ENTREVISTA A ROGELIO VILLARREAL

Si repasamos la historia reciente de la producción cultural independiente en México y su supervivencia, el nombre de Rogelio Villarreal salta a la vista inmediatamente. Escritor, editor, periodista, promotor… polémico, Villarreal acepta esta charla escrita y nos cuenta parte de su travesía en la práctica y difusión de la cultura, la cual tiene —“frente al cáncer de la barbarie generalizada”— “la posibilidad concreta y cotidiana de humanizar gradualmente el planeta”.

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Por Eduardo H.G. / @altermundos

Quisiera comenzar preguntándote sobre ti. Has atravesado más de tres décadas dedicándote al periodismo cultural, a la edición y a la promoción. ¿Cómo comenzó esa travesía?

En la secundaria hice un boletín de carácter cómico y en esos años empecé a trabajar con mi papá, que había fundado una editorial modesta, como corrector y más tarde empecé a incursionar en la edición de textos. También empecé a escribir artículos para el diario Oposición, del Partido Comunista, y para revistas y periódicos, como el Excélsior. En esos años empecé a trabajar como corrector en el Fondo de Cultura Económica, en el viejo edificio de Avenida Universidad y Parroquia, en la colonia del Valle de la Ciudad de México.

Fundaste, entre otras, las revistas La Regla Rota y La Pus Moderna entre los ochenta y noventa —una época particularmente álgida política y culturalmente—. Háblanos de las dos publicaciones y el espíritu que las movía.

Con mi entonces amigo Mongo, un caricaturista, decidimos hacer una revista distinta a las que conocíamos entonces, una revista impresa en papel barato y con un contenido promiscuo y lenguaje coloquial, que mezclara la crítica y el periodismo con las artes, el rock, el cómic y el humor, y donde se publicara a autores que no tenían cabida en revistas como Vuelta, Nexos o las de Bellas Artes y la UNAM. Había una nueva generación de artistas y escritores, y publicamos a muchos de ellos. En 1984 salió La Regla Rota, que tuvo solamente cuatro ediciones. En 1989 yo solo publiqué La Pus moderna, que siguió esa misma fórmula. Escribí largamente sobre estas revistas en mi libro Sensacional de contracultura (Ediciones Sin Nombre, 2009), que pronto verá una segunda edición, y recientemente Guillermo Osorno las ha mencionado en su libro Tengo que morir todas las noches (Debate, 2014), pues La Regla Rota se presentó en el bar Nueve, tema de ese libro.

Has visto de cerca el desarrollo de la producción cultural independiente —revistas, espacios, arte…— en México y has sido muy crítico al respecto. ¿Cómo ha sido este proceso? ¿Cuáles sus luces y sus sombras?

Es un tema muy amplio y complejo, y con muchas aristas, que requiere de estudios a profundidad. Puedo decir muy brevemente, y de manera muy simple, que una gran cantidad de artistas y escritores tuvieron acceso a las becas del gobierno y que pudieron dedicarse por temporadas a producir. Se han enderezado críticas a la manera en que se creó el Conaculta durante el gobierno de Salinas, los primeros privilegiados con becas vitalicias —como lo detalla un reportaje de Carmen Bermejo en El Financiero— y sobre la calidad de los trabajos hechos por los becarios, así como posibles favoritismos. Claro que hay creadores fuera del sistema y que también producen trabajo de alta, mediana y baja calidad.

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Periodismo cultural, ¿por qué?, ¿para qué?, en un país como el nuestro —azotado por la guerra, la violencia, la corrupción y la pobreza, entre otros males—.

Te respondo con un breve texto que escribí para mi libro Periodismo cultural en tiempos de globalifobia (Ediciones Sin Nombre, 2006), y que considero vigente: “No concibo el periodismo de la cultura si no es animado, a la vez, por un espíritu generoso, tolerante y provocador. La necesidad de compartir y discutir ideas y preferencias literarias, estéticas, filosóficas —o de cualquiera otra índole— va de la mano de la crítica, la denuncia y la claridad estilística. Género proteico y expansivo, el periodismo cultural se nutre indistintamente del ensayo literario, de la narrativa y la crónica, de la crítica cinematográfica, de la teoría del arte, de las ciencias sociales y exactas y de las nuevas tecnologías que están provocando cambios inusitados en todo el mundo. No debe haber tema que escape a la atención y a la disección del periodista cultural. El periodista de la cultura, por tanto, puede ser un improvisado o un erudito; un advenedizo o un ente sensible abierto a las ideas y a las más diversas manifestaciones del espíritu y de la inteligencia. Nada hace más daño al periodismo de la cultura —y a la cultura misma— que la ingenuidad y la desinformación, la parcialidad y la arrogancia. No es suficiente emitir juicios o panegíricos, por lo que la autocrítica debe ser una herramienta de afilación continua.

La práctica y la difusión de la cultura, frente al cáncer de la barbarie generalizada —la guerra, el racismo, los fundamentalismos, la hambruna, el repunte del capitalismo salvaje, la hipocresía religiosa, la corrupción—, ofrecen —si hemos de ser optimistas— la posibilidad concreta y cotidiana de humanizar gradualmente el planeta.”

