No estaba en mis intenciones salir a correr. Nunca está, no me gusta, me aburre, me cansa, no quiero sudar, aparte de todo siento que desde afuera me veo como un pendejo. Pero bueno, estaba de vacaciones en Mazatlán y durante dos días no había hecho más que escuchar música de banda tirado en la arena, comer chingón y tomar cerveza como los grandes. ¿A qué más se puede ir a la playa? Natalia insistió, estaba aburrida y la acompañé.

Me perdí un buen rato en mi cerebro; mientras dábamos vueltas por el malecón recordé que desde hace un tiempo tengo mis broncas con esta onda de la cultura fitness y los runners. Hay varias razones. Una es que los que andan corriendo por acá van muy bien vestidos, ropa de marca, shorts coloridos, medias para correr, tenis con resortes, etcétera, y pues uno se siente menos si anda ahí con un short normal con el escudo de tu equipo de fútbol a un lado o playeras viejas con hoyos que deja el detergente con el tiempo.

Otra razón es que, cuando uno sale a correr, topa de frente con una montaña de realidad, nos volvemos conscientes de la falta de condición física porque nos encontramos con runners en forma. Digo, todo esto tiene una explicación muy simple: los que salen a correr siempre están en forma porque salen siempre, en cambio, los gorditos como yo que salen de vez en cuando somos minoría porque, obviamente, salimos una vez cada tanto. Se forma una especie de burbuja de perfección, de pura buena onda, pero al mismo tiempo, de auto exigencia y algo que la vida no me dio: disciplina. Les fallé.

Ilustración: Ileana Rivera

Iba pensando en eso cuando llegué a un cruce y me quedé un rato escuchando a una banda que tocaba afuera de un restaurante; Natalia ya había tomado mucha ventaja y apenas la alcanzaba a ver corriendo por la playa, mojando sus pequeños pies. Yo tomaba aire para recuperarme cuando vi que a mi lado apareció una morra vestida de azul y blanco, también lista para correr. Tendría unos 23, y obviamente cumplía con el ideal de runner que hace un momento describí. Pero, en lugar de aislarme, ella me incluía con la mirada.

Lo que trato de decir es que me miraba de reojo, tímida. ¡Qué bonita morra! Ropa impecable, estatura media, cabello negro, piel tersa y una nariz bellísima. Total, mientras esperábamos a cruzar ese pedazo del malecón que hace una especie de esquina por donde cruzan bici taxis, yo también la observaba. Iba con otra morra vestida casi igual pero de menos años, no sé, unos 18. Se dijeron algo en un idioma que no alcancé a descifrar.

¡Perra madre!, ¿le hablo?, ¿qué carajos digo?, ¿servirá si ni siquiera me va a entender? ¿Llegará el arrepentimiento en seguida de intentar hacer contacto con ella? La dejé pasar. Me volvió a mirar. Quizás pensó que la había dejado pasar para verle el culo; siguió su camino y de fondo “el muchacho alegre” sonaba.

Natalia me gritaba desde la playa y fui a alcanzarla para tomar el camino de vuelta. Seguimos corriendo y ahí empezaron las verdaderas cuestiones que llegaron a mi mente en este orden, pero aclaro que luego se mezclaron:

1. ¿Con qué pretexto pude haberle hablado? No hablo alemán, suponiendo que era ese el idioma que hablaba. Ok, pero en lugar de un contra pude haber usado eso a mi favor. ¿A quién no le gusta hacer amigos o tener romances en las vacaciones? Además, y eso es lo más importante, me miraba. Digamos que lo pienso en serio, el hecho de haber coincidido en tiempo y espacio con una persona, cualquiera, ya amerita una charla movida por el asombro. Pude haber preguntado si le gustaba la banda.

