter a la cual el periódico ‘El País’ había calificado como visualmente potente y transgresora, una cinta que hace apología del asesinato, la violación, el incesto y el canibalismo. Yo opino que no es para tanto, lo que no está de menos es el score de Aldrete, guitarras que hacen la labor que las gargantas cercenadas ya no pueden ejecutar: gruñir el miedo. Hospital de México me recordó a los riffs chicanos de Marc Ribot, pero con mucha más realidad y mucho más dolor, menos postizo, un hospital a fin de cuentas; un lugar en donde el malestar es erradicado a base de eufemismos, placebos y paliativos; un sonido similar al de ‘Electric Masada’, ‘Spiritual Unity’ y ‘Ceramic Dog’, interpretando temas sobre detectives, el alcohol o estar endeudado, tracks que son más bien poemas canoros, como “Vida Virtual”, “Prófugo” y “H. A.”: “Mente drogada y cuerpo entubado./ Ya nadie visita a un enfermo olvidado./ Ya sólo me queda el equipo a mi lado./ Pantalla maldita, ese ritmo cardiaco/ se reduce, se reduce/ el día a día,/ en el Hospital Ángeles”.

Cardencheros

“Se puede escuchar el hálito de los demás”, me dijo una amiga cuando los Cardencheros de Sapioriz comenzaron a entonar a capella su primera copla; una mezcla entre lo sacro y lo profano; una polifonía que tiene sus origenes en el siglo pasado, en los basureros de los campos, donde los peones y sembradores cantaban alejados de sus patrones para no importunar su sueño; era ahí, cerca de la bazofia, donde se entonaban aquellos cantos plañideros que hacen más daño que el Cardenche, la espina que al penetrar se aferra a la piel, como el amor mal parido. Es por eso quizás que las larvas encontraron una similitud vibrante con los loores de la pastilla —como citan ellos al sotol—. Volvieron a derrumbarse entonces los huesos, las clavículas, los radios y fémures sobre altares ilusorios donde se empala al sufrimiento; con canciones como “Los Horizontes”, “Ya me voy a morir a los desiertos”, “Las golondrinas”, “Al pie de un árbol” y “Una mañana transparente”. Pero lo que presenciamos en el larvario no fue sólo folclore de incienso y pies descalzos, sino una música dedicada a los que tienen uso de razón. Se dio el underground, se abrieron los suelos contra el yugo intelectual de lo nacional, una revolución cultural capaz de crear una ética personal antipatriótica, una actitud contraria a los tabús musicales opresivos de empresas como Sony y Universal.

Ford Proco

En 1987 un par de jóvenes en Tijuana leían un artículo en la revista ‘Mecánica Popular’ sobre un motor experimental de combustión programada de la Ford llamado “Proco”, y decidieron utilizar ese nombre para crear música a través del cut up; mixes con macro beats, ambientes épicos y ritmos marciales que se convertirían en la cuna de la música industrial en nuestro país. A la par, este dúo de electrónica fue también fundador de la tradición del fanzine especializado, llegando a editar tirajes de corto alcance como ‘Noise’, ‘EBM Altertrónica’ y ‘Velocet’, influenciados por revistas como ‘Synapse’ y ‘Keyboard’, de las que aprendieron el funcionamiento de los sintetizadores. Su set empezó a las ocho con treinta minutos, debo decir que su industrial se escuchó muy fresa para lo raspa del DPF, mezclas que me transportaron a las discotecas acarameladas de los años noventa, con todas esas chicas de licras blancas y brackets filosísimos rondando por la pista de baile, esperando ser interceptadas por un mequetrefe de diecisiete años. Momento para la frescura, respiro para el vómito de la larva, para poner en orden las ideas y pensar en la resaca del lunes o el sexo de la noche.

