Por Isaac Torres / @isaac_chato

Al igual que casi todo el mundo, estuve atento al fatídico supermartes 8 de noviembre de 2016, día de elecciones en Estados Unidos. La jornada en la que Donald Trump y millones de gringos que quieren hacer de nuevo grande a América, decidieron que la marca Trump se hiciera cargo de la nación más influyente del planeta durante los próximos cuatro años.

Todavía no se me pasaba la cruda y ya tenía que poner patitas al aire y volar a Dallas, para atender la amable invitación a participar en un congreso sobre arte y ciudad. Una de las buenas noticias es que el viaje estaba patrocinado; uno de los puntos negativos es que yo tenía que pagar mis gastos y me serían reembolsados tres semanas después. Si mis ecuaciones salían a la medida ganaría unos pesos cuando el dólar se proyectara por ahí de los 23 pesos. Por el momento me costó unos cuantos billetes verdes (o sea un chingo de pesos) poder llegar hasta allá.

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Cuando vas a la ventanilla de la casa de cambio y ves que tus billetes no valen nada una sensación de tristeza con frustración se apodera de ti. “No somos nada”, piensas en ese momento. Luego te dicen que una chela en un bar “del otro lado” cuesta seis dólares y tú con eso, en México, te compras un cubetazo con todo y chicharrones.

Pichicateando esos dolaritos logré pagar el hotel y el avión para pasar cuatro noches en Texas gastando el equivalente a cuatro meses de renta en el exDF. Don’t mess with Texas.

El miedo de un boicot trumpero para dejar entrar a los mexas al gabán no aplicó conmigo. Ni siquiera me preguntaron a qué iba. La morrilla espantada detrás de mí no tuvo la misma suerte y sufrió un interrogatorio más pesado. Finalmente logró llegar a los 15 años de su prima en Oak Cliff. Lo corroboré cuando me la encontré en el vuelo de regreso.

Nomás bajé del avión, pasé los controles aduanales y ya estaba en suelo texano. Samuel, un amable conductor de Uber, me recogió del aeropuerto. En 20 minutos me explicó su breve teoría sobre Trump, de cómo creía que actuaría igual que todos los republicanos. Si el tipo es de derecha hará cosas de derecha. No será muy diferente a Mr. Bush. Él no era un hablador como éste, “Trump is just speaking too much”. A los negros como yo —me dijo—tampoco nos fue increíble con Barack Obama. No pasó demasiado. Obama deportó más migrantes que nadie en la historia de los United.

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Su diagnóstico es que ahora todos las minorías deberían estar más unidas, cuidarse más, tratar de no cometer injuries o violations to the code o cualquier resbalón que los haga caer en peligro. Este gobierno no dará concesiones, a la primera te vas de vuelta a casa. Él no quiere irse a Ghana, eso está muy lejos.

Lo primero que hice al entrar al hotel, luego de ahorcar mi tarjeta de crédito en la recepción, fue prender la tele. Zipié entre los canales y en todas las noticias estaba Don Trompas. Se había reunido con Obama, en un forzado encuentro en el que ambos se sentían incómodos, como cuando conoces a los papás de tu novia. La otra nota era sobre las manifestaciones en Portland, en donde ya había aparecido la violencia. Apagué la tele y me metí a Facebook. Ahí también estaba Don Trump y todos esos shares de las primeras manifestaciones racistas. Tanta trompada elevó mis niveles de ansiedad. Tardé dos horas en quedarme dormido.

Al otro día una amiga ecuatoriana pasó por mí. Me subí a su coche e inmediatamente me preguntó cómo estaba la cosa en México. Dijo lo mismo que el taxista y remató con el clásico: “Perro que ladra no muerde”.

Cuando llegamos al congreso todo fue Trump. “¿Qué va a pasar?”, “debemos estar preparados”, “inicia una nueva era”, “esto huele a 1950”. A mí me huele a Ronald Reagan y la sociedad del espectáculo.

donald trump obama

En la primera peda todos hablaban de lo mismo. Desde el balcón del hotel negros, latinos, pochos y pochas, con uno que otro güero (de los poquitos que había por ahí), exponían sus puntos de vista. Entre copa y copa nos sorprendió una manifestación que cruzaba el Downtown de Dallas, unas 300 personas antiTrumpistas. Viniendo de Marchalandia a.k.a. CDMX, la manifestación me dio mucha ternura, pero me pareció significativa.

