Por Iván Farías / @ivanfariasc

Con una portada que no llama mucho la atención, Los perros descalzos (Random House, 2016) es una colección de cuentos, todos interrelacionados, que pueden leerse de manera separada o como una novela polifónica. Si bien la violencia en México es el disparador, las historias descubren una serie de personajes que conviven a diario con nosotros y que, en un momento dado, deben huir a Estados Unidos para salvar sus vidas. Víctimas y ejecutores de su propia ruina.

Tuve la suerte de platicar con el autor, el mexicano avecindado en Estados Unidos, Antonio Ruiz-Camacho.

Interior

La cita fue en una librería de la colonia Condesa, y como si de circo se tratara, en otros dos escenarios entrevistaban a otro tanto de escritores. En el escenario más grande, frente a varias cámaras de televisión, hacían lo propio con un escritor de moda. En un mullido sillón, con varias grabadoras, a otra escritora. Ruiz-Camacho y yo nos fuimos a una mesa y pedimos un café.

Supongo que del periodismo es de donde sacas la materia prima para este libro.

Intenté elaborar un poco de periodismo sobre estas familias que se han trasladado de México a Estados Unidos buscando protección, a partir del 2008. Hablar con ellos fue imposible; son personas muy cerradas, les da vergüenza haber huido del país. La verdad es que tuve que hacer uso de mucho, de cosas que yo conocía, amigos míos, conocidos y luego mi experiencia viviendo acá.  Viví en México hasta los 28 años.

Hoy día es un gran fenómeno la migración debido a la delincuencia. Uno encuentra ciudades vacías en Tamaulipas, en Chihuahua, en Sonora…

Yo lo ubiqué en 2004 por otras razones que ya ni si quiera recuerdo, forma parte de la ficcionalización del asunto. Comencé a escribir estas historias en 2010, y ahora que estaba revisando mis notas fue el momento más álgido de desaparecidos y secuestros. En mi libro le ocurre a una familia de la Ciudad de México, aunque la mayor parte de estos casos se dieron en el norte. Era gente que tenía que salir con lo que tenía e irse con una visa de turista.

Algo similar le pasó a Guillermo del Toro.

Me impresionó mucho, es muy abierto a contar eso. No sé si no visite México, pero en las entrevistas dice que tiene miedo de regresar. El secuestro de su padre sucedió en el momento en el que yo empezaba a escribir. Es algo generalizado, hablas con gente y le pasa a todo mundo. Lo que pasa es que la gente adinerada es la que se puede ir.

¿Son cuentos o novela?

En Estados Unidos se vendió como cuentos y aquí como una novela, porque todas las historias están relacionadas.

En México está mucho la tendencia a denunciar. Cuando llegué a tu libro estaba prejuiciado, pensé que iba a ser un libro más sobre el narcotráfico y la tragedia. Pero no, vas más allá de eso; juegas con la forma de narrar, cuentas una historia.

En un principio quería contar. Como soy periodista conozco los límites entre reportear y contar ficción. Una de las cosas que más me divierte es relatar y ficcionar. Me gusta trastocar la realidad y realizar lo que no tengo permitido en el periodismo y sí en la literatura. Yo había escrito ficción como pasatiempo por muchos años, y aquí fue cuando me lo tomé en serio. Me di cuenta que cuando haces periodismo es mucho de denuncia: encontrar algo que no funciona y dar con los responsables. La forma en que representas a las personas involucradas en un reportaje es blanco y negro; los matices de cada uno no vienen al caso. Eso no lo puedes hacer en literatura,  si lo haces te queda una caricatura. Los personajes tienen que actuar, y el lector decidirá si conecta o no con ellos.

Yo quería mostrar dos cosas muy claras: la violencia y los orígenes de clase en México. Quería enseñar cómo se relacionaban las familias con la gente que les sirve en casa. Mostrarlo y que decidieran si tomaba partido por una u otra. A veces me han dicho en Estados Unidos, sobre todo estudiantes de literatura, que son más jóvenes, que los personajes no les caen bien. Tal vez sea porque no son buenos.

Portada

Sí, no se redimen.

Exacto, no tienen nada de qué arrepentirse. No son víctimas más que del hecho directo, pero son culpables de una situación de la que antes se beneficiaban. Lo que tú tienes que hacer es mostrar al personaje así y que la gente decida si se identifica con él. Ese es un debate que en Estados Unidos se está llevando acabo ahora, sobre si a los lectores se les debe presentar personajes con los que se pueden identificarse o personajes más reales, aunque no congenien con ellos.

Me gusta cómo creas a los personajes a través de lo que dicen. Se notan mucho las relaciones de clasismo merced a sus actos. Tienes una mirada muy inquisitiva.

Me gusta observar a la gente. Me parece que la forma en la que hablamos dice mucho de las personas. La forma en que se mueve, el tipo de palabras que elige, el tono, eso te dice quién es. Era lo que quería, influido porque lo estaba escribiendo para un público que potencialmente no sabía nada ni de la Ciudad de México, ni de cómo eran las relaciones aquí, ni de la violencia. Debía operar en dos ámbitos: mostrar qué pasaba aquí y mostrarle todos esos matices, aunque no tuvieran mucho contexto y lo pudieran entender.

La escribiste en inglés. Al traducirla, ¿no fue como reescribirla?

Cuando comencé a hacer la traducción tuve la consigna de trabajarla como lo haría un traductor normal, es decir, no alterar el manuscrito original, intentar trasmitir el sabor al español para que no fuera una versión del libro. Pero hubo partes en que me fue imposible. Había frases que no tenían sentido o que sonaban horribles. Hay dos cuentos a los que les cambié el nombre. Tuve que recrear lo que estaba pasando en la historia, reconectar con los personajes e intentar expresarlo en español. Eso es una ventaja sobre un traductor profesional, tienes acceso a los sentimientos del autor.

