Por Paulino Ordóñez / @paulinoo

Jorge Lorenzo es un artista-cineasta que desarrolló (y colaboró en) proyectos audiovisuales en la ciudad de Monterrey, hasta que en 2004 inició la Maestría en Cine y Video Experimental en el San Francisco Art Institute de California. Ahí, abrazó y absorbió los antecedentes en esta materia, generados por exintegrantes y profesores del instituto, así como por otros artistas de la zona. Desde entonces se ha enfocado en proyectos experimentales en celuloide, concentrándose principalmente en los aspectos físicos y formales de este material. Uno de sus trabajos más recientes es la transcripción del mítico texto de Jack Kerouac, En el camino, en un rollo de celuloide, teniendo como producto la adaptación más fiel de un trabajo literario llevado al cine.

Esa fue la excusa para este intercambio.

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Llevaste íntegro un libro al cine para obtener como resultado un texto en rollo de celuloide. Así como éste ya existía en un rollo de papel, tal como lo escribió Kerouac. ¿Cómo es que llegaste a esta idea?

Si Kerouac escribió su libro en un largo rollo de papel —como una especie de papiro— era lógico que como cineasta pensara que el mismo libro podría existir en un largo rollo de cine. Mis proyectos son más bien conceptos casi completos desde el momento en que pienso en la idea; en el caso de En el camino, fue una simple asociación.

Describe el proceso de creación. ¿Cuánto tiempo te llevó el proyecto? 

 Tardé tres años en hacer la película. Fueron aproximadamente mil horas distribuidas en tres años, esto debido a la falta de tiempo por mi trabajo como docente y otras actividades. De alguna manera, el tiempo de ejecución coincide en escala con el trabajo de Kerouac: él se tardó tres semanas en escribir su libro, yo tres años. Hubo cuatro etapas en la producción del filme. La primera fue la de teclear el texto en la máquina de escribir. La manera en que realicé esto fue utilizando película negra de 35 milímetros (también llamada cola o “black leader”) que deslicé verticalmente en la máquina como si fuera una hoja de papel tradicional. Como la película negra es realmente película velada que se expuso a la luz de manera uniforme para mantener un tono negro en la emulsión a lo largo del rollo completo, fue posible perforar dicha emulsión con las teclas de la máquina —no sin antes humedecer la superficie— y transparentar el celuloide. Después vino el momento de limpiar la película porque como la emulsión tuvo que ser humedecida, al teclear las letras de la máquina sobre la película ésta quedaba suelta de la superficie de acetato del filme, pero adherida por el agua a la misma emulsión. La solución para esto fue mojar un poco de algodón con agua y tallar el celuloide hasta soltar bien los restos de emulsión para distinguir claramente las letras marcadas de la película intacta. Una gran parte de la limpieza del filme la realizó mi madre.

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Me imagino que debiste ser muy cuidadoso al utilizar la máquina de escribir.

Cometí una gran cantidad de errores al mecanografiar el texto. Como el filme utilizado era negro y las letras tecleadas blancas, lo que hice fue escribir el libro completo primero y marcar los errores cometidos en los costados de la película (en la parte que no aparece en pantalla). Tecleé la letra correcta sobre la equivocada y marqué el filme. Al terminar, regresé al inicio y recorrí el rollo tapando con un marcador negro los trazos de las letras equivocadas. La intención desde el inicio fue tratar de escribir exactamente lo mismo que Kerouac había escrito en la primera versión del libro. Utilicé la edición que Howard Cunnell publicó del rollo original. Los errores de Kerouac que Cunnell dejó en dicha publicación los tecleé tal cual. Asimismo, en mi filme encontramos que los nombres de los personajes son los nombres originales de las personas en quienes Kerouac se inspiró antes de cambiarlos por cuestiones de publicación varios años después de ser escrito el rollo. Por último pasé a la etapa de copiado del rollo terminado. Como el texto quedó impreso en el filme con letras blancas sobre fondo negro, se utilizó este rollo como “master” negativo para poder obtener las copias en positivo de proyección que tuvieran letras negras con fondo blanco; lo que coincidiría con la tinta negra sobre papel blanco del rollo original escrito por Kerouac. Entonces, además de la proyección, se tiene como resultado el rollo escrito instalado en una mesa con rebobinadoras para 35 milímetros sobre una caja de luz, para que el público pueda adelantar y regresar la película y leer fragmentos deseados del libro sobre el filme mismo.

