Por Georgina Hidalgo Vivas / @cactodeasfalto

Fotos: Daniel Geyne

En lo que antes era el fondo de un lago existe una ciudad de poco más medio millón de habitantes. Sus moradores vinieron de fuera, se apropiaron de las tierras vía el despojo y la invasión, erigieron sus casas en el terreno salino más agreste, encumbraron a los caciques políticos más poderosos de la actualidad y lograron lo impensable: que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) volviera al poder. Desde entonces muchos aseguran que el diablo anda suelto en Chimalhuacán…


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—En México ya está gobernando el Anticristo, suelta a quemarropa el taxista.

—Sí, ese lerdo del [Enrique] Peña Nieto es hijo de “Satán” Salinas y la “Chucky” Gordillo, le digo en broma. El taxista baja el volumen del estéreo. Me clava una gélida mirada por el espejo retrovisor.

—En serio. ¿Ya vio la estatua gigante del demonio que pusieron aquí en Chimalhuacán?

Mi mente recorre rápidamente todos los horrores urbanos y ¡bingo! doy con el “Guerrero Chimalli”. No contengo la carcajada y le digo: “No es un diablo, es un guerrero azteca”.

Hay un momento de silencio. En el alto del semáforo voltea y me ve directamente:

—Usted es de ellos, ¿verdad? –mira fijamente la calavera de plata que llevo colgando del cuello.

—¿De cuáles?, le digo aun riendo, pero ya más nerviosa.

—No se haga, los conozco… burlones como diablos. Masculla alguna maldición y al fin cierra el pico.

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Me siento rara y falta todavía un tramo para llegar. El taxista está loco. Quién no. Volteo para todos lados: tiraderos de autos y asentamientos irregulares resisten polvosos al paso del tránsito en la congestionada avenida Bordo de Xochiaca.

Hace 20 años esa avenida marcaba el límite de la Ciudad de México y el basurero de Nezahualcóyotl. La patria expulsora de la mayoría de los chimalhuacanos la bordeaba con sus paredes de cascajo. Ahora hay universidades privadas, centros comerciales y zonas recreativas con fuentes danzarinas y chapoteaderos.

Una hora después de haber tomado el taxi en el metro Pantitlán, bajo el sol implacable del mediodía, aparece en el horizonte polvoso un camellón con los colores rojo, verde limón y blanco del PRI del Estado de México. Grandes letras rojas anuncian que estamos ante “el primer gran homenaje que la gresca histórica de los defensores del Anáhuac ha esperado por siglos y el símbolo del México de prosperidad y justicia que todos los mexicanos anhelamos”.  Pago y me bajo.

Ahora el “Anáhuac” es un mar de casas de ladrillo gris, techos de lámina de asbesto y pisos con varillas expuestas que se extienden infinitamente por calles pavimentadas con cemento estampado. En Chimalhuacán lejos están los lodazales que se tragaban los zapatos y atascaban los camiones. ¡Sí que hubo voluntad para habitar un lecho cuatro veces más salino que el mar!

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Un cubo blanco de diez metros de alto con grecas rojas soporta a un guerrero geométrico de 60 metros de altura, que sostiene un escudo y con el otro brazo levanta una maza en posición de ataque. El brazo-escudo es un mirador con aforo para 30 personas al que se sube en grupos de seis hasta el equivalente a 20 pisos. El viaje tiene un costo de diez pesos.

De verdad parece un diablo todo rojo con su penacho que se confunde con dos orejas puntiagudas y esa maza más parecida a una antorcha dispuesta a tatemar y torturar almas; pero también lo han comparado con Mazinger Z o un Transformer, y los memes en los que pelea hasta con Godzila proliferan por las redes sociales. Y es que en las noches, luces rojas y azules, le dan una estética de cómic.

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Más alto que la Torre de Pisa, la Estatua de la Libertad y el Monumento a la Revolución, el Guerrero Chimalli es, a un año y medio de su inauguración, el símbolo del progreso del Nuevo Chimalhuacán, proyecto político de los líderes del Movimiento Antorchista del Estado de México, el dos veces diputado federal Jesús Tolentino Román Bojórquez y Telésforo García Carreón, alcalde de Chimalhuacán de 2013 a 2015 y actual diputado federal.