Me llama la atención un término sobre el que escribiste en un artículo —“Rock, izquierda y contracultura. Tres conceptos que perdieron el sentido”—: el “disenso inteligente”. Afirmas sobre éste que las principales armas de una contracultura contemporánea serían ideas, la discusión, el diálogo, la sensibilidad. ¿De qué va este planteamiento?

La contracultura mexicana fue una copia débil aunque empeñosa de la contracultura estadounidense de los años sesenta. En los noventa se le empezó a confundir con la izquierda, o a exigírsele una actitud militante de izquierda; una actitud que perdura hasta nuestros días, en que las izquierdas han perdido el rumbo, el sentido crítico que las caracterizaba. Siguen enamoradas de Cuba y del Che Guevara; se encandilaron con un político populista y conservador, o bien son anarquistas radicales que olvidaron la reflexión y el análisis social y en cambio privilegian la violencia hueca e irracional. He dicho muchas veces que ser bohemio no es una actitud contracultural; la borrachera y las noches de putas no son exclusivas de ésta, es parte de la conducta habitual de muchos padres de familia. Bukowski ha sido muy mal leído y comprendido en México.

La “supervivencia” es un concepto muy relacionado con quien produce desde la independencia, ya sea una banda de música, una revista, una editorial, etcétera. Los proyectos se enfrentan a un sinnúmero de dificultades para mantenerse a flote, y muchas veces lo logran sólo por tiempos cortos. ¿Qué piensas al respecto? ¿Es la supervivencia una especie de horizonte utópico?

No debería de serlo. Todos los que producimos productos culturales debemos de aprender a sostenerlos, con publicidad, patrocinios, becas, campañas de fondeo, como sea. Ahora hay más formas de lograrlo.

Escribiste, entre otros libros, Sensacional de contracultura, El dilema de Bukowski y Periodismo cultural en tiempos de la globalifobia. ¿Tu estilo se adscribe a alguna corriente literaria? ¿Qué papel desempeñan las letras hoy día en el país?

He tratado de escribir un poco de narrativa —realismo sucio, dijeron—, crítica, reportaje, crónica, ensayo y cientos de artículos sobre todo lo que me interesa: las relaciones de la cultura con la sociedad, la política, las ideologías, los prejuicios, el fundamentalismo, las nuevas tecnologías, el arte, la fotografía, la literatura… Las letras, por su parte, siguen desempeñando el mismo papel de siempre: ser transmisoras de ideas, reflexiones, aportar a la discusión general, contagiar la sensibilidad, imaginar nuevos escenarios, posibilidades, acercarnos al otro, aventurar el futuro…

En 2004 fundaste la revista Replicante, la cual migró del papel a la edición digital. ¿Cómo se dio ese proceso? ¿Cómo se plantea la publicación a diez años de su creación?

En un artículo para la revista Casa del Tiempo, “Entre papeles y pixeles”, escribí esto: “El primer número de Replicante salió de la imprenta en octubre de 2004, al que siguieron veinte ediciones más hasta 2009. Por muchas de las razones mencionadas decidimos mutar de una revista impresa, trimestral, con un tiraje relativamente modesto —4 mil ejemplares— y grandes gastos en papel, impresión, transporte y distribución, a una publicación digital que redujo ostensiblemente sus costos de producción, incrementó exponencialmente la cantidad de lectores —no solamente en México—, hizo posible la comunicación inmediata entre editores, lectores y colaboradores de varios países y sobre todo nos permitió publicar con más frecuencia, actualizar contenidos y hacer correcciones, así como aprovechar todos los recursos de la red: la imagen en movimiento, el sonido, los hipervínculos y la interactividad. Esto es una tendencia mundial a la que decidimos sumarnos. Quizá eventualmente publiquemos alguna compilación de crónicas o de ensayos, pero estamos convencidos de la conveniencia de editar una revista electrónica que nos permite acceder a nuevas ideas de personas en todo el mundo.”

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Por otro lado, estás muy cerca de la fotografía desde hace muchos años. ¿Cómo ha sido éste acercamiento? ¿Cómo ves a la fotografía —documental y artística— contemporánea y cómo se inserta en los medios culturales?

Estudié fotografía y diseño gráfico, y tuve la suerte de conocer a Pedro Meyer en 1979 y de incorporarme al Consejo Mexicano de Fotografía. Vi muy de cerca el interés de Pedro por la nueva tecnología digital y lo que empezaba a producir con ella. Algo asombroso, un cambio que ha transformado nuestra manera de ver el mundo y de actuar en él. Ve tan sólo a los millones de personas opinando y subiendo memes y fotos todos los días en Twitter, Facebook y otros medios sociales. Dice Pedro en una entrevista que le hice recientemente que hoy todos somos fotógrafos, pero que carecemos de cultura visual. Es cierto. (La entrevista: http://bit.ly/1kEwkny)

¿Un artista, una banda, un escritor, una revista?

Uf, de entre tantos: Daniel Lezama, The Antlers, Guillermo Cabrera Infante, openculture.com.

Si quieres agregar algo más, ¡adelante!

—Pues… ésos son mis principios, si no les gustan tengo otros.

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