Al ser proyectada, la pieza nos muestra, por catorce minutos, el libro completo; palabras a una velocidad que hace difícil distinguirlas. Despoja a la obra original de su ritmo y hace imposible una narración. Sin embargo, el texto es idéntico y el proceso mecánico fue el mismo: golpes de máquina de escribir sobre un rollo. Parece que quisieras desmitificar el impulso literario y su proceso creativo, más que al cine como medio…

Exactamente. La intención era la de “desarmar” el aspecto musical y poético que se asume que tiene el libro de Kerouac sometiéndolo (sometiéndome) a un proceso emocionalmente distante de transcripción mecánica para dejar, como dices, sólo los aspectos materiales del proceso escritural: golpes de teclas de la máquina de escribir sobre un rollo, en este caso de cine. Llegué a este proyecto a partir del trabajo de los cineastas materialistas-estructuralistas, quienes hablan sobre el funcionamiento del medio mismo como una forma de evadir la subjetividad autoral y darle más presencia a los procesos necesarios para llegar a tal o cual producción que la audiencia estuviera presenciando. La primera vez que leí el libro, aunque tenía conocimiento del proceso escritural y del contexto poético y principalmente musical o jazzístico de la novela, debo admitir que nunca lo percibí en mi lectura. Años más tarde vi algunos videos de Kerouac leyendo fragmentos y en efecto, el texto resulta totalmente musical, casi como si escucháramos un scat o un spoken word, o inclusive un hip-hop arcaico cuyo fondo musical bien podría ser una pieza de jazz. Creo que necesitamos el contexto para apreciarlo así; pero antes de todo eso está simplemente el texto que no es nada más que material frío e imparcial en un objeto que llamamos libro. Mi conclusión final fue que cualquier intención que pueda tener un texto es otorgada por el lector y no está implícita en el texto mismo como se nos hace creer.

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Esa es una aproximación prácticamente contraria al espíritu de la generación beat, ¿no es así?

Aunque soy un ferviente admirador de Kerouac y el movimiento beat, recientemente mi interés se ha centrado cada vez más en procesos creativos que acentúan el desapego personal de los autores en relación a sus obras. Siguiendo una larga tradición de este tipo de actividad artística que va desde los irreverentes ready-mades de Marcel Duchamp, pasando por las técnicas azarosas de los sonidos cotidianos como elementos compositivos en el lenguaje musical de John Cage, hasta los trabajos de reciclaje y reúso del más contemporáneo Kenneth Goldsmith y su concepto de uncreative writing, me he centrado en estos procesos principalmente porque, aunque parezca ingenuo, opino que en cualquier actividad del quehacer humano (para no limitarnos solamente al artístico) el apego emocional a las convicciones e ideales de un individuo o grupo en particular nunca ha llevado al hombre a ningún terreno constructivo y benéfico para sí mismo; ni mucho menos a una liberación espiritual como lo proponía Kerouac —con su concepto de flujo de conciencia regido por la primicia de “primer pensamiento es el mejor pensamiento”— y la mayoría de los integrantes de la generación beat. Por el contrario, creo que seguir las intuiciones pasionales del individuo en otras situaciones no relacionadas al arte pueden provocar las reacciones más viscerales y a veces lacerantes por parte de nuestros adversarios. Y ese era el punto detrás del proyecto: aclarar que por más geniales que fueran las propuestas de Kerouac, tampoco resuelven el mundo en el que vivimos.