La verdad, lo traducido nunca va a ser igual al material original. Eso por un lado es algo trágico, pero por otro lado también es divertido. Te das cuenta que ciertos autores al ser trasladados a ciertas lenguas tienen más éxito que en la original. Lo que me hace pensar a mí es que la aportación del traductor crea un material totalmente original que tiene otra estatura, no sé si superior o inferior, que hizo que conectara con otro tipo de gente.

¿Cómo la recibieron en Estados Unidos? Ellos están acostumbrados a los autores del Boom y a Bolaño.

En general le ha ido muy bien. Todas las reseñas han sido positivas, ha aparecido en muchos sitios importantes. También es cierto que hay una regla no escrita, en la que el primer libro de un autor, si la reseña es comisionada por una revista y no es positiva, simplemente no la publican. Pero bueno, en general me fue muy bien.

Yo creo que lo que más les sorprendió es que presenta a un tipo de mexicano que no es el que ellos conocen. Una visión de lo que está ocurriendo en México que no se cubre en general allá. Las novelas que han aparecido tienen que ver directamente con los cárteles o con las decapitaciones. Por ejemplo, la desaparición de los normalistas tuvo mucha cobertura. Esa parte es más de violencia en sí misma, más gore. Eso yo no quería hacer. Yo quería hablar de las consecuencias emocionales de esta violencia.

Quería presentar una comunidad inmigrante que no está determinada por la búsqueda de trabajo, sino que huye de la violencia.

Son migrantes que no quieren ser migrantes.

Claro, les da vergüenza. La idea del migrante, que va a Estados Unidos, es que son gente con poca educación, pobre y no son profesionales. Lo cual es un mito. Los personajes de mi libro son personas que tenían una situación privilegiada en México y cuando llegan allá, aunque todavía tienen dinero, ya no son nadie. Es decir, perdieron el poder. En México, el demostrar que tienes poder es muy importante, que estás un escalafón más alto que alguien. Allá ya no.

Antonio Ruiz Camacho

Antonio Ruiz-Camacho / Foto: Joel Salcido

Pese a no haber monarquía en México el hecho de tener un linaje es muy importante. Incluso en el libro pones el árbol genealógico de la familia.

En México sí hay, tenemos estas castas y seguimos siendo una sociedad de castas. Llegas a Estados Unidos y no eres nadie. Y eso les afecta muchísimo. Cuando intentaba reportear para este libro me costaba mucho trabajo; estaba en la maestría de periodismo narrativo e intenté crear un reportaje sobre este fenómeno, descubrí que hay toda una estructura en Dallas, Houston, El valle, San diego, La Jolla, Austin, de gente que solo trabaja para ellos. Abogados, asesores de bienes raíces, personas que les ayudan a abrir empresas, que les cuidan los niños, de todo. Con estas personas sí pude hablar. Me contaron historias que eran muy trágicas, hasta que pones distancia.

Historias de señoras que preferían la violencia, tener guaruras y autos blindados, porque allá tenían que hacer el trabajo de la casa. Llegaban a un lugar, un restaurante, un salón y debían esperar como el resto de la gente. O tenían que lavar el coche, o no podían pagar sirvienta de planta. Para esta gente eso es el fin del mundo. A mí me parece tan ridículo, pero como personajes me parecen fascinantes. Era un reto humanizar a gente que lo tuvo todo.

Cuando leen sobre este tipo de personajes, no se pueden creer que haya gente tan sofisticada en México. Mira, la cultura mexicana es mucho más sofisticada que la norteamericana. Eso es un hecho.

 Y los mexicoamericanos, ¿cómo recibieron el libro?

En general bien, pero había un par de reseñas en Amazon, tu sabes que no debes de leer esas reseñas porque son terribles, pero soy morboso así que lo hice. Había personas que con el nombre, eran de origen latino, despreciaban el libro porque hablaba de gente de dinero. Me echaban en cara que escribiera sobre ellos y no sobre los otros mexicanos. Pero bueno, yo entiendo que haya un gran problema de derechos y batallas en Estados Unidos con la comunidad de mexicanos. Lo entiendo. Lo que ha pasado con la comunidad afroamericana hasta ahora es algo que debería de pasar con la mexicoamericana. Pero no hemos llegado a tener el mismo reconocimiento que ellos. Por supuesto que tiene que ver con el hecho de que los afroamericanos fueron esclavos y nosotros no, bueno, de manera oficial. Si Donald Trump dijera lo que dice de los mexicanos con los afroamericanos ya hubiera caído. Lo cual te dice del doble rasero con el que se mide. La dinámica ahora es blancos y negros. Y de los latinos no se habla. Por eso entiendo esas reseñas. Este tipo de familias representan al opresor.

Mientras lo leía los sentía una especie de familia real en el exilio, como los zares.

Así es como se ven ellos. A veces hablo con estudiantes de universidades, en una ocasión una estudiante mexicoamericana me dijo que mis personajes no representaban a México. Yo le contesté que tal vez no conocía bien México. Le dije que hay un estereotipo. En Estados Unidos si te presentan este tipo de familias pero que son de Inglaterra les parece que son super sofisticadas y exquisitas. Está Downton Abbey, en esa serie son blancos y se merecen todo. Nadie niega que eso sea típicamente inglés. Lo curioso es qué tipo de gente y de dinámicas de clase existen en toda América Latina y otros sitios postcoloniales. Pero hay un estereotipo que deben de seguir, porque si los dotas con estas particularidades que deben de ser inglesas, no lo son. Cuando acabé de decirle esto la chica se quedó muy seria y ya no dijo nada.

Editor Yaconic

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