Por Alberto Acuña Navarijo / @loungeymartinis

Existe la impresión de que cada vez que el cine mexicano contemporáneo pasa a la palestra para reflexionarlo, surge una enconada y estéril discusión entre realizadores, críticos y espectadores que podríamos resumir como Nosotros los pobres del cine de nicho Vs. Ustedes los ricos de la sala comercial. Estéril porque en el fondo, detrás de esa aparente incompatibilidad de formas y ambiciones, habita una preocupación generacional: la permanencia en el imaginario colectivo.

En más de una entrevista, Jorge Ayala Blanco, patriarca de la crítica cinematográfica en México, ha señalado una verdad incómoda pero inapelable: en nuestro contexto postindustrial resulta imposible que los directores construyan carreras a largo plazo, como sí llegó a ocurrir con los realizadores oficialistas del Echeverrismo en los setenta. Ya no existen películas sino casos de películas, en los que regularmente confluyen —y se confunden— óperas primas y óperas póstumas. De ahí que ser convocado para escribir un texto que busque conjuntar a autores jóvenes sobresalientes del más actual cine local no se trate de una tarea tan sencilla como pareciera a simple vista.

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Las oscuras primaveras.

Barajeando nombres encontré el primer conflicto: si se toma en cuenta que las películas de un director pueden estar separadas por varios años de diferencia, ¿dónde ubicar generacionalmente a un cineasta cuyo debut no es reciente pero su trayectoria es incipiente? Por ejemplo, ¿es pertinente o no incluir a Ernesto Contreras si Párpados azules es de 2007, Las oscuras primaveras, su siguiente cinta, de 2014 y Sueño en otro idioma de 2017?

La opción puede ser compactar espectros y distancias. Sin embargo, he aquí un segundo dilema a resolver: difícilmente se pondrá en entredicho que títulos como No quiero dormir sola (de Natalia Beristaín), Halley (de Sebastián Hoffman), Cumbres (de Gabriel Nuncio), Regina (de Javier Ávila), Somos Mari Pepa (de Samuel Isamu Kishi Leopo), Güeros (de Alonso Ruizpalacios), González: falsos profetas (de Christian Díaz Pardo) o Tiempos felices (de Javier M. Henaine), son debuts interesantes e intrigantes. Empero, de algún modo se terminaría seleccionando a sus directores a partir de la inmediatez y lo meramente promisorio, como comúnmente ocurre en este tipo de listados. ¿Podemos considerar lo quimérico como representativo de una cinematografía?

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No quiero dormir sola.

Después de descartar las consabidas fórmulas prevaleció un crisol de cinco cineastas contemporáneos que cuentan con filmografías breves, pero que ya logran presumir una personalidad delineada y clara.

TATIANA HUEZO, EL VIRTUOSISMO PLÁSTICO

Tenemos a Tatiana Huezo. Con su obra documental ha rescatado poéticamente historias anónimas relacionadas con la pérdida, el dolor, la muerte, la memoria, la maldad y el miedo. El lugar más pequeño (2011) se centra en un grupo de hombres y mujeres que rememoran cómo fue subsistir en un pequeño pueblo salvadoreño durante 12 años de guerra civil, así como los efectos colaterales. Aquí se marcan dos constantes para su trabajo posterior: los testimonios en off que le devuelven la humanidad a sus personajes y un virtuosismo plástico, en este caso con una cámara inquieta registrando la cotidianidad de estas personas y su entorno, rehuyendo de una manida iconografía rural propia de escuela de cine.

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La tempestad.

Hermanándose, Ausencias (2015) y la prodigiosa Tempestad (2016) describen recorridos por un México ominoso y alienado, protagonizados por mujeres despojadas de su identidad y dignidad por un sistema inoperante, intentan mantenerse ancladas a la realidad. Mujeres que después de años siguen enviando mensajes al celular de su marido secuestrado con la latente esperanza de volverlo a ver, o que fueron absorbidas por el tráfico de personas. El impresionante plano del cielo ennegrecido que vaticina un nuevo estallido de virulencia, a la mitad de Tempestad, captura en segundos el actual estado de ánimo del país.

DAVID PABLOS: LA FAMILIA MALDITA

En el universo de David Pablos la herencia familiar se traduce en maldición, una suerte de error de raíz. En el mediometraje La canción de los niños muertos (2008), un padre y sus hijos preadolescentes se esconde del mundo en una choza a las orillas de una playa desierta tras la muerte de la madre, de la cual estos lo responsabilizan. La inacción de este hombre pusilánime impelerá al único hijo que lo defendía a abandonarlo.

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Las elegidas.

En La vida después (2013), un par de hermanos que carga con la depresión y autodestrucción de su madre —cada uno a su manera— emprenden un road trip a Cananea, cuando descubren que ella ha desaparecido dejando una escueta nota. En Las elegidas (2015), un joven se sumerge en una espiral de engaño, chantaje y crimen, cuando es obligado por su familia a introducir jovencitas en el mundillo de la explotación sexual.

