Por Antonio Frias / @jafrias26

En una de las primeras secuencias de Eisenstein en Guanajuato (2015) el protagonista (Elmer Bäck) se queja de las moscas que lo persiguen como si fuera un cadáver. Tras este comentario se da una ducha; en el baño queda sorprendido con las eficientes tuberías y el sistema de aguas de México, y ante su guía en tierras americanas, Palomino Cañedo (Luis Alberti), compara a éste con el pobre servicio hidráulico ruso. Emocionado y desnudo Eisenstein exclama: “Todos debemos ser purificados con el agua caliente de la revolución”.

Con este fragmento podríamos resumir el polémico filme de Peter Greenaway: queda manifiesta la relación de Eisenstein con la muerte, lo mexicano y lo revolucionario como elemento liberador.

Sergei Mikhailovich Eisenstein (1898-1948) es el padre del cine ruso. Sus primeros trabajos y teorías sobre el montaje le ganaron popularidad mundial; no obstante, sus ideas políticas no eran bien vistas en Hollywood. Perdió toda posibilidad de triunfar en Estados Unidos; en cambio, recibió el apoyo del escritor socialista Upton Sinclair, quien lo motivó a viajar a México. En 1930 Sergei ideó ¡Que viva México!, su enorme proyecto inconcluso. Y durante poco más de un año recorrió estados, haciendas, museos, se relacionó con Frida Kahlo, Diego Rivera y, durante 10 días, descubrió su homosexualidad en Guanajuato.

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Británico, Greenaway explora esta odisea fílmica a través de los ojos de Sergei, un extranjero que queda perplejo ante el culto a la muerte. Bäck es el encargado de dotar al ruso en pantalla de una personalidad bufonesca y parlanchina, mientras que Greenaway se dedica a crear escenarios surrealistas, con montajes superpuestos, pantallas divididas, lentes especiales y un flujo constante de información, nombres e historias.

A sus 73 años, Greenaway se ha dedicado a sentenciar la muerte del cine como lo conocemos. “La única forma de verlo es en Festivales”, aseguró en el pasado Festival Internacional de Cine de Morelia. Tal vez por esto, y su intención de hacer un homenaje al ruso que definió los tipos de montaje, Eisenstein en Guanajuato se dedica a crear una vorágine de imágenes memorables en las que la trama puede pasar a segundo plano. “No existe lo que llaman Historia, todos los historiadores son mentirosos”, dice Palomino en una escena, curando en salud al propio director.

La relación gay entre Sergei y el mexicano funciona como metáfora de descubrimiento. La muerte y el sexo, Tánatos y Eros, son los dos elementos que le cambiaron la vida al moscovita. Su propia revolución, su bautizo en la regadera, su pérdida de virginidad, su alejamiento de la política y al final de cuentas, su humanización.

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Greenaway ha explicado que su deseo siempre fue hacer pinturas, pero que le decepcionaba la falta de sonido; su formación pictórica le permite ofrecer una película llamativa, interesante a nivel visual, repleta de elementos técnicos, con composición cuidada, con personajes únicos; sin embargo, en varios momentos se nota la falta de guión. La historia se pierde.

De cualquier forma ésta es una película que vale la pena ver en pantalla grande. Un trabajo del que Eisenstein estaría orgulloso; un intento por revivir al Cine (no, no le digan Séptimo Arte)… porque si quiere adentrar en ¡Que viva México! y el paso de Sergei por el país hay que buscar en otra parte.

Editor Yaconic

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