Por Carlos Velázquez / @Charfornication

Cuando Hunter S. Thompson publicó Los Ángeles del Infierno cambió la historia del periodismo. Sin embargo, no obtuvo el reconocimiento que ambicionaba. La fama lo acechaba a la vuelta de la esquina, pero el país no estaba preparado, todavía, para sus contribuciones al género. Sus ambiciones apuntaban más allá de la simple revolución de la prensa. Hunter deseaba que la locura fuera aceptada como materia para el ejercicio. Mientras perfilaba uno de los reportajes fundamentales del siglo XX, la saga de bikers forajidos que aterrorizaron a Norteamérica, tenía problemas de dinero y manejaba un Volkswagen. El prestigio periodístico no alcanzaba a un hombre que había empeñado su vida por merecerlo. Entonces, cuando menos se esperaba, a Hunter lo mordió la fama. Y se coló a la fuerza a una fiesta a la que de otra manera jamás hubiera sido invitado.

Nunca escribió un manual de periodismo, aunque desperdigó pistas sobre el quehacer en unos cuantos artículos y en su correspondencia. Lo más cercano a sus ideales puros y duros sobre el oficio los vertió en La maldición de Lono (Sexto Piso, 2016). El pretexto idóneo para exponer su última teoría y su última contribución a las salas de redacción: el post-gonzo. El delirio expuesto en Miedo y asco en Las Vegas lo había catapultado hacia la fama ansiada. Un libro por entero gonzo, pero que incumbe demasiado a la auto ficción para ser tomado por estricto periodismo. Una declaración de principios. Existe el gonzo y existen otras corrientes. Era su manera de deslindarse del Nuevo Periodismo. Este movimiento abrió la puerta a Hunter al mundo político.

la maldicion de lono hunter s thompson

La maldición de Lono, Ralph Steadman

La permisividad que obtuvo en su oficio le permitió incluso despreciar la Historia. Fue comisionado para cubrir la pelea de Ali vs. Foreman, en Zaire. Pero no asistió al combate. Prefirió quedarse en la piscina de su hotel bebiendo cócteles. Este desdén se agudizó a lo largo de su carrera. Recibió cientos de invitaciones para cubrir espectáculos de toda índole. La combinación de su consumo de drogas, su fortuna y que había reporteado algunos de los deportes más populares de su país, le permitían el lujo de dedicarse a actividades frívolas. Aparecer en Playboy, salir de juerga con celebridades y escribir de manera escasa eran su rutina. Pero Hunter no perdió el olfato para detectar una buena historia. Y si le dio la espalda a muchas publicaciones glamurosas, no pudo negarse ante la provocación que le resultaba que una desconocida revista, Running, lo invitara con todos los gastos pagados al maratón de Hawái en 1980.

“En el periodismo no hay dinero. Pero hay acción”, dice en La maldición de Lono. Y su intuición para la acción lo embarcó en esta aventura. Esta cita que bien podría ser grabada en letras de oro, establece sin pretenderlo la filosofía que Hunter tenía del periodismo. A través de uno de sus personajes, Skinner, suelta otro de los preceptos básicos para su oficio: “me pagan por mi locura”. A estas alturas de su vida Hunter es consciente que es toda una institución. Pero no puede dejar de hacer lo que ha sido su deporte favorito toda su vida: burlarse de las instituciones. “Vivimos de la mentira, pero somos buena gente”, contribuye Skinner. Filosofía gonzo pura. Esto no significa que Hunter no estuviera comprometido con la verdad. Pero su compromiso también radica en no entregarle la verdad a quien no la puede soportar.

la maldicion de lono hunter s thompson

La maldición de Lono, Ralph Steadman

No perdió su corrosividad en la cima de su trayectoria. “El periodismo es una atracción. Pero no paga el alquiler”. Su obsesión continúa siendo la profesión que había elegido. “Años y más años de trabajar cada vez más por cada vez menos pueden conseguir que un hombre se vuelva excéntrico”. Esto fue precisamente lo que le ocurrió a Hunter. Pero sin esa excentricidad jamás hubiera partido hacia Hawái en busca del post-gonzo. La maldición de Lono no comparte la misma densidad de Miedo y asco en Las vegas, pero es la obra de un hombre en la cumbre de su experiencia. Repleto de frases memorables. Los títulos de cada capítulo son una joya en sí mismos: “La generación maldita”, “Todos somos iguales en el océano”, “Matamos como campeones”, “La locura de ayer es la razón de mañana”.

Este último es la síntesis del libro. El motivo por el cual se lanzó a la isla en compañía de su infiel escudero Ralph Steadman. Terminada su labor en Honolulú deciden permanecer ahí para enfrentarse a un enemigo que antes había sido tratado en el periodismo sí, la naturaleza, pero no con la misma extravagancia. Un clima que enardeció la de por sí exaltada locura de Thompson. Quien no puede pasar desapercibido en ningún sitio que pisa. Todo lugar que visita lo convierte en Gonzolandia. Y esa acción que le achaca al oficio periodístico no tiene ningún reparo en ponerla de su parte. Si en Miedo y asco en Las Vegas centraba al reportero en medio de la acción y lo hacía formar parte de la historia, en La maldición de Lono va más allá.

Hunter-S-Thompson-Hawaii

Después de toda la paranoia que consigue reunir a lo largo de casi doscientas páginas, sumada a la alienación que significa estar atrapados en un lugar azotado por las tormentas incesantes, y con el fantasma de su propio Coronel Kurtz, encarnado en el dios Lono, Hunter realiza la odisea post-gonzo. Ahora el reportero no es el encargado de indagar en la historia de los Ángeles del Infierno, ni va en busca de las entrañas del Sueño Americano: va a encontrase a sí mismo a través de, sí, las acciones de un chiflado. Hunter se había metido con todas autoridades posibles, pero en La maldición de Lono encara la fe de los indígenas hawaianos que podrían confundirlo con su dios. Afirma que es la deidad y si no se deja de hacer pasar por él podría significar su muerte. Un reinado que podría haber sido magnifico, pero como él mismo dice: “todo salió mal por culpa del alcohol”.

En una mezcla intertextual, cartas dirigidas a Ralph, extractos de El último viaje del Capitán Cook y la narración en primera persona, vemos al Hunter de siempre, aficionado a las armas, a los barcos, a las drogas, a los problemas. Pero también al Hunter más físico que nunca. Es memorable el relato de cómo consigue pescar un pez espada gigante, y como al matarlo y presumir su triunfo es como comienza la leyenda dentro de la leyenda. De astro del periodismo a Dios de los aborígenes. Una falta de respeto que no todos están dispuestos a tolerar pero que para Hunter se vuelve la razón entera del libro que escribe mientras se oculta de sus detractores. Un Dios que se atraganta de whisky y se niega a renunciar a su nueva encarnación mientras le pega por las noches a la máquina de escribir. Empecinado en exprimirle hasta la última gota a esa locura que no se agota. Esa locura por la que va a cobrar. Con dinero o con fama, o con la obtención de un manuscrito.

La maldición de Lono es la última genialidad de Hunter. El periodismo post-gonzo.

hunter s thompson

Foto: Michael Ochs /Getty Images

Editor Yaconic

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