EL MUSEO DEL JUGUETE ANTIGUO Y SU SALÓN DE LUCHA LIBRE

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Por Miguel J. Crespo

Fotos por Alejando Resendi

Dos cisnes blancos de plástico en tamaño real y un par de soldados de la guardia real inglesa hechos de madera y sin cabeza, adornan la fachada del Museo del Juguete Antiguo México (Mujam), que desde el 2006 guarda en su interior la colección de juguetes mexicanos más grande del mundo. Es allí, en el corazón de la colonia Doctores, donde su fundador, Roberto Shimizu, recuerda a sus 69 años: “Yo aquí viví desde niño; allá estaba la sala, la cocina, el baño, y por acá mi recámara”. El también arquitecto señala a la derecha y a la izquierda con el dedo índice mientras se encamina hacía la nueva sala que el museo abrirá en unos días, y que estará dedicada al deporte más popular del país: la lucha libre.

Shimizu acomoda sus pequeños y ovalados anteojos mientras rememora que su familia llegó a la Doctores hace más de 80 años. “Mis padres llegaron de Japón en 1939 a la ciudad de México, donde abrieron una papelería que se llamaba ‘La Primavera’. Tenía yo 10 años y desde entonces comencé a guardar cosas”. Don Roberto cruza sus piernas para después descansar sus manos entrelazadas sobre su rodilla izquierda: “Guardé las cosas que me hacían feliz. ¿Y qué representan esas cosas? Pues el México de la Época de Oro, autosuficiente en todo: zapatos, ropa, comida. Y sobre todo en cultura”.

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—¿Cómo nació el Mujam?

—De niño guardé miles de cosas y la colección se hizo de millones de piezas. Sólo el 10% está exhibido. La decisión de crear el museo vino en alguna ocasión que enfermé, porque pensé: ¿Y si me pasa algo? ¿Y si me muero? Todo se lo va a llevar el tren, va a acabar en una venta de garage o en un tianguis. El Mujam nació para que mis hijos cuidaran esto como un patrimonio de México que nadie guardó.

La colección está totalmente catalogada y fichada; pero no les coloco las fichas porque no acabaría nunca. Además, no las necesita porque todo mundo reconoce sus cosas. Es un museo vivo para mexicanos vivos.

—¿Qué diferencia hay entre los juguetes de hoy y los que usted coleccionó?

—Mira, yo te podría asegurar que el juguete, así como vamos, va a desaparecer. Porque los videojuegos son pura violencia, puro sexo, pura cosa grotesca y cada vez está más exagerado. No provocan el juego, no incitan la convivencia social. Se tienen que jugar en solitario y frente a pantallas. Y esa frialdad se les transmite a los niños. No es posible que con un botón andes matando a toda la ciudad y te estés echando a ocho mil viejas. Es pura idiotez, puro monstro atacante. Si de por sí estamos como estamos, ya más no queremos.

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—¿Cómo sobrevive el museo?

—Una de sus metas del Mujam es permanecer vivo, sacar los gastos. Ahorita no los sacamos. Yo pongo de mi bolsa y esa es nuestra principal preocupación: conservar esto como un patrimonio del país.

Nos han ofrecido que llevemos el museo a otra zona; pero aquí nací y aquí quiero que se quede. Llévate el museo a otro lado y la gente no le va a entender, porque el Mujam es una colección de esa época popular que muchos vivimos. Además es como si perdiera su esencia, su alma. Nosotros estamos buscando el apoyo del gobierno, porque los gastos son muy fuertes. A pesar de ser un museo casero, no pagar renta y de cuidar la luz como la cuidamos, está de la patada.

Por eso tuvimos que rentar el foro [en 2014 el Mujam se vio obligado a rentar el foro cultural que funcionó durante cinco años como espacio “hermano” del museo]. Nos dolió mucho porque ahí se hacían talleres, funciones de lucha libre, teatro, música autóctona, presentábamos libros y era una referencia del street art: en sus paredes se encontraba el trabajo de 150 o 200 artistas. Se tuvieron que cubrir de blanco, borrando años de historias ahí plasmadas.

—¿Qué significa coleccionar para la familia Shimizu?

—El coleccionismo implica en primer lugar un gusto; y en segundo ver algo donde la gente no lo puede ver. “Aprendemos por ósmosis”, ese es un lema que uso mucho. Por lo tanto somos historiadores y lo que el Mujam pretende es fomentar nuevos coleccionistas para que escriban una nueva historia de México.

Estoy convencido de que lo que está pasando en el país no puede continuar como va. Se necesita gente joven. Ellos son los que van a cambiar la situación.

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80 METROS DE LLAVES Y MÁSCARAS

Para posarse frente a la máscara, capa, botas y rodilleras originales que utilizó Rodolfo Guzmán, “El Santo”, en sus memorables luchas y películas, hay que atravesar la planta baja del Mujam, subir las escaleras hasta el tercer piso, contemplar los finos y divertidos murales de Arty and Chikle e introducirse a la nueva sala que atesora una colección de más de 5 mil piezas referentes al pancracio. Desde los clásicos muñecos de plástico soplado —con los brazos abiertos como queriendo siempre abrazar—, hasta las primeras obras de José G. Cruz, creador de comics como la El Enmascarado de Plata, La India María y La Tigresa.

