Texto y fotos por Miguel J. Crespo / @migueljcrespo

La primera vez que platiqué con Anado McLauchlin se quería desnudar. Pero lo que estamos filmando no tiene que ver con tu desnudez, le dije. La segunda vez insistió en quitarse la ropa. Pues entonces hazlo, le contesté. Y ahí estaba yo, frente a él. Encuerado, Anado, hacía una serie de movimientos rarísimos, como si estuviera bailando.

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El chico de Oklahoma (2016) nos cuenta la vida de Anado McLauchlin, uno de los artistas psicodélicos sobrevivientes del movimiento hippie de los sesenta. Es el primer documental que Julio Carlos Ramos dirige. Aunque su trayectoria es notable; ha realizado videoclips con Belinda y Madame Recamier, además de cortometrajes y videoartes.

julio carlos, el chico de oklahoma

Julio Carlos / Foto: Miguel J. Crespo.

Estudió comunicación en la Universidad Iberoamericana e hizo estudios de cine en la Universidad de Valencia, en España, pero confiesa que solo se quedó allá por una novia.

Julio Carlos camina con cadencia. En la cabeza lleva un sombrero negro, viste camisa blanca y pantalón negro. Una pashmina gris se enreda en su cuello , el bigote y la barba son delgados: crean una flecha que apunta a su nariz, donde descansan unos lentes que solo permiten ver sus ojos cuando el sol pega de frente. El atuendo lo completan pulseras, anillos y tres arracadas en el lóbulo izquierdo.

Julio Carlos es místico y también director de cine.

¿Quién es Julio Carlos?

Soy yo (risas). Tengo 34 años y encuentro en el cine una forma de expresión. Pero podría a ver hecho cualquier otra cosa para expresarme, me considero una persona expresiva. Estoy en busca —no sé si decir la verdad cualquiera que esta sea—, pero estoy haciendo preguntas y encaminándome a ver que sucede en este mundo.

¿Cómo llegaste al cine?

Empecé escribiendo. Entré primero a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y luego por asares del destino me fui a la Ibero, ahí estudié comunicación. Tenía claro que quería escribir y actuar, eso me gustaba desde chavito. Salí en telenovelas, pero no te voy a decir en cuales (risas). No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero fue una experiencia divertida. Hice varias obras de teatro, luego dirigí algunos cortos.

julio carlos, el chico de oklahoma

Julio Carlos / Foto: Miguel J. Crespo.

¿El chico de Oklahoma es tu primer documental?

Bueno, había hecho cosas para televisión. Hice contenido para canal 11 y edité un programa de Canal 22 que se llamaba Los alimentos terrenales. También he realizado videoartes y videoclips, pero este es mi primer largometraje documental.

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“Conocí a un hombre del cual me enamoré y no creí que eso fuera posible. Pensaba que solo se trataba de sexo, no de amor, pero había amor en mi corazón”, dice Anado en una de las escenas del documental.

Lleva ropa y tenis de todos colores. Juega con dos perros, en señal de que están felices, los caninos se paran de manos y mueven la cola. Durante los 90 minutos del filme la vida de Anado transcurre entre performance teatrales, entrevistas, stop motion, hyperlapses y paisajes de la Cieneguita en San Miguel de Allende, Guanajuato. Ahí está ubicada “La Casa de las Ranas” y su  galería The Chapel of Jimmy Ray.

El documental es un retrato  de la vida y obra de Anado, pero también es un refresh a la memoria. Nos lleva de la mano de McLauchlin a través de su truculenta juventud en la que estuvo a punto de ser reclutado para pelear en la Guerra de Vietnam. Pasando por el verano del amor en 1968, su vida de excesos en Nueva York, su acercamiento a las drogas y su paso por la India, donde fue discípulo de Osho,“Gurú del sexo”, durante once años.

el chico de oklahoma

¿Cómo encontraste la historia de Anado McLauchlin?

Yo siempre creo —aunque suene trillado y cursi— que las historias te encuentran a ti. Eso me pasó con Anado, yo estaba dando clases de actuación en el taller Séptimo Arte y el director del grupo me invitó a un performance a las afueras de San Miguel de Allende. No sabía quién era Anado. Me fui sin saber nada, me llevé mi cámara, un micro y ya. Cuando lo conocí me impactó desde que entre a su casa, la galería es una cosa espectacular y se siente una vibra muy particular, muy social.

Anado me vio grabando el performance, se acercó y me dijo “tú a qué te dedicas”, le contesté que hacía videos musicales y después tuvimos algunas conversaciones por correo. Le envié algunos de mis trabajos y me invitó a hacer un videoarte de la escultura de calavera en la que trabajaba.

Me pareció interesante todo lo que me contaba acerca de su vida. Me enamoré del personaje, de su vibra, de su casa, de su hospitalidad, de su forma de ser. Yo estaba en un momento de confusión, más que ahora. Y estar en su casa me daba mucha paz. Estaba creando algo brutal que era para él, eso me gustó muchísimo.

¿En qué momento decides que quieres hacer un documental sobre la vida de Anado?

Cuando empecé a editar el rough cut me di cuenta que era muy largo. Pero aún no tenía un documental, sino una alabanza a su vida. Entonces se lo mostré a Sarah Hoch, directora del festival internacional de Cine de Guanajuato, ella me orientó con respecto a la estructura.

