Por Edgar Khonde / @edgarkhonde

La Venus de Willendorf es una estatuilla de carácter femenino hallada en Austria. La figura mide apenas 11 centímetros y su manufactura se remonta a 20 o 22 mil años atrás. Hay otras piezas más antiguas o contemporáneas a ésta, también conocidas como Venus —“Venus” es entonces un nombre genérico— que son consideradas las primeras manifestaciones escultóricas de la humanidad. No disentiré, aunque hay vestigios todavía más lejanos datados por la prueba de carbono 14; allende toda imaginación posible.

Eduardo Chillida

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Antes de continuar tengo que aclarar algo: Durante el mundial de Brasil 2014 escribí columnas para medios especializados en fútbol; de hecho, lo hice antes, en la Copa Confederaciones, y anteriormente en los Juegos Panamericanos de Río, en los que fungí de corresponsal. Redacté sobre eventos deportivos, tanto en español como portugués —o brasilero—. Escribo sobre deportes porque sé que me habría decantado por ser un pelotero de béisbol si hubiera tenido la posibilidad de elegir entre la escritura y el diamante. Jugué al beis en las ligas infantiles. Cada domingo esperaba impaciente que mi padre me llevara a los campos que están por el rumbo de Mixcoac. No había entrenamientos previos, sólo el juego.

Pronto dejé el deporte por falta de tesón, de ambición y de pasión. Me dedico a la escritura desde que recuerdo. La primera vez que conjugué deportes y las letras fue durante el mundial de Francia 98. Tengo por ahí un par de relatos alrededor del fútbol. No pateo una pelota desde hace por lo menos 15 años. Soy una persona sedentaria que se siente cómoda frente al ordenador, tifando por el Barça y por los Red Sox. Lo que quiero aclarar con esto es que no soy un comentarista ni un crítico ni un analista. Yo no juego al fútbol ni al béisbol: escribo.

Eduardo Chillida, Real Sociedad de San Sebastian

Eduardo Chillida sí nació futbolista; pero no pudo morir como tal. Quizá él mismo tenía la clave: “Hay que buscar caminos que no hayan sido transitados antes”, dijo en alguna ocasión. Chillida nació el 10 de enero de 1924 en Guipúzcoa, País Vasco, y jugó para la Real Sociedad de San Sebastián como portero. El rumor cuenta que Real Madrid y Barcelona habían visto en él al futuro Ricardo Zamora (popular portero, de los mejores del mundo en los años 20 y 30). Pero el destino —si eso existe y no es una recreación literaria de nuestras decisiones— tendió a Chillida en el escenario de una tragedia griega.

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La Venus de Willendorf hace un cameo; no, un cameo no: juega un papel secundario en la cinta Las brujas de Zugarramurdi. La Venus es la deidad principal de un grupo de brujas. En el filme tiene un tamaño colosal, anda en las cavernas en las que se reúnen las hechiceras. Espera un sacrificio para despertar. De la Venus no se sabe por qué fue esculpida y creada. Puede que sea la representación del ideal de belleza prehistórico. O la madre tierra. O alguna diosa paleolítica. ¿Quién fue el artífice de la estatuilla? Un primigenio escultor con un lenguaje oral que desconocemos; pero con un lenguaje plástico en el que reconocemos algo familiar: la recreación de lo humano.

En la temporada 1942-1943 la Real Sociedad jugaba en la segunda división de España y Chillida era el portero titular. Jugó 14 juegos y encajó 16 goles. En un encuentro contra el Valladolid —de acuerdo a una de las versiones— un futbolista de nombre Sañudo lo lesionó. “Sañudo”, que el diccionario de la RAE identifica como adjetivo y que significa “que tiene saña o que es propenso a ella”, chocó accidentalmente con Eduardo lastimándole la rodilla, lo cual le provocó una lesión conocida como “la triada”, que es la rotura de meniscos; no sencilla de operar en aquella época.

En el relato El Laucha Benítez cantaba boleros, del escritor argentino Ricardo Piglia, Archie Moore, campeón mundial de los semipesados, y que peleó un par de ocasiones en el Luna Park de Buenos Aires —ese dato es verídico—, hizo cinco rounds de entrenamiento contra un pugilista local conocido como El Vikingo. El Vikingo los aguantó. Y eso significó para él que no fue vencido. Los aguantó porque tenía que encontrarse años más tarde con El Laucha, un pibe casi adolescente que prometía mucho en el peso mosca. No quiero ser un aguafiestas, es mejor que el lector consulte el libro, Nombre falso, en el que viene incluido el relato, para entender por qué es necesario el encuentro y por qué es inevitable. Chillida tenía que encontrarse con Sañudo, quien a su vez no podría haber tenido ningún otro nombre.

