MARTÍN CAPARRÓS Y SUS 609 PÁGINAS DE HAMBRUNA

Cuando una persona no consigue comer sus 2.200 calorías por día, pasa hambre: se come. Un cuerpo hambriento es un cuerpo que se está comiendo a sí mismo —y ya no encuentra mucho más.”

PORTADA EL HAMBRE

Por Edgar Khonde / @edgarkhonde 

Primero comes menos y tu cuerpo acaba con tus reservas de azúcar; después las grasas. Te mueves despacio, letárgico. A lo mejor dejas de pensar con claridad, si es que alguna vez fuiste lúcido —recuerda que para lo único que vivías y por lo que vivías era para comer a veces, porque a veces no—; vives en Níger o en la India. Pierdes el poco peso que tenías. Pierdes defensas; tu sistema inmunológico es un desastre —cualquier enfermedad te subyuga—: la menor de las infecciones, una herida, una gripe, tienen la fuerza de dos locomotoras. Los virus te causan diarreas; te vacían. Tu cuerpo es incapaz de rechazar parásitos, bacterias. Te duele todo, todo te duele. Se te complica respirar, abrir los ojos. Tu escasa masa muscular desaparece. No puedes ni mantenerte en pie ni moverte ni decir palabra. Tu piel se arruga, se pliega, se quiebra; duele, todo duele. Lloras, lo intentas. Esperas que todo acabe.

Nadie se muere de hambre. Se muere por las enfermedades que atacan al cuerpo desnutrido, severamente desnutrido. Cuerpos incapaces de combatir infecciones por los exiguos nutrientes de a veces comidas inéditas, escasas. O a veces ni comida ni nada.

Martín Caparrós escribe sobre el hambre en 609 páginas; sobre el proceso, el mecanismo que hace que mil millones de personas tengan que vivir con desnutrición, bajo la sombra de la hambruna, en un contexto mundial en el que hay excedentes de alimentos, de granos, de carne; un planeta y modo de producción que fácilmente podría alimentar al doble de su población.

En El Hambre (Planeta, 2014) Caparrós recorre lugares en tres continentes; recorre estadísticas; recorre la historia humana en busca de las causas del hambre y la pobreza; la más extrema de las pobrezas: el hambre y la incapacidad de pensarse diferente. Una abuela nigerina a la que se le acaba de morir un nieto dice: “Dios me mandó este destino, así que seguro lo merezco. Para que haya gente feliz, algunos tenemos que ser infelices. Así es la vida, sabe.” Y, sin embargo, dependiendo de la base de la dieta, Lester Brown —presidente del Worldwatch Institute— asegura que bajo un régimen vegetariano, el mundo alcanza para alimentar a 10 mil millones de personas. Para que haya gente que coma no debería haber gente que no coma.

—¿Cuál es tu plato favorito, el que más te gusta comer?

—La bola de mijo

—¿Sí? ¿Es mejor que el pollo?

—¿Pollo? Pollo no puedo comer nunca. ¿Para qué quiero que me guste?

Hoy se producen 4 mil millones de toneladas de comida por año en el mundo. Y entre el 30 y 50% de éstas nunca llega a un estómago. Es una cuestión política, y también de imposición de una visión del mundo sobre las demás. Porque se puede especular con la comida. Se crean grandes fortunas y se devastan países a domicilio. “¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”, se pregunta el autor y le pregunta al lector. El hambre en algunos lugares es consecuencia del saqueo.

Si se tiene hambre no se puede pensar, mucho menos imaginar. No hay posibilidad de imaginar otras cosas, situaciones, contextos, mundos, distintos y diferentes al que un hambriento conoce. En una figura, escena, que lo detalla, Caparrós cuenta de cuando le planteó a Aisha la pregunta que después iba a utilizar tanto:

—(…) si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, o un mago capaz de dársela, qué le pediría.

—Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos en el mercado y con eso más o menos me las arreglaría.

—Pero lo que te digo es que te puede dar cualquier cosa, lo que pidas.

—¿De verdad cualquier cosa?

—Sí, lo que pidas.

—¿Dos vacas?

Me dijo en un susurro, y me explicó:

—Con dos sí que nunca más voy a tener hambre.

Era tan poco, pensé primero.

Y era tanto.

La agricultura tan tecnificada, el hombre enviando robots a Marte y sondas espaciales a los confines del universo, y no obstante millones hambrientos. Que ni siquiera saben que padecen hambre. Que desconocen las causas de su hambre; el saqueo de países industrializados, de transnacionales, de corredores de bolsa. Que carecen de esperanza y a veces solo están esperando morirse.

“Recuerdo cuando el mundo iba a ser mucho mejor”.

No sé si a la culpa, pero Martín Caparrós —con sus preguntas hacia él mismo— lleva al lector de la mano a una especie de asco de saber que aunque no quiera, también es causante del hambre en el mundo: “¿tiene sentido que organismos tan complejos hagamos vidas tan de mierda?”. Este ensayo, crónica, relato, ¿novela?, denuncia, sugiere tal vez que en este tiempo el hambre en el mundo no es incapacidad productiva ni resultado de desastres naturales o económicos, sino de los “daños colaterales” de un sistema capitalista.

“Creo que estoy enojado con este tiempo y que el hambre es la síntesis de todo lo que me enoja. Creo que el enojo es la única relación interesante que uno puede tener con su tiempo”.

Caparrós, Martín. (2014). El hambre. México: Planeta.

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Martín Caparrós, foto por Alejandra Quintero

 

Edgar Khonde

Edgar Khonde

Redactor y escritor negro. Poeta de musas variopintas, gusta del fernet-branca, la literatura y la buena comida. Se ha desempeñado en los más comunes y los más extraños oficios por diversas regiones de nuestro país. Su libro más reciente apareció en 2013: Las chicas que caminaban en zancos. Ha colaborado en publicaciones como La risa de la hiena, Lenguaraz, Generación, La Jornada, así como en publicaciones virtuales y de medios libres. Hace tiempo participó en un recital de acordeón en el CC España de México, y aunque nunca lo había tocado, fue bien recibido por la crítica. En sus ratos libres, musicaliza fiestas, ve series y películas de zombis y le escribe cartas a Alicia.

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