Ellos gobiernan el municipio desde el 2000, después de que Tolentino Román se enfrentó sanguinariamente a la temible Guadalupe Buendía alias “La Loba”, hasta entonces cacique onmipotente de la Organización de Pueblos y Colonias (OPC), dejando 10 muertos antorchitas. Así comenzó un pacto sangriento ideado por el entonces gobernador mexiquense Arturo Montiel para lograr en tan sólo 15 años lo imposible: que el PRI volviera al poder.

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Hoy, este Nuevo Chimalhuacán es el quinto municipio más poblado y marginado del estado con mayor población en el país; un laboratorio electoral donde 700 mil pobres, como la mitad de los mexicanos, deciden el futuro de todos.

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Pero el Guerrero Chimalli, cuyo costó ascendió a más de 30 millones de pesos, tiene su encanto. “Se ve hermoso”, dice con orgullo Angélica, una de las guías en la Galería Chimalli. Está feliz de tener un nuevo trabajo en las cercanías de su hogar, un lujo que solo pocos en la zona pueden darse, así que atiende solícita a los cientos de visitantes que diariamente llegan a admirar al Guerrero.

Su tez morena y sus ojos almendrados y delineados en negro brillan al recordar que hace 15 años “ni pavimento había”. Durante nuestra charla no deja de mencionar la palabra “progreso”.

“Simboliza a la gente que vive aquí”, dice. Angélica ha vivido 20 años en Chimalhuacán, los suficientes para saber que se paga caro por ello, que hay que luchar el doble o el triple para avanzar. Pero ella está feliz, ahora tienen un símbolo en la colonia que incluso ¡atrae turistas!

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En el mirador la vista es netamente urbana: a un lado el cerro Chimalhuache lleno de casas y caminos que serpentean por todas sus laderas; por allá, el Cerro del Chiquihuite con antenas de televisión y luces; más atrás, el espejo de aguas negras que el arquitecto Norman Foster transformará en el nuevo aeropuerto; por en medio la traza recta del circuito exterior mexiquense; del otro lado el río La Compañía o el canal de desagüe del monstruo urbano que llamamos Zona Metropolitana; y finalmente el basurero de Chimalhuacán, el único pedazo que queda sin habitar junto con los vasos reguladores del Lago Texcoco.

Algunos viejos del cerro del Chimalhuache contaban a sus hijos historias de una sirena-serpiente que habitaba el lago y se paseaba por sus aguas salinas, pero de pronto se fue y el cerro y el lago se secaron.

Tal vez por esa sensación de pérdida y despojo, en Chimalhuacán se esparce un curioso “síndrome de lago amputado”.  Curioso porque aunque el agua sigue siendo el principal servicio que se demanda, no se quiere para beberla, sino para nadar en ella. ¡Quinientos años secando el lago y los chimalhuacanos aún quieren un chapuzón!

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En 2015 el municipio destinó 60 millones para construir en el cerro del Chimalhuache albercas públicas con capacidad para mil 700 personas, parques acuáticos, fuentes danzarinas y chapoteaderos, a pesar de que sus habitantes  pagan una deuda al año de nueve millones de pesos por derechos de explotación de aguas del subsuelo a la Comisión Nacional del Agua y tres millones a la Comisión del Agua del Estado de México por concepto de “agua en bloque”.

Es la obra pública preferida de los antorchistas. Una graciosa dádiva en un municipio que reportó públicamente haber recibido “el doble del presupuesto” en 2015 —casi dos mil trescientos millones de pesos— y que reconoció en la prensa que casi la mitad de esos recursos se obtuvieron por la vía de la movilización de sus agremiados y las gestiones con autoridades.

“No somos ningunos mugrosos”, dice Karina, una veinteañera madre de familia que junto a su suegra, Sonia Maldonado, malabarea las mochilas de sus tres hijos y ayudan a caminar a Jonathan, de seis años, con estrabismo y deficiencia motriz, mientras Melissa, de cinco años corre y jala a Zlatan, de un año, hacia los chorros de agua.

Viven en los barrios Tlatelco y Xaltica, cercanos a la avenida Bordo de Xochiaca, y se carcajean de buena gana cuando les anuncio el planeado “Acapulcazo en el cerro” de sus autoridades antorchistas.

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“¡Apenas para los que no tienen agua para bañarse!”, dice Sonia. Luego el agua sale toda bien mugrosa y para enfermarse mejor no. Preferimos ir a Chapultepec, hay más que ver y otro tipo de gente.