Ese es un punto de vista entre muchos sobre una novela mítica, y una de varias maneras de aproximarse a ella…

Cuando empecé mi proyecto no estaba enterado de la versión narrativa-tradicional de Walter Salles del 2013. Me pareció genial que exista porque aunque la historia que cuenta Kerouac en el libro es una narrativa que bien puede llevarse a la pantalla grande, el contexto poético y el proceso de escritura del que ya he hablado es difícil o tal vez imposible de ser transmitido en una película de ficción; ésta es una de las razones por las cuales creo que la versión de Salles no fue muy bien recibida por la crítica y los admiradores de Kerouac. Mi versión, por el contrario, hace referencia a estos puntos y creo que por ende funciona como una respuesta al trabajo de Salles. Mi proyecto está fuertemente influido por la película Poetic Justice de Hollis Frampton, quien literalmente filmó un guión escrito página por página como concepto principal de su filme. Claro que su película cuestiona conceptos de narrativa, espacio, tiempo y personajes con relación a la audiencia de una manera magistral que yo no tengo intenciones de tocar. Pero esa idea de Frampton fue un punto de partida importante para jugar con el concepto irónico de producir (tal vez) la única película exactamente igual al libro y el juego de que el espectador vería el libro completo al ver mi filme; aunque visualmente son completamente distintos uno del otro.

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Me parece que En el camino de Jack Kerouac es cine para saber de él, más que ser visto, al estilo de esas largas filmaciones de Andy Warhol. ¿Consideras este proyecto cine conceptual? ¿Se puede clasificar así al resto de tus proyectos?

Efectivamente; se trata de arte conceptual. No conozco una clasificación como cine conceptual, pero sí hay una larga tradición de películas de este tipo y muchas de ellas realizadas por artistas conceptuales. Aunque coincido de alguna manera con lo que dices —que este es un filme para saber de él más que para ser visto— también creo que es interesante verlo, igual que el trabajo de Warhol. Hay cosas en la experiencia de ver En el camino, de Jack Kerouac que se dan sólo al verla, particularmente en pantalla grande. Un ejemplo de ello es la combinación de letras y/o palabras que uno como espectador pueda intentar captar y leer. Digo intentar porque veremos que debido a la rapidez con la que las letras aparecen en la pantalla resultará casi imposible formar conjuntos fonéticos legibles y/o pronunciables, lo que le da al proyecto una cualidad un tanto letrista ya que éstas (las letras) son despojadas de su sentido original como elementos primordiales para la construcción de palabras —aunque reconocemos letras en pantalla, si no podemos hacer nada más que pronunciarlas como elementos individuales, éstas quedan simplemente flotando en el aire, inhabilitadas para comunicar algo específico, como lo hacen en el contexto lógico y tradicional del lenguaje cotidiano—. Entonces el público podrá buscar otros retos, y encontrará diferentes maneras en que estas letras pueden funcionar; algo que seguramente va más en función de la forma física de la letra. Uno puede consumirlas de manera vertical, horizontal o en diagonal. Puede observar detalles que forman parte de la tipografía courier en específico como los puntos que adornan las colillas de algunas de las letras. También puede seguir los patrones de letras por columnas cayendo de arriba a abajo en la pantalla. Si se fuerza el ojo en sentido contrario, se pueden ver las letras elevarse de abajo hacia arriba o en patrones circulares. Si uno ve la pantalla por determinado tiempo, podrá sentir como si las letras crecieran o se alejaran dependiendo de cómo el cerebro las capte. En fin, me parece que hay una experiencia ahí que complementa y lleva más lejos esa parte del concepto básico del proyecto que se cuenta en una simple sinopsis.

 

Hacemos encuentros en la lectura de una obra literaria, así como con la relectura surgen otros. ¿Qué encuentro se produjo en ti con la transcripción de En el camino?