O sea, tampoco es que yo hubiese nacido en el siglo XIII y ella en el XIX, yo viviendo en Egipto y ella en Inglaterra. O incluso los dos en Florencia, salir a correr a la misma hora pero ella con cuarenta y cinco años más que yo. No, nada de eso. Habíamos coincidido en las mejores condiciones, yo con 28 años y ella 23 o 24. Ahora, no podía decirle eso, seguro se habría asustado y correría con más velocidad, salvo que esa mujer sea el verdadero amor de mi vida y me hubiese respondido en alemán algo como:

“¡GENIAL! Nunca había pensado esas cosas pero me encanta lo que dices, vamos ahí por una cerveza mientras toca la banda”, y en ese caso, yo tendría que hundirme en el barco de la depresión porque dejé ir al amor de mi vida, que ese día vestía de azul y blanco. Así que mejor pensar que no, prefiero pensar que no había entendido las cosas que dije o simplemente me habría visto con desprecio, como un bicho.

2. El malecón es uno y tiene sólo dos direcciones posibles, Natalia y yo vamos hacia el lado de los hoteles más bonitos. La morra y su amiga tarde o temprano regresarían, así que me quedé en un estado de felicidad leve alimentada por una esperanza menos, sí, pero esperanza. Esos momentos en que las cosas van exactamente como siempre, pero que está a punto de pasar lo extraordinario. Ahora que lo pienso, la felicidad podría ser exactamente ese momento. Total, fui feliz mientras corría porque en algún momento, si los cálculos no fallaban, nos encontraríamos.

Pero entonces me atracó una objeción: Sudo como si acabara de salir del mar, mi ropa es fea, tengo ojeras espantosas y respiro como cerdo en celo. Tal vez, en el caso de encontrarnos, si ella me viera en este estado de descomposición ya no me miraría como hace un momento que yo estaba ahí descansando mientras escuchaba una banda. Se rompería entonces la idealización que probablemente se hizo de mí y se esfumaría cualquier rastro de buena impresión que pudiera causarle en condiciones, digamos, más higiénicas. Puede que lo mejor no sea encontrarla, si no nos cruzamos pierdo, pero si lo hacemos también. Puto cine en llamas sin salidas de emergencia.

3. Tendría algunos 23 años y yo 28, pero podría ser que no, que fuera menor. ¿Le gustará la idea? Dicen que las europeas son más liberales. Además, ¿qué tipo no le lleva cinco, seis o diez años a su novia? Salvo que él tenga 18 y ella 13, pero no es el caso. No pasa nada, una resonancia lejana que me dejó leer a Nabokov.

Ilustración: Ileana Rivera

4. No la volví a ver, jamás le hablé en ningún idioma. ¿Qué se puede hacer en estos caso para combatir la frustración? O peor aún: la cobardía. Escribir, haberla visto me va a servir para escribir esto y el castigo por no haber dicho nada. O el premio: en una de esas sale un texto chingón que me da algún premio y la publicación en algún estado del país.

En realidad premio y tormento: me cuesta sentarme a escribir pero terminando será un placer comparado con cagar o algo semejante a haber puesto en acción algunos músculos, la sangre circulará con mayor fluidez y estaré más en calma, más fresco. Sí, exactamente igual que después de correr un rato.

Listo. Dicho todo esto, sólo hay una forma de cruzármela nuevamente, si es que pasa, es ir mañana a la misma hora. Si la morra es runner como parecía, tiene que salir todos los días, aún estando de vacaciones, esa gente es viciosa. Me voy a poner el short más decente que traigo, una camiseta sin hoyos, mis audífonos blancos para que se note que es un iPhone lo que traigo en mi bolsillo. O no, puede que no haga nada, puede que prefiera seguir siendo Luis, no sé. Pero algo sí es seguro, llegando a casa luego de las vacaciones, llueva o truene, saldré a correr.

Ilustración: Ileana Rivera

Luis Bernal

Luis Bernal

Narrador y cronista. Autor del libro de cuentos ‘La casa púrpura’ y la novela ‘Por este cielo jamás dejan de circular aviones’. Colabora para varias revistas y periódicos del país. Hincha de Tigres y la música norteña.

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