Eduardo Chillida pintando

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Para Chillida el arte no estaba en el potrero. Abatido partió a París. Antes había realizado dibujos y comenzado con la escultura en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En París conoció la obra de Picasso, Julio González y Constantin Brâncuși; trabajó el yeso y la terracota enmarcándose todavía dentro de la tradición escultórica figurativa. Sus manos ya no iban a detener balones en la portería txuri-urdin (nombre del himno y mote que se le da a los aficionados del Real Sociedad), sino que se iban a dedicar a formar con diferentes materiales obras plásticas que el mundo más tarde reconocería como majestuosas.

Eduardo Chillida comienza a despuntar como escultor a principios de los 50 y en ese momento no lo sabe, pero en el futuro será considerado como el mayor o mejor artista de origen vasco del siglo XX. “El peine del viento XV”, quizá su obra más característica, fue finalizada en 1976, en la playa Ondarreta, en San Sebastián. Se trata de un conjunto de tres esculturas de acero —cada una con un peso de 10 toneladas— incrustadas sobre unas rocas que son bañadas por las olas del mar Cantábrico. Cada que las veo, pienso en diapasones. Existe una anécdota de un encuentro entre Chillida y un electricista. El eléctrico asistió una mañana al taller del escultor a hacer reparaciones. Al final del día, el electricista se dirigió por primera vez a Chillida y le dijo más menos: “Ya sé lo que usted hace. Usted hace música con el hierro”.

Eduardo Chillida retrato

Su obra no sólo remite a la música sino a la poesía y a la pintura. En sus piezas no sólo hizo uso del hierro sino del acero, el papel, el alabastro y la tierra. Chillida se permitió esa libertad que no tienen los guardametas en la cancha —el arquero es quizás el jugador con menos libertad en la cancha, a pesar de que puede hacer uso de las manos—. Chillida convirtió su tragedia en un nuevo sino. Un oficio que es inconcebible para los futbolistas.

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El Vikingo tomó su mote después de aguantar los puños de Moore. Practicó lucha libre en los circos, en los que lo bautizaron con ese sobrenombre. Aunque tímido o indiferente, le hubiera ido bien, no tenía por qué volver al box. Pero lo hizo. En el club Atenas vio por primera vez el cuerpo diminuto de Benítez. El Laucha (en lunfardo, una especie de caló bonaerense, laucha significa: de constitución menuda, relacionado a lo femenino) era un chico que no se decidía entre el box y cantar boleros. Cantaba bien, y boxeaba mejor, o boxeaba bien y cantaba mejor. Trabó gran amistad con el Vikingo, a fin de cuentas eran los más raros del gimnasio. Desde que se conocieron andaban juntos dentro del club. Laucha cantaba sus boleros, bajito, al fondo del gimnasio, y el Vikingo lo escuchaba en silencio. Además, El Vikingo le serviría de sparring arriba del ring. Quién sabe qué hacían en ese lugar, pero era el único donde podrían haberse encontrado: su particular cita con el destino.

Arte Eduardo Chillida

Quien esculpió la Venus de Willendorf, tuvo que haber sido también un cazador, o un recolector. No era un especialista en la escultura, no sólo se dedicaba a ello. Si la escultura existía como tal, lo más probable es que haya sido un chamán, un sacerdote de la tribu. Eduardo Chillida antes de ser futbolista ya había comenzado a construirse dentro de la plástica, pero quiso evitarla. Siglos antes, se había profetizado que volvería a la escultura con saña, al menos en la recreación literaria de sus decisiones, es decir, en su destino.

Edgar Khonde

Edgar Khonde

Redactor y escritor negro. Poeta de musas variopintas, gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Se ha desempeñado en los más comunes y los más extraños oficios por diversas regiones de nuestro país. Su libro más reciente apareció en 2013: Las chicas que caminaban en zancos. Ha colaborado en publicaciones como La risa de la hiena, Lenguaraz, Generación, La Jornada, así como en publicaciones virtuales y de medios libres. Hace tiempo participó en un recital de acordeón en el CC España de México, y aunque nunca lo había tocado, fue bien recibido por la crítica. En sus ratos libres, musicaliza fiestas, ve series y películas de zombis y le escribe cartas a Alicia.

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