Por Rodrigo Islas Brito

Dunkerque (2017) es la razón para que el cine siga flotando; lo ha rescatado, por el momento, de la inercia de ese eterno adoctrinamiento veraniego, adolescente e idiota que lo está matando.

Christopher Nolan realizó por fin la obra maestra que prometió desde hace 20 años. Convirtió el desastre en espíritu; rescató la anécdota de una batalla histórica de la Segunda Guerra Mundial, que en 1940 arrojó a unos 400 mil soldados ingleses y franceses a una playa que se convirtió en prisión en la espera de ser evacuados frente a un océano, mientras que unos aviones caza nazis solo querían enterrarlos.

Dunkerque

El director de Memento (2000), Interestellar (2014), El origen (2010) y la trilogía de El Caballero de la noche, simplifica la acción en sus movimientos y diálogos, pero no la vuelve más simple. No hay nada simplista en Dunkerque, al contrario. Nunca ha existido un Nolan tan complejo y tan sencillo al natural.

Desde que el protagonista y hasta ahora desconocido Fionn Whitehead escapa como puede de una balacera donde todo su pelotón cae abatido por la espalda, hasta que sigue, nada, delata, se raja y sigue escapando, la cinta se torna en un nervioso thriller en el que el heroísmo se conforma con las ganas de mantenerse vivo solo para seguirla contando.

Tomas abiertas, largas y perpendiculares de un mar que no por ser una tumba deja de verse bello; un soldado enterrando a su camarada en la arena para proseguir un  viaje que solo apunta al vórtice del vacío; tiempos narrativos fragmentados en los que el hundimiento tiene el rol de cortocircuito (como la memoria fugitiva de Guy Pearce en Memento) de ese instante en el que sabes que solo estás sobreviviendo; ráfagas de solidaridad, cobardía y egoísmo en el interior de un barco que solo espera su marea y el magistral score de estallidos y cuenta gotas de Hans Zimmer que nos hace mirar la ola y el ahogamiento.

Dunkerque

Nolan logra entregar al mismo tiempo La delgada línea roja (1998) a lo Terrence Malick, que su Rescatando al Soldado Ryan (1998) a lo Steven Spielberg. De los dos cineastas acierta a conjugar la sensibilidad, el alma y la perfección del oficio. La de Christopher es una cinta de desastres para cine de arte y ensayo.

Por ahí anda Tom  Hardy, estoico y preciso, sumido —toda la película— en la soledad de un avión de guerra que ha de servir como ángel de la guarda o de la muerte. Ronda también un cronómetro del pavor minimalista y el espanto seco de un espectáculo que no tiene en sus planes inclinarse hacia ningún lado, manteniéndose siempre analítico de las razones de la angustia, de los mecanismos de esa esperanza a la que hay que desencallar de cualquier puerto.

Después de esto Christopher Nolan puede decir que Netflix es una moda las veces que se le dé la gana. Hacer y mensajear sobre lo que es el cine literalmente lo que se le hinche su inexorable flema inglesa. Ha hecho una de las mejores películas de los recientes 20 años. Un relato simple, compacto y repleto de una inmediatez que explota; del sencillo hecho de salir corriendo, aunque para eso te tengas que llevar al muerto.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Previous post

TENGO DIEZ AÑOS Y QUIERO EL DIVORCIO

Next post

MIRA GUAPA, LAS MUJERES NO SABEN ILUSTRAR