Por Raúl Campos / @snarulax

Sobre el artista plástico Daniel Guzmán (Ciudad de México, 1964) se ha dicho, entre otras cosas, que es más famoso y conocido en el extranjero que en su propio país. Pero de eso Daniel no tiene idea o no quiere tenerla: “Ah… no sé, no sabría decírtelo”.

Lo que sí sabe es que la música es una de las principales fuentes de inspiración de los artistas. Él, inclusive, tiene una banda, Los Pellejos. Y entre sus influencias están Kiss, BeatlesAC/DC, Jorge Reyes (un músico originario de Uruapan, Michoacán, que fusionaba el rock progresivo con música popular oaxaqueña) y Chrome, un grupo experimental post punk de San Francisco.

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De Chrome Daniel ha tomado el título de una de sus canciones, “Chromosome Damage”, para titular una de sus exposiciones más recientes, que presentó en el Drawing Room de Londres entre 2014 y 2015, y que también llegó al formato de libro con el mismo nombre, bajo la editorial RM.

Chromosome Damage es un conglomerado de 30 obras, dibujos en pastel, lápiz, carboncillo y diferentes tintas, en los que Guzmán mantiene el estilo crudo y espontaneo que ya ha cultivado en series como hijo de tu puta madre (ya se quien eres, te he estado observando), carne negra y la búsqueda del ombligo; pero acá se sumerge en la iconografía prehispánica. Azteca, básicamente.

Aunque quizá en un primer vistazo los dibujos de Daniel resultan grotescos, provocativos o sacados de un mal viaje producto de un pasón y los horrores cósmicos de H.P. Lovecraft, en realidad están construidos a partir de deidades femeninas de la cultura mexica, como Tlaltecuhtli y Cihuatéotl. La serie es, a la vez, una exploración a la llamada “identidad nacional”.

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Vemos calaveras, cuyo simbolismo es el de la mortalidad; pechos flácidos, como los de las diosas Coatlicue y Coyolxauhqui, que representan tanto la maternidad como el sacrificio; y las serpientes, cuya asociación con las lluvias torrenciales las hacía un símbolo de fertilidad.

“Uno crece en la Ciudad de México y esta urbe está asentada sobre todo este pasado. Es inevitable sentir todo eso que tenemos anclado como sociedad; el Museo de Antropología me fascina cabronsísimo; es el lugar más maravilloso de la ciudad y siempre que voy a ver las esculturas, la Coatlicue, especialmente, porque es la representación de la madre tierra o de las mujeres, y tienen ese sesgo un poquito más monstruoso. Quedo impactado y eso rebasa a cualquier cosa que haya visto en el arte contemporáneo. La Coatlicue es aterradoramente maravillosa.”

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Las voluptuosas figuras femeninas de Chromosome Damage sufren alguna metamorfosis: los pechos sobrepasan el par, bocas, ojos, dientes, manos y pies también se multiplican y cambian de lugar. Las extremidades se expanden a la manera de raíces o serpientes (y en ocasiones toman estas formas). Esto porque, dice Daniel, “mucho de mi trabajo tiene que ver con la naturalidad de asuntos como procrear y la sexualidad de cosas que son propias de los hombres”.

“La sexualidad y lo prehispánico son muy tratados poco en el arte actual —dice Daniel—. No sé si esté olvidado o a qué se deba. La verdad ni siquiera me lo pregunto porque para mí abordar esto es un placer que me permite descubrir mi pasado. Hablar con las esculturas, con las imágenes, con los poemas y con todos los rastros que dejaron atrás estas culturas, y vincularlo con lo que somos ahora me parece que es importantísimo para cualquier ciudadano, independientemente si sea artista o no”.

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Editor Yaconic

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