Ya con una idea desarrollada hicimos investigación y análisis para no hablar solo del personaje, sino que él nos diría pie a hablar de otros temas como la religión y las mal llamadas drogas, que son más bien sustancias que te pueden conectar con otras formas de pensamiento. También hablar sobre lo que significa lo divino. Esos temas tan eternos y fundamentales como vida y muerte. ¿Qué significa estar vivos? ¿Qué significa morir? ¿Por qué morimos? ¿Qué hacemos en esta vida? Todas esas preguntas que la gente, que tiene medio hámster caminando, se pregunta.

el chico de oklahoma

Anado McLauchlin y Richard Schultz.

 ¿Cuál es el vínculo que encuentras entre Anado y San Miguel de Allende?

Creo que la primera es de tipo sociológico. Es un espécimen, y utilizo la palabra no de forma despectiva, sino en sentido estadístico. Anado es un ejemplo de toda la gente suigéneris que vive en San Miguel de Allende. Se han dado distintas olas de migración de norteamericanos, la primera creo que fue por ahí de los cincuenta. Muchos son veteranos de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam. Anado es uno de ellos, aunque no haya participado directamente en la guerra, pero  forma parte de ese grupo.

Tú llegas a San Miguel de Allende a las fiestas de Anado y es como si los setenta revivieran, está lleno de hippies de su edad, entre 60 y 80 años, y están bailando. Es una fiesta de viejitos.

Digamos que Anado es el más representativo de toda esta banda que vive en San Miguel. Él llegó un poco por inercia, pero la personalidad que ha creado a lo largo de los años permeó a toda la sociedad de la Cieneguita. Hoy es una leyenda, todos saben quién es.

En el documental podemos ver algunos performance teatrales, ¿cómo los enlazas con la vida de Anado?

Anado es un artista del collage que mezcla muchas cosas y muchas técnicas en su arte. Yo decidí desde el primer videoarte que esto tenía que ser un collage. Entonces invité a distintos fotógrafos; por eso hay hyperlapses y drones. Porque en distintas fases de la película —según sentía yo que funcionaba—  llamaba a uno u otro fotógrafo para que hicieran distintas cosas. Así no tendría la mano de un solo fotógrafo, sino varias pinceladas.

Los montajes teatrales son de la compañía Cartaphilus Teatro. Su director Luis Ibar y Alma Bernal, la coreógrafa, armaron un laboratorio para una obra de teatro que tenían y decidí ponerlos en la parte del documental para que en esos performance escénicos construyeran o de alguna manera metaforizaran las etapas de la vida de Anado.

Hay un performance en específico que me parece increíble. Son cuerpos que simulan montañas vivas.

Esa escena fue muy afortunada. Fue un experimento. Vi un comercial de Hinds (risas) y los cuerpos parecían montañas. Desde chavito voy a Zipolite y me encanta que la gente se encuere y me encanta estar desnudo y que todo el mundo esté encuerado. Siento que es un estado natural que deberíamos explotar más.

Entonces decidimos armar montañas humanas bañadas en lodo. Estaba muy clavado en las retroproyecciones de Tarantino y quería experimentar con eso. Durante la grabación el gaffer pasó por atrás e hizo una sombra que no estaba planeada y dije “¡güey que increíble!” Esto tiene que ser una escena de amor, pensé, y entonces le dije a mi mujer y a mi compa, Carlos Armenta, que estaban ahí, que se encueraran.

—Pónganse atrás y acérquense lentamente.

Luego pusimos un timelapse de nubes para rellenar el fondo y los cuerpos son montañas con vida.

el chico de oklahoma

¿Quién es Anado para ti?

Sabes, como que toda la vida he sentido una cierta filia por buscar figuras paternas y Anado es una de ellas. Es un maestro, me ha guiado quizá sin saberlo, a través de él y de todo lo que me cuenta. Le dio un giro a mi vida, a lo que yo pensaba a nivel personal y profesional. Lo considero también un gran amigo y una persona que admiro mucho, no solo por su técnica artística, sino por lo que quiere decir a través de lo que está haciendo.

¿Y de Richard Schultz , qué puedes decir?

La pareja Richard y Anado funciona perfecto, porque son un equilibrio. Richard le dio a la vida de Anado estabilidad; apoyó económicamente a Anado para que él pudiera dedicarse únicamente a ser un artista, que era lo que él quería. Le dio coraje y lo impulsó a creer en sí mismo. Anado es una figura reveladora para Richard, lo hizo ser libre y darse cuenta que no es necesario estar sujeto a tantas reglas.

Finalmente creo que son una pareja hermosa, me encanta que sean un ejemplo de amor, de complicidad. Esto va a sonar súper hippie y ridículo, pero creo que el amor es lo único realmente importante en el mundo. Cualquier tipo de amor; el amor filial, el amor que le puedes tener a un hijo o a un amigo. Hay amigos que se vuelven tu familia y son esos lasos de amor los únicos que prevalecen a través del tiempo y lo único que importa sobre todo.

Para mí Richard y Anado son el ejemplo de cómo se tiene que construir el amor.   

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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