Por Mario Castro / @LaloCura__

Desde inicios del siglo pasado, algunas preguntas comenzaron a propagarse al interior de las disciplinas artísticas: ¿Para qué sirven? ¿Son capaces de cambiar al mundo, de revolucionarlo? Y ninguna respuesta certera se ha encontrado; pero estas cuestiones llevaron a transitar un camino cuyo fin parece lejano: la reflexión.

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Tres sujetos. Dos hombres y una mujer. La pareja se encuentra sobre un sillón. El otro sujeto sentado detrás de una batería en pleno jam guiado por una música de fondo que sale de una grabadora antaña. Ojos saltones, como si hubieran llorado. Ojos plásticos, irreales, de mirada completamente humana: sorprendidos. Una máquina de escribir con hoja blanca a la mitad por ahí con fragmentos de una obra escrita sobre ella. ¿Cuál? Ni idea. Muchas obras quizá. Ah, y también aparece un consolador, por si no convence todavía.

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Poco a poco comienza el movimiento, los desfases del texto: poca unión mucha creación. Pasamos de un suicida a un ladrón de baúles, a un trío cubano, a una pareja que se ama sin saber por qué, sin saber si de verdad se aman, si están juntos o nunca lo estuvieron. ¿La obra? ¿Qué es una obra, de dónde sale, como se crea? Palabras, discursos, formas, gestos, pasos de la creación aunque ni sabemos que saldrá: todo y nada, una pieza dispersa en tres personajes y muchos sitios dentro del mismo foro.

a. e. Cummings juega con las palabras: no hay poesía sin ellas… ni teatro. No hay creación. ¿A qué nos incita? A mirar tal vez. A observar y pensar cómo se crea una pieza, cómo se construye una obra, cómo nos mostramos frente y gracias a los otros. Al final el hombre es uno de los motivos para las disciplinas artísticas, quizá el más rico. Más allá de hablar de la creación teatral, observamos lo que nos constituye: si no te mueve nada de nada es probable que haya un problema.

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El texto, los actores, Laura Almela, Daniel Giménez Cacho y Rodrigo Espinosa (excelentes por cierto), los asistentes, todos miramos de una manera distinta, desde prismas convexos: las mismas sensaciones en todos percibidas con un toque propio, una visión personal. Algo más o menos fijo. Un reflejo de algo visto, un espejo del teatro humano pasado a la representación encontrada ahora en un espacio de la colonia Juárez: Teatro El Milagro.

¿De qué va la obra? De mucho y poco, de lo que quieras, de lo que no también. No es una presentación de la realidad, una mímesis que te hable del amor o el desamor, de los temores del mundo como supuestamente es. Un jodido experimento, nada absurdo porque, sorpresa, el mundo es lo suficientemente absurdo para creer que el teatro (cualquier arte) le rebasa. En todo caso es enfrentarnos a la realidad desde un foro. ¿Para qué ir si no revoluciona nada? ¿Para qué si no me has dicho qué chingados veré? Simple. Vivimos en un mundo que digiere toda la información. Poca o nula reflexión. No hay una anécdota que contar aquí. Eso depende de ti (sin caer en rollos de superación personal, ¿o no?).

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Entre espejos, música vieja y una iluminación de lo cálido a lo sombrío, los actores le juegan al loco, al verga, al artista y al actor; también al creador que se ríe y juega con el público… vaya que les sale bien. él, de e. e. Cummings, se presenta hasta el 11 de octubre en Teatro el Milagro de jueves a domingo. Chequen los horarios acá.

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