Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto

Basada en la premisa de saber cómo se tasan las vidas humanas por las aseguradoras en el mundo del capitalismo insaciable en el que vivimos, con El capital humano (Il capitale umano, Italia, 2013) el director y guionista italiano Paolo Virzì realiza un estudio —a manera de ensayo cinematográfico— sobre los valores personales y como éstos no encajan en la frivolidad del mundo en que vivimos.

Cartel Il capitale umano, Italia, 2013

Basado en el libro Human Capital del escritor Stephen Amidon,  Virzì parte de una historia sencilla pero compleja en recursos y estructura narrativa: el día de Navidad, un ciclista es atropellado de noche por una lujosa camioneta. El accidente trastoca la estabilidad de tres familias: la del millonario Giovanni Bernaschi, un especulador financiero que ha creado un fondo que reditúa cifras increíbles con las que embauca a sus inversores; la de Dino Ossola, ambicioso agente inmobiliario cuya empresa está al borde de la quiebra y la de Luca Ambrosini, pretendiente de su hija.

El director se apoya en un fuerte casting de actores, cuyo ensamble coral permite contar la historia de una manera no lineal para otorgarnos distintos puntos de vista en torno al mismo tema: los valores humanos, sus matices y dónde encajan éstos en la pretendida posmodernidad avasalladora. El filme está dividido en cuatro episodios, siempre precedidos por un título, a saber: “Dino”, “Carla”, “Serena” y, a manera de epílogo, “El capital humano”.

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Dino, interpretado por Fabrizio Bentivoglio, es dueño de una agencia de bienes raíces. Al llevar a su hija Serena a casa de Giovanni Bernaschi (Fabrizio Gifuni), padre de su novio, Dino se entera del Fondo Bernaschi que promete dividendos de ensueño. Esto, aunado a una mirada al lujoso estilo de vida de la familia, despierta en él ambiciones empujadas por la pretensión de figurar en la alta sociedad italiana. En este sentido, Dino es el personaje más cercano al espectador, ya que es un hombre de familia de la clase media trabajadora.

Carla, encarnada por Valeria Bruni Tedeschi, es la esposa trofeo de Bernaschi. Madura, exquisita y elegante, se dedica a su familia, a salir de compras y a involucrarse en obras de caridad. Sin embargo, una profunda insatisfacción se esconde tras la opulencia de su estilo de vida. Paulatinamente se va revelando lo que tuvo que dejar atrás en aras de una posición social y de la estabilidad económica que la tienen insatisfecha en el marasmo de la cotidianidad. Cabe destacar que éste es el segmento mejor logrado, ya que la actuación sutil y llena de claroscuros corren la cortina sobre la sensibilidad femenina, sus frustraciones e, incluso, la infidelidad y el erotismo. No es casualidad que Bruni ganara en el Festival de Tribeca 2014 como mejor actriz, y fuera nominada en el mismo rubro para los Premios del Cine Europeo del mismo año.

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Serena, interpretada por Matilde Gioli, es la hija de Dino y pretendida novia del hijo de la familia Bernaschi que, como toda adolescente, tiene una vida en conflicto y llena de secretos producto de decisiones propias del paso a la madurez. Conocemos a una joven talento de la escena italiana, cuya actuación es la más intensa y llena de drama, sufrimiento y dolor. Su belleza sólo rivaliza con su contenida actuación, que va in crescendo hasta alcanzar el clímax. También se introduce a Luca Ambrosini, protagonizado por un discreto pero efectivo Giovanni Anzaldo, como el atormentado artista enamorado de Serena.

En “El capital humano”, último fragmento del filme, confluyen todas las historias anteriores de una manera natural y fluida, a diferencia de tantas películas cuya narrativa de múltiples enfoques, historias y subtramas, parecen forzar la fusión. Éste no es el caso, pues Virzì nos entrega una producción compacta, casi íntima, cuyo atisbo de la sociedad italiana es de una universalidad rampante.

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No por nada el espectador se encontrará compenetrado con todos los personajes y sus avatares, casi casi como si se tratara de una telenovela en la que uno no puede evitar sentir identificación y curiosidad por los destinos de sus protagonistas; una tragicomedia que no por la frialdad de lo retratado escatima en momentos divertidos y de descanso para el espectador, ya que sus 111 minutos transcurren veloces gracias a los distintos ritmos que el director imprime a cada episodio.

En conclusión, El capital humano es un filme bien logrado, altamente recomendable, cuyo objetivo principal es provocar la reflexión —por momentos filosófica— en el espectador, sobre todo ante la gama de emociones por la que nos hace atravesar con el único fin de hacernos pensar: ¿Cuánto vale la vida humana? ¿Cuánto vale mi vida? ¿Cuánto…?

 

 

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