La nueva sala del Mujam cuenta con 80 metros cuadrados en forma de “U”, y se divide en tres partes: en la primera se exhiben máscaras, muñecos y piezas de la lucha libre en general; la segunda está dedicada a José G. Cruz (también pintor), quien, que según Shimizu, “terminó haciendo pintura erótica”; y la tercera es una colección única de El Santo, que fue comprada por Don Roberto a la viuda del también llamado Hombre Rojo.

Para Shimizu es “tremenda” la importancia de rescatar la cultura popular mexicana a través de la lucha libre, pues afirma que “con ello se puede contar la historia de México de una manera distinta. Siempre se ha escrito de diferentes formas; pero esta es una historia en la que nosotros aún estamos presentes”.

Roberto Shimizu inició su acervo sobre el pancracio mexicano con álbumes y estampas de larín que guardó paralelamente a todas sus colecciones. “Todo lo que guardé de la lucha libre fue de a uñita. Poco a poco, empecé a coleccionar programas desde hace muchos años y luego revistas”, dice mientras frunce el ceño y se encoge de hombros para después sentenciar: “Hay muchas colecciones de máscaras, pero máscaras es lo más fácil de conseguir. Esto tiene que ir más allá, pues se debe introducir a la vida del luchador”.

Detrás de la mirada apacible y distraída de Shimizu, se encuentra un vehemente adorador de la cultura popular mexicana, que dice sentirse afortunado de ser él quien pudiera quedarse con las cosas que guardó El Enmascarado de Plata. “El Santo era un coleccionista, fue el único luchador que creyó en su vida; que recortó y guardó cosas de su carrera. Yo fui el afortunado a quién vendieron toda la colección”.

Se pone de pie y, emocionado, el arquitecto hace una señal al viento. Lo seguimos mientras se dirige a los programas que anuncian las primeras peleas de Rudy Guzmán. “Éste es de los treintas, cuando [El Santo] luchaba en Estados Unidos sin mascara; el de allá cuando en el mismo día llegó a luchar hasta tres veces en diferentes funciones. O sea, estaba acelerado ese cuate”, enfatiza, mientras pasa su mano por encima del cristal, como acariciando a distancia los programas de papel que ya se miran carcomidos por el tiempo y que él considera invaluables.

El fundador del Mujam acepta que otra de sus pasiones es el box y se endereza en su asiento para aseverar con un tono más efusivo, que también es fiel al pugilismo. “Mi deporte también era el box. Era lo máximo de México con esas figuras tremendas como Ricardo ‘El Pajarito’ Moreno, Raúl ‘El Ratón’ Macías y José Medel. La época de los grandes gallos hasta llegar a Alfonso Zamora”.

Shimizu enchueca la boca hacía la derecha y mueve su cabeza al compás de la negación mientras deja escuchar lo que piensa sobre el boxeo actual: “Lo que tratas de ver en el box y en la lucha libre son emociones. El boxeo mexicano es de puros huevos, pero ahora muchos son sólo costales; pura y simple mercadotecnia”.

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POR LA COPA MUJAM

El ring está listo en el estacionamiento del Mujam. Algunos niños se columpian entre sus tres cuerdas y se lanzan a su lona colorada. Es 16 de noviembre y se espera a las leyendas vivientes de la lucha libre. Mientras, en el interior del Mujam, el legendario Mil Máscaras corta el simbólico listón rojo acompañado de los Shimizu [padre e hijo], para que se inaugure formalmente el Salón de la Lucha Libre.

En disputa por la Copa Mujam, la pareja de Súper Muñeco y Súper Pinocho derrota a Los Diabólicos: Romano García y El Gallego. Roberto Shimizu hijo se abre paso entre la segunda y la tercera cuerda, sube al ring y entrega la copa. Además reconoce la trayectoria de uno de los más reconocidos ídolos del cuadrilátero: Mil Máscaras. “Es un verdadero honor contar con la presencia de uno de los luchadores más emblemáticos de México”.

Entre la algarabía y los gritos de euforia de cientos de aficionados, los hermanos máscara: Mil Máscaras, Dos Caras y Psicodélico se enfrentan a Los Brazos: “Súper Porky” (Brazo de Plata), Brazo de Platino y Brazo de Bronce, en un duelo simbólico. El Mujam comparte al mundo, desde la colonia Doctores, su deseo de seguir vivo.

El Museo del Juguete Antiguo México y su nueva sala de lucha libre se encuentran en Dr. Olvera número 15, en la colonia Doctores de la delegación Cuauhtémoc. Ciudad de México. Teléfono: 01 55 5588 2100. Puedes visitar su SITIO OFICIAL para más información.

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