La película me ayudó a aterrizar ideas que he estado explorando acerca de lo que creo que es la naturaleza opresiva de la comunicación, el lenguaje y la poesía, y sobre cómo éstas, en cualquiera de sus usos, emplean dinámicas para dramatizar y exagerar la manera en que un individuo o grupo de individuos interpretan la realidad, en detrimento de las interpretaciones y opiniones que los demás puedan tener sobre el mundo. Dichos intereses son resultado de mi inmersión, varios años atrás, en la teoría de cine estructuralista-materialista, particularmente la desarrollada en Inglaterra en los años sesenta y setenta, la cual intenta desmitificar de la manera más radical y en los niveles más profundos, no sólo las representaciones ilusorias en el cine como son el tiempo, el espacio, el movimiento o una narrativa, sino cualquier elemento representativo que tenga el objetivo de comunicar mensajes subjetivos (del autor/cineasta) y que significan algo inexistente en el material mismo que conjunta al medio cinematográfico. Mi intención con En el camino de Jack Kerouac fue la de aplicar dichos conceptos materialistas del cine a la literatura para afirmar el hecho de que cualquier texto escrito, por más poético que nos parezca, es simplemente tinta sobre papel, lo que de alguna manera convierte cualquier acto intelectual dotado de virtuosismo literario en meras acciones físicas y materiales que no logran gran cosa.

México fue un escenario relevante en la historia de los escritores beat, dos o tres de ellos muy leídos en nuestro país, pero probablemente se reelabore poco a partir de su obra como lo has hecho. ¿México ha sido justo con los beats?

 Me parece que en los círculos directamente ligados a la literatura siempre ha existido la presencia beat; al menos para gente de mi generación. No recuerdo haber batallado para encontrar alguna copia de los libros beat más celebrados, especialmente cuando se habla de Kerouac, Ginsberg y Burroughs. Si hablamos de otros autores que formaron parte del movimiento, seguramente tendremos otra historia. Pero me parece que en los últimos años, inclusive podemos encontrar buen material tanto de los beats más reconocidos como de los más oscuros.  Cada vez hay más compilaciones de textos beat con buenas traducciones o relatos biográficos muy completos sobre la estancia de éstos en el país. Tal vez no son parte de la cultura mainstream (y habría que indagar primero qué es realmente el mainstream en México), pero me parece que al menos los grupos interesados, o que deben estar interesados en el trabajo de los beats –escritores, cineastas, artistas, etc.– están enterados de la cultura beat y hay cada vez más acceso a conocerla en detalle.

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Tu pieza de cine 1/48” (2008) fue reconocida por la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinéma como uno de los 10 filmes más subversivos de la historia. ¿Para ti, En el camino de Jack Kerouac es una pieza subversiva también? ¿Por qué?

Habría que analizar muy bien el significado de subversivo, porque en ese mismo artículo de Cahiers du Cinéma los “jueces” tenían conceptos muy distintos de lo que significaba una película subversiva. Y digo jueces entre comillas porque para empezar el ejercicio de Nicole Brenez, autora del artículo, consistía en crear una lista de las películas más subversivas de la historia del cine con jueces muy sui generis que no estuvieran contaminados por las visiones tradicionales que solemos ver en ese tipo de ejercicios. En cada proyecto que hago de alguna u otra forma está implicada la subversión. Nunca pensé en hacer la película más subversiva en ningún momento, pero sí me interesa que mis películas cuestionen a fondo no solamente los elementos del cine como lo hacían los estructuralistas, o la repercusión de la obra de artistas consagrados, sino nuestra existencia y nuestro lugar en el mundo. ¿Qué tan subversiva es la película?, no lo sé, pero la intención va definitivamente en esa dirección. Sin embargo, si lo que me interesaba con el trabajo era desmitificar el contenido poético en el trabajo de Kerouac para decir que todo texto escrito es tinta sobre papel que le da forma a algo que nosotros los humanos llamamos letras y palabras, entonces ese material se convierte en eso: material. Y si lo pensamos en términos objetivos, ese material visto de esa manera queda despojado de cualquier intención o fin específico, incluyendo cualquier lectura subversiva.

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Editor Yaconic

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