Por Daniel Herrera / @puratolvanera

Ilustración: Alex Xavier Aceves Bernal

Eran casi las dos de la mañana y en aquel sucio bar quedaban apenas tres mesas. La mayoría se habían largado y los que no querían acabar con la noche eran tres hombres por completo borrachos, una pareja de ancianos que estaban juntos por pura costumbre y un hombre solitario que sólo se movía para beber de su cerveza. Los meseros aparentaban limpiar el lugar y lo hacían muy bien porque la suciedad no desaparecía. El dueño cerraba cuentas y nos veía de vez en vez con ojos cansados.

Nosotros, el grupo, nos lanzábamos con la poca energía que aún teníamos con “Una aventura” de Grupo Niche. Mientras cantaba el coro, “reventamos, estamos que reventamos…”, observé lo que quedaba de la fiesta y estuve a punto de deprimirme. Lo único que me mantenía de pie era la promesa del dinero acordado días atrás.

El blues del huesero DANIEL HERRERA

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En el mundo de la música se le llama “hueso” a la acción específica de tocar en bares, fiestas, bodas y similares, canciones que sonaron o suenan en la radio todos los días. Muchos músicos disfrutan el hueso, aunque casi todos afirman que les gustaría tocar otro tipo de música. Y, aunque el hueso no debería avergonzar a nadie, la expresión casi siempre es la misma: “Sí, tocamos ‘De música ligera’ porque, ya sabes, le gusta a la raza”.

El huesero se debe a su público y depende por completo de éste. No tiene casi espacio para perseguir obsesiones personales ni para experimentar. Observa y escucha a la multitud y elige las canciones que deben funcionar para que la fiesta avance hacia su final, orgiástico y casi siempre alcohólico, de forma suave y discreta.

Algunos hueseros son completamente lambiscones; otros adoptan pose de estrella de rock. Al final, nada de eso importa porque lo importante es sobrevivir un día más. La vida del músico de hueso es una pelea constante contra la miseria. Algunos ganan por nocaut; otros terminan mallugados y enredados entre las cuerdas.

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Me había negado al hueso desde hacía varios años. Yo no andaría cada fin de semana tocando a Maná sólo por unos pesos. Para nada.

Lo que yo quería era ser jazzista. Desde chavo me imaginaba con mi contrabajo, mi boina y mi ropa descuidada tocando un walking en un bar oscuro de Nueva York. Si no era eso, entonces pensaba en ser un rockstar al estilo white trash, con un Rickenbacker colgado de los hombros, viajando de ciudad en ciudad, con múltiples groupies en mi cama cada noche. Rock o jazz, nada de pop comercial; mucho menos cumbias. Un pedante imbécil total, sí, pero pensaba que la música era muy importante.

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Prefería trabajar en lo que fuera antes de traicionar mis ideales. Entonces: ¡¿Cómo fue que terminé tocando salsa, cumbia y bachata?!

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Como todas las historias que involucran el fracaso de un escritor, la mía comenzó con una beca. Había publicado mi segundo libro y llegué a una conclusión: tenía que abandonar casi todo para dedicarme a escribir. Mi hija era pequeña y los gastos no sobrepasaban mis ingresos.

Decidí que apostaría por las letras con la idea de trabajar lo menos posible. Mandé al carajo la música y cualquier otra actividad que me impidiera escribir. Guardé mi bajo y todo lo relacionado con él. Fue tal la obsesión que hasta casi abandono las borracheras los fines de semana.

Hice, además, lo que todo escritor de este país hace por lo menos una vez en la vida, aunque algunos lo nieguen: pedir becas. Y tuve tan buena fortuna y habilidad que pronto conseguí una estatal. Al año siguiente me gané el FONCA de Jóvenes Creadores. Esas becas me permitieron escribir Melamina (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012) y Quisiera ser John Fante (Editorial Moho, 2015), además de vivir como un pequeñoburgués de pacotilla.

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Entonces se le ocurrió a mi mujer que debíamos tener otro hijo y, por extraño que parezca, no pensé que fuera mala idea. Cuando la beca federal terminó yo tenía ya dos hijos. Uno de ellos era alérgico a la caseína y necesitaba una leche especial. Cada bote me costaba 500 pesos y aquella bestia desdentada bebía como si supiera que cada biberón volvía a sus padres más miserables.

A todos los becados nunca nos dicen qué hacer cuando el dinero deja de fluir. Nadie nos explica cómo es que la pobreza regresará de golpe. Aquellos que ya tienen experiencia tal vez sepan lidiar con la desgracia programada, pero los primerizos no sabemos hacia dónde correr cuando la cuenta bancaria queda en 36 centavos. Tardé seis meses en recuperarme de la bomba de pobreza que explotó sobre mi casa.

Cuando por fin entendí que nadie me iba a regalar dinero por un poco de esfuerzo, me encontré a mí mismo revisando las irrisorias habilidades que tenía. Maldije mis estudios universitarios y volteé a ver el instrumento que llevaba guardado varios años en un rincón de la casa.

