El último día de diciembre en las calles de esta ciudad un hombre camina con la paciencia de quien no tiene obligaciones que cumplir. Lleva en la mano un cigarro que enciende mientras se sienta exactamente en la banca que da la espalda a una gran fuente.

El hombre es más bien torvo, lleva un periódico doblado bajo el brazo, su pelo es de un blanco reluciente y las bolsas bajo sus ojos dos panzas de canguro. A su lado, lo miro incrédulo. Es Jorge Ibargüengoitia.

Cuando Jorge terminó el cigarro, lo apagó en la suela del zapato y se encaminó a un café de los muchos que hay en la plaza. Aún con el asombro cosquilleándome en las yemas de los dedos y en el lóbulo de la oreja izquierda, lo seguí.

Me acerqué a su mesa—que, según me dijo después la mesera, está reservada para él—. No encontré mejor manera de iniciar la conversación que con un tímido “¿Es usted Jorge Ibargüengoitia?”. Él, que resoplaba como un búfalo (por el cigarro, por los metros caminados, por la vida misma) me miró con la expresión medio descompuesta.

               —Siéntese —dijo, para sorpresa mía—. ¿Un cafecito?

Pedimos dos americanos. Él seguía tratándome de usted, así que consideré decente hacer lo mismo. Quise evitar las preguntas sosas y los lugares comunes (¿Está usted de visita en el siglo XXI? ¿Es usted un muerto vivo?, y perogrulladas por el estilo).

Ibargüengoitia nació en 1928, el año en que asesinaron al general Álvaro Obregón, cuyas últimas palabras, según testigos que presenciaron el crimen en La Bombilla, fueron dirigidas a un mesero a quien pidió que le sirviera frijoles.

Quién sabe si Ibargüengoitia era supersticioso, pero pensé que aquella coincidencia pudo haberlo marcado de algún modo. Eso, y el hecho de que leía con esmero y cierto placer la sección de Horóscopos, me animaron a preguntar:

            —¿Qué piensa de la astrología?

            —Para las personas inseguras, ansiosas de abrirse camino en la vida y no muy bien dotadas, la astrología es una bendición. [1]

            —Pero usted no parece inseguro.

            —Para mí es un pasatiempo. El primer horóscopo que me hicieron, cuando tenía ocho años, decía “Reumatismo, peligro de muerte por agua o fuego”. El reumatismo no me impresionó porque, después de todo, ha sido una enfermedad endémica en mi familia, pero me pasé cuatro años convencido de que cada llovizna era el principio de la tormenta destinada a arrasar la Ciudad de México, y cada vez que se quemaban los frijoles corría al teléfono a llamar a los bomberos. Pero con el tiempo todo se olvida y la edad lo borra todo.


[1] “Predicciones astrológicas. Luna en viernes”, en Misterios de la vida diaria. (Planeta, 1997).


Sé, porque lo leí en alguna de esas semblanzas escuálidas que publican las agencias de noticias, que de pequeño lo llamaban “Coco”. Su padre, Alejandro Ibargüengoitia Cumming, murió cuando “Coco” era un bebé de ocho meses, de modo que creció rodeado de mujeres: su madre —María de la Luz Antillón— y su tía Emma.

              —¿Qué recuerda de su infancia, su juventud?

             —No mucho. Sé que a los siete años había yo escrito mi primera obra literaria. Ocupaba tres hojas que recorté de una libreta y que mi madre unió con un hilo. No recuerdo qué escribí ni qué tipo de letra usé, pero todos los que vieron aquello estuvieron de acuerdo en que parecía un periódico.[2]

              —Pero no siempre supo que quería ser escritor, ¿o por qué se inscribió en Ingeniería?

           —Crecí entre mujeres que me adoraban. Ellas querían que fuera ingeniero porque habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando, un día, a los veintiuno, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión, más tarde se acostumbraron.[3]

Quienes leemos a Ibargüengoitia con hambre de humor, sabemos que su prosa fina y su maestría para la sátira son infalibles. Pero su trayectoria literaria comenzó con un fracaso.


[2] “Las dos y cuarto (un recuerdo)”, en Sálvese quien pueda (Joaquín Mortiz, 1993).

[3] Instrucciones para vivir en México. (Joaquín Mortiz, 1990).


Antes de que su pluma escurriera los prodigios de Estas ruinas que ves, Dos crímenes, Los pasos de López, La Ley de Herodes, entre otras, Jorge quiso ser dramaturgo, pero esa aspiración sería la primera de sus fatalidades.

            —Jorge —le dije ya entrado en confianza—, siempre he tenido gran curiosidad por saber qué lo transformó de dramaturgo a novelista.

            —Mi primer conflicto con el teatro me lo hizo notar mi maestro —pronunció maestro con orgullo  —, Rodolfo Usigli. Me dijo que ninguna marquesina en México era tan grande para que cupiera mi apellido. Me sugirió rebautizarme “Jorge Ibar”.

Por supuesto, se negó. Fueron diez años —me contó— los que se dedicó a escribir teatro. Hasta que un día, y 16 obras después, concluyó que ese romance estaba estancado. Me resumió su odisea dramática así:

             —Tenía facilidad para el diálogo, pero incapacidad para sostenerlo con gente de teatro.

Sentí que era pertinente cambiar de tema. Comencé a plantearme la posibilidad de preguntarle si se había enterado que el PRI perdió el poder y lo recuperó un funesto día de 2012. Después de todo, fue él quien escribió que le gustaba imaginar al señor presidente por las mañanas preguntando, antes de probar el jugo de naranja, “¿Qué dijo hoy Ibargüengoitia?”.

De un momento a otro, lo vi recogiendo sus cosas y pidiendo la cuenta. Se levantó y se fue tan deprisa que no pude ni preguntarle cómo terminaría Isabel cantaba, aquella novela que dejó inconclusa el 27 de noviembre de 1983, cuando el vuelo 11 de Avianca que lo llevaría a Bogotá se estrelló cerca del Aeropuerto de Madrid-Barajas.

Jorge fue un adelantado. Mientras nuestros otros grandes escritores estaban produciendo títulos fatalistas —El llano en llamas, Muerte sin fin, El laberinto de la soledad— él se pitorreaba de la realidad. Con una pluma filosa, nos autorizó a escribir de lo cotidiano y a encontrar literatura en las minucias.

Jorge, donde quiera que estés. Hoy, mañana, pasado… te celebramos.

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Ángel Soto

Compositor e hispanoescribiente | Editor web de Cultura en @Milenio | Produzco el podcast #Cultencias | Hacemos terror en @psicofoniasmx

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