Luc Sante (1954) publicó en 1991 su tremendo Low Life: Lures and snares of old New York, una “compilación de los mitos sobre los que se asienta el reverso sombrío del Nueva York actual”. Este año, la española Libros del K.O. lo ha traducido bajo el título de Bajos fondos. Una mitología de Nueva York. Este libro, ha dicho la editorial, “es más bien un desfile de rufianes —en bandas callejeras, en partidos políticos o en uniforme de policía— y de desheredados —quienes quedaron en la cara oculta del progreso por convicción o porque no les quedó otra—. Y también es un libro sobre los callejones y las casas de vecindad por las que arrastraron su vida y se divirtieron desde 1840 a 1919”. Con permiso del sello, publicamos el siguiente fragmento.

NOCHE.

Por Luc Sante / @luxante

Algunas noches, en ciertas partes de la ciudad, normalmente en calles abandonadas y en invierno, pero también en otras estaciones si las calles están lo suficientemente olvidadas, podemos atisbar el pasado como a través de una ventana sucia. A veces el efecto solo dura un instante: cuando regresas de algún lado caminando con la cabeza llena de compañía y música y sensaciones, y llegas adonde todas las sensaciones nuevas se disipan, un callejón sin salida en mitad del West Side, con su rosario de minoristas, de galerías de arte, de plataformas para carga y descarga, de cafeterías cerradas; o una calle en el Lower East Side, donde los cruces no tienen semáforos, todo es inamovible y oscuro, y las únicas personas visibles se desplazan furtivas como espectros. No habrá tráfico y las farolas parecerán contraerse en sus globos, arrojando sus rayos de luz en círculos apretados, y las calles bacheadas dejarán ver los adoquines bajo una fina membrana de asfalto, y los edificios de alrededor serán masas de ladrillos romos y oscuros o una cacofonía de terracota o tumbas de hierro abiertas de seis y ocho pisos. Este es el sepulcro de Nueva York, la ciudad como una ruina viviente.

También es el puente hacia el pasado, el pasado que comparte la misma noche que el presente, incluso si desemboca en un día distinto. La noche es el pasillo de la historia, no es la historia de los famosos o los grandes acontecimientos, sino la de los marginados, los ignorados, los suprimidos, los incomprendidos; la historia del vicio, del error, de la confusión, del miedo, de la ausencia; la historia de la intoxicación, de la vanagloria, del engaño, de la disipación y del delirio. Le arranca a la ciudad su barniz de progreso y modernidad y civilización y revela lo salvaje. En Nueva York la noche es un desierto despojado de cultura que encierra todo el crimen acumulado en noches pasadas, remontándose por lo menos hasta los ahorcamientos tras la Conspiración de los Esclavos de 1741. Cada noche, Nueva York regurgita la historia de este modo, como si la Noche de Walpurgis fueran todas las noches, y no es una ilusión. El día es la quimera, el que finge que Nueva York es un lugar cualquiera, quizá con edificios más altos, pero igual de rutinario, con una población que vaga de sus negocios a sus sueños, una gran máquina que zumba para bien del mundo. La noche revela que esto es una pantomima. Por la noche en las calles todo lo oculto sale fuera, todo el mundo se somete a las reglas del azar, todo el mundo es a la vez un asesino y una víctima potencial, todos están asustados, igual que todos pueden inspirar miedo a los demás. Por la noche, todos estamos desnudos.

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En una noche cualquiera, una ventana podría dar a 1840, y que una mujer vuelque un cubo de ceniza sobre la cabeza de un peatón, y que de las sombras emerjan sus cómplices y despojen al cuerpo que se retuerce del dinero, de las joyas, de las botas, del abrigo, del sombrero, e incluso le corten la garganta. Cualquier esquina puede estar en 1860, y que un paseante reciba un golpe en la nuca y sea llevado a un sótano donde le quiten todo, y puede incluso que despierte horas después como tripulante en un barco hacia algún punto del este o del sur. Cualquier callejón puede ser el de 1880, y que hombres esperando el susurro de una falda salgan de la nada y duerman con cloroformo a su víctima, que despertará prisionera de un burdel en algún recóndito pueblo minero a kilómetros de distancia. Cualquier calle donde las luces se hayan apagado puede estar en 1900, y que un policía se acerque a una llamada de auxilio y caiga en una alcantarilla destapada, o sienta el impacto de un cable tenso a la altura de la garganta. Cualquier bar desconocido puede ser de 1920, y que a un cliente que sonríe le hayan servido cuatro onzas de hidrato de cloral. Y en cualquier sitio puede aparecer un sujeto que no tiene nada en el mundo salvo una porra, o un gancho de estibador, o un ladrillo, o un garrote, o un mazo, y una necesidad desesperada de dinero.