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Las balaceras y masacres habían desaparecido en Torreón. La ciudad parecía regresar a la aburrida rutina de una urbe ranchera con ínfulas de cosmopolitismo. Los bares comenzaban a aparecer como ronchas de pulga por aquí y por allá. En menos de un año la vida nocturna no sólo volvió, sino incluso lo hizo como un orgasmo: embarrando el centro con cafés, restaurantes, bares y food trucks.

Era el momento correcto así que hablé con los músicos que conocía. En poco tiempo ya estaba armando un pequeño grupo de jazz vocal. Hasta que mi amigo y experto en el hueso, Thom Yorke Comeburritos, me invitó a tocar música que se baila. Al principio dije que no. Luego me llevó a una cantina, compró dos cervezas y en menos de diez minutos estaba subido al barco del hueso.

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El siguiente paso fue dejar atrás mis gustos musicales; adaptar el oído a nuevos géneros y tragarme la supuesta dignidad snob que me impedía acercarme a todo tipo de sonidos.

Tocar salsa fue más complicado de lo que esperaba. Es una camisa más ceñida que la del jazz y rítmicamente exige mucha concentración. La cumbia fluyó con suavidad y la bachata me pareció lo más aburrido, repetitivo y cursi. En fin, cada vez que toco una canción que desprecio siempre pienso en el dinero. ¿Quién dijo que el dinero no da la felicidad?

A base de ensayos y perseverancia logramos que el público de un bar bailara durante casi cuatro horas. Un pequeño triunfo para cualquier huesero.

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Durante dos años presencié todo tipo de espectáculos extraños, algunos casi depresivos y otros hilarantes.

He visto las mujeres más hermosas, todas nalgas y tetas desafiantes, cargar a borrachos agresivos que van soltando dinero por donde pasan. También vi hombres solitarios buscando atención de la primera joven que volviera su mirada hacia ellos. Recuerdo a ancianos bailarines que se embarraban contra discretas prostitutas. He visto clientes espléndidos que pagaron por cuatro canciones lo que yo ganaba en toda la noche y también seres miserables que se negaron a soltar 20 pesos.

También fui testigo de un hombre acosando a una mesera, queriendo meterle mano, mandándole besitos y del resultado: una madriza grupal que recibió de parte de los demás meseros, cocineros, garroteros y guardias.

He visto a un hombre viejo imitar a Juan Gabriel, vender sus discos y llorar en el escenario. También a dos cantantes vestidos de mariachi conectar su computadora al equipo de sonido y cantar karaoke durante una hora mientras se comportaban como estrellas de la música secretaril de los ochenta, frente a un auditorio lleno.

Encontré a un tecladista y cantante que llevaba a su novia al restaurante en el que trabajaba para que lo observara embobada mientras, a un lado suyo, el cargador del equipo intentaba seguirlo con una guitarra desconectada.

He visto a montones de músicos ponerse borrachos en el escenario creyendo que los noventa pronto regresarán y ellos, ahora treintones, podrán intentar una vez más conseguir la fama.

He lidiado con dueños de bares que no quieren pagar y con dueños que cancelan a última hora. Me han intentado comprar con cerveza y comida, como si todavía tuviera 15 años.

Comensales ebrios me han exigido que toque “Hotel California” una y otra vez. También que toque banda. Saca la tuba y toca banda. ¿A poco no tocan banda? No mamen.

He visto la lenta desaparición de un bar bajo una renta asesina de 30 mil pesos al mes. He observado cómo el estrés se traga al dueño, quien al final no le queda más que dejar la inversión millonaria que hizo dos años atrás.

Me han pedido fotos y autógrafos. Sí, a mí, un bajista de un grupo de variedad. El colmo de lo extraño.

Viajé a un pueblo en medio del desierto donde las llamadas de celular no salen ni entran jamás, dejando claro que Telcel no llega a todo México, pero las cumbias sí. En ese mismo lugar, probé la adobada más deliciosa que ha pasado por esta lengua que canta coros y ánima al público cuando es necesario.

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Estuve en una fiesta de narcos. Menores, pero narcos. Tocando canciones que cantan las mujeres jóvenes y las mujeres adultas y las mujeres ancianas. En donde me dieron de cenar carne asada y frijoles charros y pagaron con billetes de 500 y mil como si estuvieran dándonos una propina, como la que damos a quienes les ponen gasolina a los autos.

He tocado en extrañas fiestas infantiles donde los niños no juegan. Todos están sentados en mesas para adultos y les dan de comer bagels de queso crema con salmón. En despedidas de solteras y en bodas civiles, en las que el novio estaba aburrido porque eso de casarse ya lo había hecho un par de veces. En casorios de millonarios en los que alternamos con grupos de rock y norteño, una sonora, una banda y un Dj. He bebido los mejores licores y me han invitado a comer como si fuera parte de la familia. Me han negado un vaso de agua y me han pedido que toque y me retire.

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Todo es distinto. Lo único que permanece es la música como un empleo. Uno de los mejores que he tenido.

Fueron tiempos extraños; serán siempre tiempos extraños. El hueso nunca muere.

Editor Yaconic

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