La marcha recorrió solo unas calles pero se repitió durante los siguientes tres días. Volví a ver a los manifestantes, esta vez en la Dealey Plaza, en el mismito lugar donde le volaron el seso a Mr. Kennedy en el 63. La mayoría eran blancos. Había una pancarta que llamó mi atención: “Register all of us as a Muslims”, en alusión al supuesto registro nacional de musulmanes que hará Trump. Mi amigo Fred cree que volverán los tiempos de clandestinidad estilo Ana Frank. La raza va a estar lista para todo, remarcó el buen Fred, un tipazo de origen duranguense pero raised in Texas.

El sábado el famoso programa Saturday Night Live tuvo a Dave Chappelle como host. La mitad del programa estuvo dedicado a hacer sátira sobre Trump. En el bar en el que nos recetamos unas deliciosísimas Pale ale los bartenders apagaron la música y dejaron el programa completo (con todo y comerciales). Todo el mundo se cagaba de risa. Chappelle habló sobre la primera y única vez que asistió a una fiesta en la Casa Blanca, unos meses atrás, en la cual, dijo, todos eran negros, hasta el presidente.

Una de las cosas que aprendí en el congreso es que el 45% de la población de Dallas es latina. No tenía idea de eso, creí que esta ciudad estaba llena de gringos petroleros y vaqueritas. Sí, hay algunos que viven como verdaderos reyes y en época de otoño adornan las puertas de sus palacetes con simpáticas calabazas. Hay (o había) un río que divide la ciudad, literal, del otro lado del río está toda la raza, ahí empieza Oak Cliff y la Jefferson, que es una avenida como Izazaga, con taquerías, tiendas de empeño y hasta un Famsa. Está el Teatro Texas, en donde Lee Harvey Oswald se escondió después de recetarse a Kennedy en la ya mencionada Dealey Plaza, que por cierto tiene un barecito encantador, una capsulita en el tiempo. Buen lugar para recetarse un whisky luego de tirotear a un presidente.

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En esa zona hay un montón de mexas. En una esquina descansa “El sí hay”, una taquería en la que también venden esquites y elotes, y unos de barbacoa pa´ chuparse las pezuñas. Toda la raza en Dallas vive al sur, pasando el río. Más arriba, en el Downtown o al norte, no los ves más que despachando en el Subway.

La mitad de la ciudad está escrita en español. Hay mucha banda que quiere preservar el idioma. Hay otros que tienen su carota de chilangos, oaxacos y jarochos pero que apenas y mastican un español básico. Hay raza a montones. Y eso es aquí que no es L.A. o San Antonio y ni digas NiuYor.

También hay mucho güero de avanzada que lamenta el triunfo del señor ese del que ya no quiero hablar. Destapó la cloaca por hablador y populista, y ahora tendrá que cargar con toda la cagada que se vendrá encima de la raza. Es lo único que ocasionará su retórica apantalladora y chafa. Todos los políticos viven para prometer cosas que nunca pasan.

Al final lo que dijo el driver de Uber es verdad. Solo habrá que andarse con cuidado y no meter la pata. O tomar la versión positivista y decir que es una oportunidad para demostrarle al mundo que podemos hacerle frente a esto trabajando y buscando alternativas. También están los que se inclinan al aceleracionismo, o lo que es lo mismo, ya nos chingamos ´ora hay que empujar hasta el límite pa´ que todo explote y se acabe rápido.

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Foto: Reuters.

Lo último que vi al respecto fue justo antes de subirme al avión en una tienda de los Cowboys. La noticia era un grafiti en la fachada de una iglesia que decía “Make America White Again”. Chido su cotorreo fachos.

Queda muy claro que hay un chingo de raza, y la utopía de unos cuantos de hacer a la America only white again es eso, una utopía. Puedes sacar a unos miles, quizá millones, pero no puedes sacar a más de la mitad de la población de ese país, luego quién les va a limpiar su casa, a cuidar a sus niños, a pasear sus perros, a prepararles el Subway y a penetrarlos gastronómicamente con esos deliciosos tacos que cada vez se parecen más a la realidad, porque vaya que están rebuenos. Los States se van a quedar vacíos. Y con tanto terreno que tienen los canijos.

Dice que nos va a cobrar la construcción de un muro, ¡qué no mame!, si todavía no alcanzamos a pagar las 900 millas de vallas y checkpoints que mandó construir Mr. Bush hace más de una década. Seguro Mr. Trump no sabe de eso, pero se ahorraría unos buenos pesos. Debería consultar con los chinos, esos sí saben cómo hacer paredes baratas, duraderas y eternas. Aunque dudo que el Mister les quiera dar la concesión. Seguro Grupo Higa, de este lado del río, va a pelear por ella hasta con los dientes.

Editor Yaconic

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