Por Mario Castro / @LaloCura__

Del (reciente) anecdotario: una joven sudamericana decide cambiar de residencia para aventurarse en el modelaje. Deja a su familia (hija y esposo) y comienza a trabajar en una reconocida agencia mexicana. Está a punto de terminar sus estudios, que paga con lo que recibe por cada photo shoot. Un día la invitan a una fiesta. A la mañana siguiente amanece frente a su condominio muerta, desnuda y con moretones.

¿Quién dijo que la moda es bonita y fácil como nos muestran las películas cliché? El inicio de este crimen parte de un lugar común en el imaginario sobre la industria de la moda: la niña bonita que sueña con convertirse en top model o por lo menos vivir de su imagen.

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De forma similar comienza El demonio neon (The neon demon, Nicolas Winding Refn, 2016). Jesse, una joven del medio oeste, presuntamente huérfana (pues nunca se confirma), llega a Los Ángeles para probar suerte en la industria del modelaje de esa mina (y tumba) de la fama. Su belleza es extraordinaria: un cuello envidiable que sostiene un rostro virginal, y un cabello dorado que alumbra como sol un ambiente enteramente invernal por tanto corazón frío y desechable.

Jesse conoce a Ruby, una maquillista de la industria y de cadáveres, quien le presenta a dos modelos de experiencia: Gigi, plástica, asidua del quirófano, y Sarah, mujer de verbo certero que le cuestiona a quién se ha cogido para haber escalado tan rápido. Las dos veteranas se inhiben ante la gracia innata de la provinciana, y con Ruby forman una siniestra triada vampiresca; Lilith’s del siglo XXI que habitan el paraíso de la silicona y el engaño.

La belleza de Jesse enmudece a su joven pretendiente, a fotógrafos socarrones que erotizan tras su lente y a diseñadores que desprecian la belleza rancia. Pero, esta vez, las féminas serán las devoradoras. En un mundo en el que “la belleza no lo es todo, es lo único”, la novata se empapa del humor de arpía de sus compañeras. Y esto la lleva a su fatalidad. ¿Qué más puede esperar alguien que se considera a sí misma como el peligro encarnado? Mayor soberbia, impensable.

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Winding Refn (Drive, Sólo Dios perdona, Bronson) ofrece en El demonio neon una nueva dosis de sus imágenes explícitamente violentas, mas no de violencia explícita. ¿Lenta? En parte. ¿Cliché? Sí. La historia contiene los típicos lujos del modelaje de alto impacto: salones llenos de espejos, naves que fungen como cicloramas interminables en los que la magia nacerá; mansiones que solo las “estrellas” efímeras (que sucumbirán en la oscuridad cual supernovas) habitan; caras bonitas que nadie merece, y el clásico amigo (pues solo es eso) que queda en el olvido al llegar la fama.

Sin embargo, la razón principal por la que El demonio neon puede considerarse un trabajo de calidad (aunque incomprendido por la crítica de Cannes, como se ha dicho) va más allá de la mera historia.

La fotografía, realizada por la argentina Natasha Braier, es francamente excelente: escenas en penumbra seguidas de blancos cegadores, dollies que incluyen al espectador en el shooting, contrastes multicolores en la penumbra o planos generales que demuestran la sordidez de una piscina vacía en una mansión con resquicios de la narrativa de Poe. La música, de Cliff Martínez, es digna de setlist de una fiesta con asistentes tecnosos sumergidos en cristal o MDMA, que los consumen para rejuvenecer un cuerpo gastado, quizá, por un medio en el que los flashes roban vitalidad tanto como un diseñador o un fotógrafo: harén del mundo occidental que goza constantemente de estas reuniones.

Demonio Neón interior

El neón obvio desde el título (presente en cualquier club recomendado por publicaciones trendy) atrae a Jesse, abandonada a, y, por su suerte. La engaña como una esperanza, un destello en medio del caos propio. Un portal, especie de amuleto. Señal que asemeja a la única luz del pueblo que conmociona al personaje de Kennedy Toole en La Biblia de neón: ambos adolescentes, el de Refn y el de Toole, provienen de las llanuras solitarias del país del eterno sueño, quienes añoran algo sin saber qué ni cuándo lo encontrarán (nunca, probablemente).

La cinta del danés, hijo de cineastas, parece abandonar el testimonio sanguinario de historias un tanto simples (como el escape sin sentido de Drive) para llevar a la pantalla una especie de parábola, una reinserción del mito clásico (guardando toda proporción para evitar la cólera del filólogo) en una sociedad con sistemas depredadores.

Las neo vampiresas —Ruby, Gigi y Sarah— que sucumben ante la carne fresca desean alimentarse de esa vid pocas veces cosechada: la juventud, que es consumida en cremas o filtros químicos anunciados en parabuses o carteles del metro. ¿Crítica del consumo, apología? Quizá.

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Refn remarca una estética fruto, como él ha señalado, de su cotilleo adolescente con La masacre de Texas, alejado de un terror hiperefectista para centrarse en escenas largas que devienen en otras memorables aunque absurdamente grotescas. Algunos encuentran ya en sus obras referentes de culto por su horror sobrio en momentos, otros ven a un heredero de su paisano Lars Von Trier (perverso a su manera).

Y si bien es pronto para afirmar o desvirtuar esto, no resulta imposible decir que en El demonio neon Refn marca una estética que solo el tiempo determinará como un coto en el cine de suspenso y en su trayectoria.

Editor Yaconic

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