Sonia, ahora abuela, llegó a la naciente Chimalhuacán hace 31 años junto a su esposo, un empleado del Aeropuerto.

—Todo esto era pura tierra. No había nada de banqueta, nada, puro lodo, mucho chimeco, porque combis no había tantas. Aquí llegaban las pipas de agua, nos vendían el agua; la luz, pues comprábamos el cable y se la iba uno jalando de donde estuvieran cerca los cables. Ni agua ni drenaje, puras letrinas. Tendrá unos 20 años cuando comenzaron a poner servicios.

“Su gallo” es Telésforo García. Lo apoyó en su campaña y “cuando anduvo con lo del Paseo Chimalli”, la monumental obra que muchos consideran un auto-homenaje al gobierno antorchista.

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“Los acompaño por los apoyos que le han dado a mi niño. No tengo cómo pagar lo que han hecho por él y lo que acabo de pasar”. Los “apoyos” consisten en sillas de ruedas, muletas, despensas y cuando la desgracia ronda, hasta el pago de gastos funerarios para algún familiar. Como el de su hijo, cuyo entierro corrió por cuenta del ex diputado Narciso Hinojosa. “Son muy buenas personas. Los antorchistas han mejorado mucho Chimalhuacán. Lo que a mí me tocado, siempre, los demás prometen y nada. Antes estaba feo y ahora estamos muy bien”.

Mujeres luchonas como ellas son la “base” de los mítines de Carlos Salinas de Gortari, Arturo Montiel, Enrique Peña Nieto, Eruviel Ávila. Todos conocen el poder de los antorchistas del Estado de México, capaces de movilizar a 25 mil personas en 15 minutos. Así, a fuerza de acarreos y magia electoral, estas fieras jefas del hogar han logrado que todas las calles de su barrio estén pavimentadas y haya agua corriente; que se pinten las fachadas y hasta que les pongan espectáculos culturales en el Paseo Chimalli.

Sentadas en una de las bancas techadas del Paseo Chimalli, las mujeres miran la enorme escultura que da nombre a la estación. Les gusta. No importa que otros la llamen “Diablo”, “Mazinger Z”, “Transformer”. Al principio les hizo gracia, pero desde que lo inauguraron llegan al camellón atraídas por los grupos de música, danza, teatro, arte marcial y estudiantinas de los domingos.

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“Antes no había nada de eso. Había que ir a la Alameda Oriente, o juntar para ir a Six Flags, Divertido, o la Feria de Chapultepec. Eso implicaba gastar más y llevar aparte comida porque pues no alcanza para todo”, dice Karina.

—Muy bonito,  ¿pero y es seguro vivir aquí? –les pregunto.

—Uuuuh, pues eso sí está duro, más que dicen que ya anda de nuevo “La degolladora” [Itzel Nayeli García Montaño, acusada de atacar con un arma punzocortante a sus víctimas, detenida en octubre de 2015]. Y que ya empiezan a asaltar otra vez de día. Pero a mí no me asustan.

—¿Otra vez? ¿O sea que antes pasaba?

—Sí, hace un año, pero a nosotras nunca nos ha pasado nada, ni hemos visto nada. Pero es lo que comentan. Acá nos dicen que hay que andar con cuidado, pero yo ya no salgo ni en la tarde ni en las noches. Voy a dejar a Kari y a sus niños y ya no salgo muy lejos, solo a las tortillas y ya, me quedo en su pobre casa viendo la tele.

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Sonia le cree a Jesús Tolentino cuando dice que “La degolladora” de Chimalhuacán es “por elemental sentido común” otra cortina de humo. Es un chisme creado por “delincuentes oficiales de cuello blanco que quieren generar psicosis para mermar el contingente antorchista que bloquea constantemente la Ciudad de México”. Antorcha y el PRI son “aliados” pero no se da nada a cambio de nada. Exigen sin descanso que les cumpla con la construcción del Parque Industrial, la obra pública con la que Chimalhuacán dejará de ser una ciudad-dormitorio y que tiene cuatro años de atraso.

Sí, “La degolladora” no es más que “una sucia y perversa maniobra. Como si fuéramos las hordas asesinas de Atila”, se queja Tolentino en la página web de la organización popular.

A salvo, en su casa de cuatro piezas, Sonia prende la tele y sintoniza la comedia de las cinco. Cuando termine escuchará El Fonógrafo y se arrullará con las melodías del pasado. Mejor eso que dejarse llevar por los cuentos gore de Chimalhuacán.

