Por Aída Quintanar

Pensar en la ciencia da hueva. Leer del cerebro mucha más. Los profesores y los libros de biología la cagaron en grande. Por eso el mundo y las escuelas necesitan más hombres como David Eagleman (Nuevo México, 1971) o la estrella del rock de la neurociencia.

David, pequeño genio, supo transformar un tema difícil en un mensaje adictivo y profundo con El cerebro. Nuestra historia (Anagrama, 2017). Porque comprender mejor al cerebro es arrojar luz al misterio de quiénes somos y entender más de casi todas las cosas.

Ahora mismo la máquina perfecta de tu cabeza realiza miles de operaciones para entender este texto. Ignoras que en la realidad vives retrasado, como en un video en el que el audio va en un tiempo diferente a la voz de los personajes. Y es que mientras tus ojos envían imágenes al cerebro, este tarda un momento en traducirlas.

el cerebro david eagleman

Ignoras también que el cerebro humano nace enormemente incompleto y por eso a diferencia de todos los animales tardamos más en aprender a caminar, hablar e incluso razonar. Pero esto no es una debilidad; al contrario, nacemos inacabados para ser moldeados. Esta capacidad nos permitió, como especie, conquistar todos los ecosistemas del planeta.

El proceso de construcción de un cerebro se prolonga hasta los 25 años, pero nunca deja de transformarse. Nuestra personalidad y forma de ver las cosas cambian constantemente, visiblemente cada diez años. Nadie es igual a otro porque quienes somos depende en gran medida de dónde hemos estado, qué hemos visto, escuchado o sentido. Llamamos plástico a todo lo que puede moldearse y mantener la forma. El cerebro lo es. La experiencia lo cambia y esa modificación la mantiene.

Por ejemplo, la estupidez que abunda en la adolescencia tiene una explicación neurocientífica. Los adolescentes son detestables porque a esa edad se activa la Corteza Prefrontal Medial: la región del “Yo”. Pensar en uno mismo es prioritario. Los comportamientos de riesgo son más tentadores que para un adulto, pero también son emocionalmente hipersensibles y menos capaces de controlar una emoción.

Ahora bien, la memoria es una verdad a medias o una mentira creíble. Nuestros recuerdos del pasado no son un registro fiel de lo que realmente sucedió: cuando el cerebro cambia, nuestra personalidad también. Los hechos no se perciben como fueron, sino como somos ahora.

La materia de nuestro cráneo nos permite movernos por el mundo. De ella surgen las decisiones, las emociones, la creatividad, la imaginación. En El cerebro. Nuestra historia, David Eagleman reflexiona sobre quiénes somos, qué es la realidad, quién controla nuestras acciones y cómo la ciencia puede ayudarnos a superar las limitaciones de nuestro propio cuerpo. Su pretensión consiste en salvar el abismo de la literatura académica y las vidas que llevamos como poseedores de un cerebro.

Con El cerebro. Nuestra historia, Eagleman, ha dicho el Texas Monthly, “pretende hacer con la neurociencia lo mismo que hizo Carl Sagan con la astrofísica… y lo consigue.”

Entre el enredo infinito y denso de miles de millones de células y sus miles de billones de conexiones hay algo que no hemos vislumbrado, que no esperábamos ver pero que está ahí: nosotros mismos.

Editor Yaconic

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