Por Adolfo Reséndiz / @adolforesendiz1

Las salas de urgencias del hospital psiquiátrico infantil “Juan N. Navarro” de la Ciudad de México, sirven como ventana para mirar de cerca la complejidad de las relaciones humanas. Un mundo pocas veces imaginado, al cual la directora española Nuria Ibáñez da voz y vida en su documental El cuarto desnudo.

La historia —realizada con mínimos recursos gracias a la toma fija y fotografía de Ernesto Pardo— expone una visión profunda, alejada de secretos y tabúes; y relata, sin dramas y con respeto, la dualidad íntima entre niños y jóvenes con su psiquiatra.

El ojo omnipresente de la realizadora madrileña nos lleva, a lo largo de 70 minutos, a encontrarnos con 13 testimonios complejos que viajan en terrenos escabrosos: violaciones, maltrato, intentos de suicidio, ansiedad, paranoia e incertidumbre, para trastocar la conciencia del espectador. Nos pone frente a una dura realidad de traumas y pesadillas de toda una generación de familias populares.

El Cuarto Desnudo es un filme para la observación de una sociedad con miedos y fracasos. Confundida. Y se pone como meta darle luz a la sombra de problemas sociales que suelen permanecer en el anonimato por considerarse sólo de ámbito domestico.

El trabajo, galardonado con el Premio LCI Seguros del Festival Internacional de Cine UNAM (FICUNAM) 2013 y con el Premio al Mejor Documental Realizado por una Mujer en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) en octubre pasado, sorprende al espectador por la incertidumbre que siembra al final.

Queda, entre otras, la imagen de las inyecciones, las sillas de ruedas y los niños que salen de consulta para ser internados en el psiquiátrico con la mirada pérdida, sin saber el porqué de su situación y su futuro.