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Emiliano Pérez, escritor, periodista y cronista de Ciudad Nezahualcóyotl, a veces se da sus paseos por el Paseo Chimalli y como muchos vecinos comienza a tener una relación amor-odio con el coloso rojo.

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No le impresiona la fama como escultor de Sebastián, nombre con el que se conoce a Enrique Carbajal, el creador del Guerrero Chimalli. No cree que tenga un ideario político más allá de “a  mí me compran, yo me vendo”. Lo considera un artista “discutible” y lo sabe porque lo ha reporteado “desde que formaba parte de Tetraedro, un grupo pictórico que sonó en los ochenta, junto con los grupos Proceso Pentágono, Suma (que comandaba Ricardo Rocha) y Tepito Arte Acá.

Emiliano no oculta sus inclinaciones “por el arte figurativo, o por la obra pública que buscase impulsar más la capacitación cultural, que un dispendio para rendirse honores como grupo político”. Piensa que esos recursos bien pudieron haber servido para las mejoras de las escuelas, la apertura de casas de cultura, de centros de capacitación tipo El Faro, que es como un modelo a seguir de este lado (el Oriente). Pero por alguna extraña razón, no puede decir que le desagrada del todo.

Sabe que el Guerrero Chimalli correrá la misma suerte que el Coyote Hambriento que aúlla óxido en Avenida López Mateos y Pantitlán. Los vecinos han llegado a identificarse tanto con él que hasta han propuesto cambiarle el peyorativo adjetivo “hambriento” por el eufemístico “Coyote en Ayuno” para no sentirse menos. Lo defiendan o lo denosten, “la mayoría creerá que realmente Chimalhuacán se merecía una obra así”.

Al cronista de Nezayork le consta que en Chimalhuacán se repitió el mismo fenómeno de autoconstrucción que en Neza. Como todos los habitantes del municipio hermano, él tuvo la oportunidad de hacerse de un terreno en las faldas del cerro de Chimalhuacán. “Sentía que ya no cabíamos y fui a hacerme de un terreno en la colonia Embarcadero, que después vendí porque ya habíamos pasado una infancia en la miseria y era condenar a los hijos nuevamente a irse a poblar en la miseria”, recuerda.

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Fue un movimiento de solidaridad, de echarse la mano entre los colonos y de tener organizaciones políticas que hacen con eso su muy jugoso agosto, porque cobraban cuotas por todo. “Nada de que fue una dádiva para un movimiento de paracaidistas, porque todos esos pobres terminaron pagándolo más caro que en otros lados”. Chimalhuacán, eso sí, encontró a un partido urgido de recuperar el poder y sería menos “tortuoso” su progreso.

“Muchos hijos de familias de Neza emigraron para allá, gente del centro de la ciudad que eran expulsados se fueron a poblar y también llegaron emigrados del campo a la ciudad, incluso muchos centroamericanos, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños que venían huyendo de las guerras o de paso rumbo a Estados Unidos”.

Así que si hay un sello característico de los pobladores del oriente, ése sería provenir de familias desdobladas dispuestas a hacer un esfuerzo colectivo para construir más allá de los grupos políticos o a pesar de ellos. Gente que se ha forjado en lo más rudo para lograr erigir una ciudad en el lecho seco de un lago.

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Sería maravilloso si este fuera el futuro de México, pero Emiliano es escéptico: “El futuro de México está en la ciudades exclusivas y amuralladas del poniente de la ciudad, como Polanco o Santa Fe, que tienen los mejores servicios. Chimalhuacán es más bien un modelo ejemplar de la corrupción de los grupos políticos dominantes, un monumento a la corrupción que promueve un arte homogéneo, siempre esculpido por el geómetra Sebastián”.

—¿No le gusta que el escultor sea el consentido de todos los camellones?

Más allá de la verdadera propuesta artística, el cronista sabe que el Guerrero Chimalli —con su escudo-mirador y una maza que se confunde sospechosamente con una antorcha— es en verdad el homenaje al grupo en el poder más grande del mundo. Pero también es el símbolo de una raza de guerreros urbanos resistentes al esmog, el abuso de sus políticos, la marginación, las vejaciones diarias en el transporte público. Están dispuestos a todo con tal de “progresar”, hasta a vender su alma al diablo.

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Editor Yaconic

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