Por Eusebio Ruvalcaba / @eusebioruval
Ilustración: Aiysha Sipe / Behance

1) Cuando se camina en la calle, el encuentro sobreviene. De hecho, es el lugar idóneo para un encuentro. Mejor aún que un parque. Que un café. O que una cantina.

2) Cada persona que camina lleva en el entrecejo las ganas de estrechar la mano de alguien. No hay quien se niegue a dar la mano. Se sobreentiende que priva la desconfianza. Que cada quien camina con las alas del ángel de la protección a sus espaldas. Pero aun así, la disposición existe.

3) El encuentro callejero conduce a terrenos inusitados. Aquel que viene ahí tiene algo que decirme, se dice el futuro dador de manos.

4) Todo encuentro callejero consta cuando menos de dos personas. El que viene y el que va.

5) Aun en el más desolado encuentro callejero alguien extiende la mano, y espera ser correspondido. Y no es cosa de educación sino de solidaridad.

6) Es difícil darle la mano a una mujer. Que un hombre le dé la mano a una mujer no es de lo más común. Cien veces se prefiere el beso.

7) De desconocido a desconocido, la cosa es entre hombres. Porque algo tiene de desafío. Son dos animales en igualdad de condiciones. Darse la mano exige poner a prueba el instinto. Ponerse a prueba. Como en un volado.

8) Por más malencarado que sea el receptor del encuentro, algo le dirá que está en el camino correcto. Que aquel transeúnte que tiene enfrente y a quien no conoce, viene en son de paz. Si es doblemente carismático, optará por un abrazo. Ya entrados en gastos.

9) Cuántas amistades se resolverían con un simple encuentro callejero. Ahí principiaría una atracción. De mortal a mortal. Con la mano del otro en la propia mano, se toman resoluciones, se avistan futuros, se hace hincapié en el futuro compartido.

10) Entre dos desconocidos que se topan en la calle, existe una diferencia enorme entre darse la mano de día y dársela de noche. A todas luces resulta inaudito. Piénsese en que uno de ellos se queda con la mano plantada. Que se resiste a darla. En su cabeza se sentirá ufano del resultado. Gracias a Dios me libré, se dirá en la intimidad. Jamás se le ocurrirá que de lo que en realidad se libró es de entablar una nueva amistad. A la cual también tiene derecho. Tanto como el otro a quien dejó plantado.

11) La fama, la popularidad va por delante cuando de dar la mano se trata. Porque el encuentro no acontece entre dos hombres, sino entre un fanático y una celebridad. Un encuentro nada aconsejable. Que no va hacia ninguna parte. Aunque pueda ser todo lo bienintencionado que se quiera.

12) Basta con verse las manos para que la desconfianza se fragüe. Apenas ayer, las madres aconsejaban a sus hijos no dar la mano en la calle por temor a pescar alguna enfermedad. Era un buen pretexto. Cuando menos los hijos encontraban un motivo ideal para ser mal educados.

13) Que dos hombres se detengan para darse la mano es buen espectáculo. Y si están sentados, que se pongan de pie. También lo es. ¿De dónde proviene esa ceremonia? Sobre todo entre desconocidos, imposible saberlo. ¿Cristo se la extendería a quien fuera? ¿Mozart?, es más probable. ¿Beethoven?, es de dudarse pues siempre andaba de pésimo humor. ¿Pero desde cuándo existirá la costumbre de darse la mano?

14) Cuando un hombre da la mano, lo que está dando es todo su ser envuelto de piel. Desde el primero hasta el último músculo. Desde la primera hasta la última gota de sangre.

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