Aparte de la música desaforada, las faldas cortas y los regurgitaciones largas, se hacía presente en el DPF ‘Lázaro Publicaciones’, un proyecto surgido hace cinco años, creado por Laura Bordes como una editorial de bajo presupuesto que pretende “documentar y rescatar distintos proyectos que han quedado encriptados en los archivos personales de artistas y aficionados”. Fanzines únicos, con una manufactura que roza la perfección, una selección y rescate de artistas digna de celebrar. Editorial que renueva y afianza el concepto del “Do It Yourself” y las publicaciones de la grapa, de los medios artísticos impresos y autoeditados, que lejos de desaparecer, se reinventan con Lázaro Publicaciones a través de tirajes cada vez más experimentales e innovadores. Esa noche adquiriría tres de ellos, el fanzine del ‘Muertho de Tijuana’ en donde se abordan sus nuevos mandamientos o principios éticos: “Ten varias esposas… pero armonizadas”; el ‘Anotaciones sobre el amor y otros misterios’ de Julio Torres Salcedo, y el más guarro de todos, aquél que contiene las disertaciones más escabrosas de Juan Manuel Arrellín.

Comenzaba a extrañar la suciedad de la edición pasada del DPF en el Kukuruchos, esos retretes rebosantes de mierda, los pisos cubiertos de basca y légamo, el olor apestoso de una zambra espesa; en el Larva todo era limpio, casi aséptico, y la aliteración con la modorra del domingo ayudaba poco. Las larvas descansaban en sus crisálidas, en lugares predilectos como las orillas o los bordes donde orina la gente, en los techos, los Pasos de Gato, las cuerdas y cordones eléctricos que dotaban de sonido al larvario o en el exterior, en las cercas y las aceras, los cables y las ramas de los árboles; larvas cansadas del eco.

Los Mundos

‘Los Mundos’ comenzaron a tocar a las veintiún horas; sesenta minutos de guitarras fuertes, bajos distorsionados y melodías graves de voz; una banda que ha tenido diferentes etapas y que ha abarcado diferentes estilos como el punk, el psychedelic rock, el shoegaze y el stoner, todos con un rasgo común que es la psicodelia; pero como dicen por ahí, quien mucho abarca poco aprieta, y la banda termina sonando a nada. Tocaron algunos jams que más bien parecían caricaturas sonoras de una banda de Death Metal.

El alcohol hacía estragos por la noche, el alcohol que daña tanto a los tejidos como a las personas, ese que te enseña a confundir el fin con los medios, como decía Faulkner. Las moscas permanecían quietas, impulsadas por el silencio que le siguó al ruido gutural de Los Mundos al extinguirse.

Michael Rother

Michael Rother conectaba cables y hacía pruebas de sonido, un soundcheck que duró casi una hora. Como una mosca de largas zancas, el río de nuestra mente se movió al sonido de los primeros beats y acordes del alemán, quien subió al escenario acompañado de Franz Bergmann y Hans Lampe, de ‘Camer’ y ‘La Düsseldorf’ respectivamente. La leyenda viva del krautrock —quien algún día rechazó colaborar con David Bowie— prendió la improvisada pista de baile del DPF. Espaldas de morgue, piernas de palestra urbana, ojos desorbitados y huesos desalineados danzaban una música estridente, eléctrica, que se antojaba cínica y sincrónica. Nos vimos de pronto trenzando los muslos al unísono, en el inicio de una noche tapatía que dejaba al descubierto la carne hostil. Bailamos temas del ‘Esperanza’, ‘Chronicles’ y del ‘Remember, todos de la asombrosa discografía como solista de Rother’.

Los gusanos emergieron al mundo convirtiéndose en personas, lamiendo la herida de un cuerpo en decadencia, saboreando las heces regadas en la abertura de una noche que no sabía si comenzar o terminar. Al final, todos los caminos llevan siempre al ruido, todas las mujeres nos llevan a la cama… y toda la mierda se va al olvido. ¿Por qué habrá inventado dios a las moscas?

Editor Yaconic

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