Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto

En una habitación tenuemente iluminada por la luz de las velas se escucha un ruido, un golpeteo incesante que retumba en toda la estancia. Poco a poco se revela un hombre barbado rodeado de andamios y escaleras. El ruido continúa: ¡clank, clank, clank! De pronto, Miguel Ángel —ése es su nombre— eleva la voz gritando unas imprecaciones al cielo.

Ha descubierto en la roca marmórea una imperfección. Una veta negra hiere el rostro de la escultura en la que había estado trabajando. Maldice hacia sus adentros pues, en su afán de usar sólo los mejores materiales, se encuentra insatisfecho. Más tarde tendrá que dejar la obra inconclusa, abandonada por cientos de años en los jardines de una casa en la campiña italiana.

“¡Qué exigente!”, pensé mientras miraba al Cristo Giustiniani o Cristo portacroce, como se le llama a la obra en cuestión, ya que la veta negra que provocó el abandono del bloque de mármol es imperceptible. Me encontraba visitando Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos, exposición que alberga el Palacio de Bellas Artes; afuera, cientos de personas hacían fila para entrar, tal ha sido la conmoción de tener a los dos principales artistas del Renacimiento italiano en la capital de México.

Da Vinci y Buonarroti juntos… ¿quién lo diría?

im-plecas-1

im-plecas-2

La muestra está dividida en cinco secciones. La primera da cuenta del contexto histórico en el que vivió Miguel Ángel. La segunda está dedicada a la escultura y las influencias anatómicas que el trabajo del florentino tuvo en artistas contemporáneos y posteriores. La tercera revisa sus trabajos pictóricos, mientras que la cuarta sus exploraciones en el campo de la arquitectura, tan sólo para finalizar con numerosos estudios anatómicos que realizó tanto en bocetos como esculturas.

Al margen de las obras de Buonarroti, resulta interesante que la curaduría insistiera en resaltar la influencia de sus trabajos tanto en sus contemporáneos como en artistas posteriores, en específico en artistas novohispanos del periodo del México independiente, ya que al hacer la comparación podemos constatar cómo sus modelos fueron imitados a lo largo del orbe, sin importar que se tratara de otro continente o un país lejano a Italia, como el nuestro, lo que evidencia que nuestros artistas estaban al tanto de las vanguardias del momento, cuyos motivos no tardaron en incorporar a su propia producción. Entre los 26 autores que acompañan la exposición con algunas de sus piezas se encuentran Rafael Sanzio, Giorgio Vasari, Giorgio GhisiDaniele da VolterraAndrés de ConchaBaltasar de Echave Orio, Leone Leoni, Marcello Venusti y Bernal Díaz del Castillo.

Durante el recorrido llamó mi atención la forma en la que elementos multimedia como pantallas con videos se mezclaron para darnos una idea redonda de lo que Miguel Ángel significó para los artistas mexicanos, ya que mediante montajes y superposiciones de imágenes uno puede darse cuenta que en varias capillas y templos del país se encuentran elementos marcadamente renacentistas con toda la impronta de Buonarroti.

Sin duda las obras que más revisten interés son las escultóricas; a saber: David-Apollo (1532-1534), escultura en mármol de 1.47 metros; y el Cristo Portacroce (Cristo Giustiniani) de 1514-1516, obra en mármol de 2.50 metros. (Cabe destacar que esta última se presenta por primera vez fuera de Italia.) Estar de pie junto a ella y poder contemplarla realmente es impresionante. Un sentimiento sublime me recorrió la espina al poder constatar la maestría de una pieza que un su día fuera inacabada y relegada por su creador.

im-plecas-4 im-plecas-3

También algunos dibujos y los bocetos originales (1508-1510), que sirvieron como borradores para preparar las pinturas de la bóveda de la Capilla Sixtina, nos hacen vislumbrar su genio como artista y la manera cómo fue contextualizando ese gran mural que hoy en día es considerado patrimonio de la humanidad. Otras curiosidades pertenecen al orden epistolar, pues la correspondencia del artista con papás, familiares y amigos nos enseña discretamente cómo escribía la mano que al mismo tiempo creó al mundo y el juicio final. No hay nada más divino que su talento inconmensurable.

Miguel Ángel Buonarroti. Un artista entre dos mundos reúne 29 obras del creador florentino, así como 45 piezas de artistas que fueron cercanos a él, y estará abierta hasta el 27 de septiembre en la Sala Nacional del Museo del Palacio de Bellas Artes.

LEONARDO DA VINCI Y SU IDEA DE LA BELLEZA

Continúe mí recorrido exhaustivo, visual y emocionalmente hablando, pues no todos los días una muestra requiere tal esfuerzo intelectual y al mismo tiempo un involucramiento sensorial del espectador ante lo sublime. Sin embargo, aún faltaba la exposición Leonardo da Vinci y la idea de la belleza, presentada al mismo tiempo en el recinto marmóreo.

