El ácido debió estallarnos justo cuando Christian Bland, guitarrista de los Black Angels, le estrujaba el alma a su rickenbacker. Lo malo fue darnos cuenta que nos dieron un simple timbre postal partido en cuatro que no tenía ni un rastro de ácido lisérgico, lo que nos obligó a disfrutar del primer festival psicodélico del nuevo milenio en total sobriedad.

Fotos: Toni Francois para Festival Hipnosis

El Hipnosis es un festival delicioso. Se atreve a colocar a bandas que en otros sitios son relleno de cartel y ponerlas en el lugar que se merecen. Un día vimos a los Black Angels en un festival mexicano a eso de las dos de la tarde, con unas treinta personas meneando tristemente la cabeza. Aquí, por el contrario, el quinteto texano es la fruta principal del proyecto.

Los asistentes saben a lo que van, no son esclavos del hashtag y la selfie para demostrar en donde están. Traen esas chamarras negras de cuero que sus padres ya no usan y están casi todos, como ejército de garage boys, enfundados en mezclillas de tubo. Basta con apreciar el andar de los asistentes al Hipnosis para escuchar el galope de los tacones de sus botas. Un festival de psicodelia se antoja colorido, en este caso, y en este país, ganó el negro. Todo negro: las almas, los ruidos y los paisajes.

El festival también se burló de su sede. Alguien decidió que era una buena idea hacer un festival de hard rock en el jardín deportivo del presidente mexicano. Famoso por ser el lugar en donde los mandatarios de alto rango en México se pasean sobre caballos carísimos, la unidad deportiva del estado mayor presidencial de repente se veía llena de adictos a la mota y el ácido más barato y peligroso de latinoamérica.

Cuando empezaron a explotar las guitarras, nadie se tapó las orejas. Había un ritual casi eclesiástico por admirar todo sonido que saliera del escenario. Llegamos temprano a ver el resultado de un proyecto que todos pedimos a gritos desde hace años. Hacía falta un festival así, que no tuviera el pecado interno de mezclar bandas de reggae con bandas de rock y luego de electrónico en una misma fecha. Cansados de que el Vive o el CC metieran a la licuadora cualquier proyecto en sus carteles con tal de vender boletos, un Hipnosis bien curado nos demostró que hay grandes esperanzas para curar un cartel digno.

Caminar por el Hipnosis era una forma de entender a los soldados en sus tiempos de descanso. Allá, a lo lejos, por las zonas en las que no nos daban acceso, se veía a morritos militares cansados de tantas órdenes y ese uniforme horrible que tanto les obligan a usar. Todo encima de camionetas de carga, como si fueran ganado. Uno de ellos, de cabello razo y piel tostada, quiso entrar a ver qué era todo ese escándalo que retumbaba en el jardín donde siempre había calma. Le negaron el acceso.

No pudo ver que el ritmo de la noche estuvo dominado por mujeres con doctorado en dominio de la audiencia. Stephanie Luke, la baterista de The Coathangers, supo hacer del frío un fracaso al encender la mecha que incendiaría la noche. Junto con los otros dos tercios de la banda, le enseñaron al público mexicano que desde Atlanta ya se cocina un sonido áspero y filoso del garage moderno.

Stephanie Bailey, reina y madre del tiempo en The Black Angels, dio un seminario completo de cómo tocar una batería para reforzar las atmósferas sonoras llenas de reverb y echo-drive de la banda gringa que nos recalca una sola cosa cada que los escuchamos: madurez. La psicodelia ya tiene pelos y edad suficiente para darse cuenta de su lugar en el mundo gracias a The Black Angels.

Luego el Ty Segall, con esa barriga de sureño orgulloso y esa melena a lo Cobain antes de la depresión, logró exponer la alta calidad de los riffs que se están haciendo en este siglo en California. Vestidos de blanco y faltándole el respeto al silencio, su banda quemó tímpanos para la posteridad. Era tanto el encanto de sus solos que tuvimos que orinar en los vasos de cerveza para no perder nuestro lugar, justo enfrente de la ardilla animada de la serie Animals.

Fotos: Toni Francois para Festival Hipnosis

Cuando Black Rebel Motorcycle Club apareció, los tobillos del 90% de la audiencia estaban a punto de colapsar. Habían pasado cerca diez horas de slams modestos y saltos maniacos, por lo que en pie solamente nos mantenía el espíritu de ver en acción al trío de San Francisco, California. Al salir, sus tendencias a lo oscuro abrazaron el alma de cada una de las personas que viven con los audífonos puestos con sus canciones a todo volumen para ignorar el caos de la ciudad y de la vida. BRMC es alimento y al mismo tiempo medicina peligrosa. Sus riffs son tan sencillos que es difícil imitarlos.

Fotos: Toni Francois para Festival Hipnosis

Su baterista Leah Shapiro sabe cimentar un sonido que recae en un bajo gordo y obsceno, y que brilla con una guitarra aguda como navaja y potente como misil coreano. No hay tema de este trío californiano que no nos sacuda algo en lo más profundo de las entrañas. Lejos de ser fieles al hardrock más profesional y agresivo, Black Rebel Motorcycle nos altera el espacio y tiempo sin necesidad de que la droga haga turismo por nuestras venas.

Habrá quien disfrutó el Hipnosis pedo, pacheco, ácido o hasta coco, pero lo cierto es que un festival así, con la calidad de bandas que maneja en su primera edición, es suficiente para quebrar el orden del universo y trasladar ese jardín militar a una dimensión en donde los colores se escurren por los ojos y las almas grises de los hombres se expanden al punto de tener el tamaño de los dioses. Habrá nuevo Hipnosis en el 2018 y nos llevará a ese mismo lugar.

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Dekis Saavedra

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