De la columna Negra y criminal

Por Iván Farías / @ivanfariasc

¿Dónde estaba escondido Antonio Manzini? No lo sé, pero era necesario que llegara. En Italia existen algunos escritores buenos de novela negra: Donna Leon, Giorgio Scerbanenco, Leonardo Sciascia y, claro, el omnipresente Andrea Camilleri (quien ha opacado en gran parte a la escena de la novela mediterránea debido a que muchas de sus novelas se han colado en las listas de más vendidos). Pero Manzini —que nació en Roma en 1964 y también es actor y director— llegó como una especie de ácido para remover todo lo que tapaba la cañería de los bajos fondos italianos.

¿Cómo lo hizo? Con una novela negra que incluye todos los clichés del género: un crimen atroz, un policía torturado, un enigma que se alarga por sus poco más de 200 páginas y, lo más importante, mucho humor. Humor de ese corrosivo, de ese políticamente incorrecto. Esa novela es Pista negra (Salamandra Black, 2014). Dice el escritor Michael Connelly que una novela negra necesita un detective en el cual confíes lo suficiente para subirte en su auto y dejarte llevar. Eso pasa con Rocco Schiavone, un corrupto, mal hablado y mamón policía de Roma que es enviado a los Alpes italianos, como castigo por algo que no acabamos de saber y que no importa.

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“Lo que cuesta mantener relaciones humanas… Hace falta tesón, perseverancia, hay que mostrarse disponible y, sobre todo, sonreírle a la vida. Cualidades de las que Rocco Schiavone carecía por completo”, dice el narrador del protagonista.

Schiavone es una especie de chilango en provincia. Se siente superior, detesta las costumbres locales y es castigado continuamente por eso. Lo que lo redime es su particular moralidad, ya que acepta sobornos, pero toma personales los casos. Además de que vive en la constante melancolía por su esposa muerta, a la cual “ve” todos los días en su solitario departamento… mientras se tira a una rubia del pueblo.

Pista negra no denuncia nada. No es una novela comprometida ideológicamente; sin embargo, sale a flote el talante de la policía italiana: la corrupción, las componendas políticas, la inmigración ilegal de africanos y asiáticos para surtir de mano de obra las fábricas, entre otras linduras. Las hojas no pueden dejar de pasarse, una tras otra, y al final uno espera que Antonio Manzini esté escribiendo la siguiente entrega y no perdiendo del tiempo en Facebook.

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Antonio Manzini

“El fútbol es solo una metáfora. Me refiero a la política. En este caso, ¿qué habría que hacer? Pues se compra un buen ministro sueco, un Reinfeld; luego, en economía ponemos a un alemán, Bruederle; en cultura, a un francés, la Albanel; en justicia, a un danés, y así sucesivamente. ¡Imagínese qué maravilla de equipo! Y por fin este país dejaría de ser un país de bufones. ¿Comprende?”, dice el jefe de Rocco siempre dispuesto a soltar perlas como esas.

En La costilla de Adán (Salamandra negra, 2015), la segunda entrega en que el subjefe Schiavone (“ya no se dice teniente, ¡carajo!”) se aboca a descubrir un feminicidio, que a primeras de cambio parece ser solo un suicidio, las atropelladas relaciones que tiene nuestro héroe con las mujeres salen a relucir cuando va, poco a poco, inmiscuyéndose en el posible culpable del asesinato. Como en la entrega anterior, saldrán a relucir sus carísimos zapatos italianos, no aptos para usar en la nieve, la pasta, el vino y el odio declarado que le tiene a todos los habitantes de Valle de Aosta, ese pichurriento pueblo turístico al cual fue enviado como castigo.

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