Con Pablos tenemos tres filmes sobre la ausencia emocional en los que sus respectivos personajes se mueven a partir de un pasado idílico, y en los cuales el director muestra una madurez notable, eligiendo los silencios, los gestos sutiles, las miradas, los encuadres cerrados que reflejan tragedias o sentencian destinos.

MARCELINO ISLAS HERNÁNDEZ, LA COTIDIANA MONOTONÍA

Marcelino Islas Hernández ha escrito y realizado relatos mínimos, sensibles y cotidianos alrededor del aislamiento, la frustración, la vejez y la monotonía. Martha (2010) tiene como protagonista a una solitaria archivista en una aseguradora que un buen día prescinde de sus servicios, debido a la nueva tecnología. El encuentro con una joven encargada de digitalizar los papeles de la empresa pasará de la desconfianza a la complicidad.

A su vez, en La caridad (2015), un matrimonio que acababa de cumplir su trigésimo aniversario sufre un accidente automovilístico que no solo provoca que él pierda una pierna, sino que pone de manifiesto una crisis soterrada desde hace años atrás, llena de rutinas y vulgaridades (un éxito de los Hermanos Carrión sonando con insistencia, el programa matutino en la televisión, un cuadro tosco y odiado colgado en la sala). La llegada de una atractiva enfermera con su propia historia de relaciones efímeras representará la fantasía inalcanzable.

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La caridad.

LEX ORTEGA, EL MÁS VIOLENTO DEL CINE MEXICANO

En los confines se encuentra el enfant terrible del cine gore, Lex Ortega. Si bien en 2015 se estrenó en festivales Atroz, su ópera prima, estamos frente a un director con discurso y estética completamente definidos gracias a una serie de cortometrajes. Esto en una época en que cualquier publicista convertido en cineasta inofensivo quiere hacer su película de terror.

El concepto que redondea Atroz se nutre de las alebrestadas calles citadinas como un monstruo execrable en las que la abyección, el peligro y la muerte están a la vuelta de la esquina. El eslogan de la cinta no pudo pasar desapercibido: “La película más violenta en la historia del cine mexicano”. Se trata de un malsano found footage en el que dos psicópatas torturan a una prostituta transexual y graban sus tropelías con lujo de detalle. Uno de estos hombres (interpretado por el propio Ortega) es detenido por un judicial, que desentraña sus parafílias.

Ortega no solo es fan del género como tantos que pululan por ahí; entiende y asimila sus códigos, además de que saca provecho a un gimmick limitado. Por supuesto, queda la interrogante: ¿cuántas walk outs se registrarán con gente indignada cuando la cinta llegue a salas comerciales?

MANOLO CARO, LAS CRISIS SENTIMENTALES

Con sus dos primeras cintas, No sé si cortarme las venas o dejármelas largas (2013) y Amor de mis amores (2014), Manolo Caro supo darle la vuelta a las claves del sex-yuppie-com que irrumpiría a inicios de la década pasada, con sus profesionistas treintañeros en eternas crisis sentimentales, a base de diálogos ágiles e ingeniosos, así como una eficaz dirección de actores.

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Elvira, te daría mi vida, pero la estoy usando.

Con su tercer película, de título no menos pomposo: Elvira, te daría mi vida, pero la estoy usando (2015), Caro se aleja de estos ambientes afelpados para insertarse en un microcosmos clasemediero con una mujer que por primera vez debe de independizarse cuando descubre que su marido huyó de la casa y aparentemente sostiene un affaire con un chico menor que él.

Cierto, las situaciones en las que se involucran los personajes no siempre terminan siendo verosímiles, pero Caro ha sabido imponer un estilo dramático y visual como ya quisiera más de un colega de generación. No resulta casual que su siguiente proyecto, La vida inmoral de la pareja ideal (2016), sea una  temprana  culminación de dicho imaginario.

La vida inmoral de la pareja ideal

La vida inmoral de la pareja ideal.

NI VICTORIA, NI FATALISMO

Por supuesto, esta no es una selección absoluta. Tampoco pretende compartir cierto discurso victorioso y exultante respecto al estado de la cultura nacional, ni su reverso desesperanzador y fatalista: aquel que considera que las imágenes que generan voluntariosamente estos y otros realizadores afines, pertenecen a “un cine de la oscuridad, la clandestinidad y el abandono”, debido a “esa absurda y desigual situación de la exhibición en nuestro país”, como fue calificado por el crítico Rafael Aviña1.

No, esta selección sencillamente pretende colocarse de manera objetiva en un punto intermedio. Porque el cine mexicano sigue su cauce.


1Aviña, Rafael. “El Cine Mexicano de la Clandestinidad”. Blog de Crítica. 17 de marzo de 2016. http://bit.ly/2rlhb2k

Editor Yaconic

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