Se trata de una muestra itinerante que, después de haber estado en Virginia y Boston, fue adaptada para nuestro país, presentando por primera vez El códice sobre el vuelo de las aves, un estudio físico y anatómico realizado por Leonardo Da Vinci en su afán de fusionar arte y ciencia. Es así que se nos devela a un Leonardo dedicado a la investigación y a la experimentación, cuyos análisis sobre el dinamismo y la forma de la naturaleza hacen hincapié en su capacidad de observación y dominio absolutamente preciso del dibujo en sus bocetos, cuya extensión es de 18 páginas.

im-plecas-5 im-plecas-6

Bajo la curaduría de John T. Spike, Leonardo da Vinci y la idea de la belleza aglutina 11 obras originales del artista y cuatro piezas de su círculo. La idea y objetivo principal del curador fue resaltar la exploración de Da Vinci en cuanto a la relación entre belleza y naturaleza, pues él, al igual que el resto de los renacentistas, retoma de la antigüedad clásica la idea de la “proporción divina” o “medida áurea”, buscándola siempre con la mirada, observándola por doquier en sus recorridos naturalistas que habrían de inspirar muchas de sus genialidades, no sólo en el campo del arte y la estética, sino también en el de la ingeniería, el diseño y la arquitectura.

Durante el recorrido pronto se hizo patente el concepto que tenía Da Vinci de la belleza, que no era otro sino el efecto visual de proporciones armoniosas. Pues él tenía la idea de que las formas de la naturaleza, incluidas las especies animales, contienen la justa proporción. Es decir, el arte debía retomar del mundo natural la perfección de las cosas para incorporarla dentro de sus obras.

Mucho más pequeña que la exposición de Miguel Ángel, las pocas piezas de Leonardo se ven complementadas por otras de los artistas Cesare da Sesto y Giovanni Antonio Boltraffio, aprendices y parte de su círculo interno. Debo decir que salí un poco decepcionado de esta muestra, pues una vez contempladas las magníficas esculturas de Buonarroti, una vez que uno se ha plantado frente a lo sublime, poco pueden equipararse los estudios y bocetos de Da Vinci aquí presentados.

Salvo “El retrato de la joveny el estudio para el ángel de “La Virgen de las rocas” (1483), cuyo dibujo está trabajado con punta de plata, técnica que requiere de una alta disciplina pues no permite alterar o borrar el trazo, poco llamó mi atención de este recorrido. Según las fichas museográficas, el valor del estudio para el ángel de “La Virgen de las rocas” reside en que es considerado como la única evidencia de los preparativos de dicho óleo.

Leonardo da Vinci y la idea de la belleza  permanecerá abierta al público hasta el 23 de agosto en la Sala Diego Rivera del Palacio de Bellas Artes.

im-plecas-7

ADDENDA

Con todo, bien vale la pena acudir a ambas exposiciones, pues el bolsillo de la mayoría de los mexicanos no permite viajar a Florencia y el resto de Europa para contemplar semejantes piezas del arte que una vez fuera italiano pero que ahora es universal. Durante mi recorrido y a la salida del recinto, escuché dudas y comentarios con respecto a la originalidad de las piezas y su procedencia, manifestando que muchas eran “meras reproducciones”.

Tal es el caso de “La piedad” presentada en la muestra de Miguel Ángel. Cierto es que no es la “original”, pero es una de las pocas copias que se conservan en el mundo. Una hermosa réplica realizada en un bloque de mármol de Carrara y realizada in situ; esto es, a un lado de la pieza original. El artista anónimo que la consignó lo hizo en 1790 y actualmente es parte de una colección particular en nuestro país.

Sin entrar en discusiones vanas sobre el concepto de originalidad, saltó a mi mente el hecho de que tanto Buonarroti como Da Vinci realizaron remakes de escultores griegos como Fidias, y que el Renacimiento no fue más que un “revival” del clasicismo occidental. Luego entonces, lo que ellos hicieron fue una apropiación, incorporación e reinterpretación de los ideales estéticos que otros tuvieron muchos años antes que ellos en el mundo del arte.

Entonces me pregunté si aquellos expertos espectadores tendrían razón. ¿Dónde radica la belleza, por qué nos acercamos al arte? ¿Si nos dijeran que “La piedad” que hoy en día se encuentra en Bellas Artes es la verdadera o una simple copia, esto la haría menos bella…?

 

 

YACONIC

YACONIC

iceberg-entr
Previous post

ICEBERG SLIM: EL PADROTE ESCRITOR

ruben-entr
Next post

UN HOMENAJE FOTOGRÁFICO PARA RUBÉN ESPINOSA