La noche tiene su propia jerarquía, compuesta por aquellos que de día se esconden o pasan desapercibidos. Durante el día, duermen o se apartan a las escombreras o son invisibles para los grupos optimistas y responsables, o se hacen pasar por lo que no son. Los desfigurados y los mutilados solo son visibles para el resto de la población cuando cae la noche; entonces el ojo no puede desviarse en otra dirección. Las prostitutas duermen en el día, y también los chulos y los ladronzuelos y los tironeros y los envenenadores de caballos y los artistas del caos. Los embaucadores durante el día parecen empleados de banca, y los vendedores de objetos robados parecen tenderos. Estos pueden ser vistos por la noche, no trabajando sino gastando sus ingresos en saloons o en prostíbulos. Los saloons tienen su población de clientes que llegan a mediodía y se quedan toda la noche, o quienes de hecho duermen bajo las mesas en la trastienda y nunca salen del local salvo para buscar dinero, pero la noche llena los locales con bebedores aún más voraces y mete el diablo en el cuerpo a toda la concurrencia. Hay peleas sin motivo, y las jarras de cerveza vuelan contra los espejos, las sillas se rompen, las pinturas son rajadas, las botellas se rompen en el cuello y se clavan en las caras, o una pistola se dispara y todos tienen que huir por la ventana de atrás.

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Dos prostitutas en Nueva York / Getty

Otros observan esto a una distancia considerable, aunque pueden estar sentados contra la pared contigua, aturdidos por los venenos consumidos lentamente durante mucho tiempo. Los borrachos tienen todo tipo de clases. Cornelius Willemse catalogó a los principales tipos hacia 1905: los que dan tumbos, los que cantan, los que lloran, los que corren, los que pelean, los caritativos, los parlanchines, los que se crecen, los engañosos, los amorosos, los traviesos, los dormilones, los que aman a los animales, una categoría a la que denominó «borrachos taxi» y los que están casi muertos. Y para cada tipo de borracho hay un local concreto, desde los restaurantes de langostas en Broadway, donde los borrachos adinerados beben sin reparar en gastos hasta caer en brazos de sus sirvientes, a los saloons de las esquinas, donde los padres hacen escala entre la cena y la cama, o a los establecimientos deportivos, donde los hombres que conocen boxeadores y los hombres que conocen a hombres que conocen boxeadores pueden mirar fotografías de deltoides y tríceps, o a los clubes políticos, con salones para bailar tap, o a las fábricas de tullidos, o a los garitos que parecen idénticos al resto pero dentro todo el mundo es malayo o es homosexual o son ancianas y ninguno de ellos podría ir a otro lado, o a saloons regentados por niños y para niños, o a blind pigs en las trastiendas de las lavanderías, o a grutas donde se asume que el cliente no se marchará antes de terminar su tazón de sobras rebajadas.

En cualquier caso, los borrachos recorren las calles por su cuenta y riesgo. Hay rateros especializados que los aguardan, con la antena puesta para saltar con cualquier paso en falso. Las mujeres no caminan por las calles por su cuenta y riesgo, sino más allá. Se daba por hecho que una mujer en la calle por la noche era una prostituta, y, de hecho, una que estaba en el último tramo de su carrera. Si a un cliente se le metía en la cabeza que por el mismo precio tenía derecho a mutilarla, había poco que ella pudiese hacer al respecto, y los policías no intervenían porque ella no podía permitirse la cuota de protección. Si alguien de más importancia estaba en peligro, los policías se comunicaban entre sí golpeando el pavimento con sus porras, y las piedras distribuían la señal percusiva a través de las calles. Las calles en general estaban en silencio, y solo se escuchaban algunos gritos y los maullidos de los gatos en celo y el sonido de cristales quebrándose. Sin embargo, el Bowery tiene vida.

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Los camareros, que también trabajan como porteros en el Suicide Hall de McGurk, se alinean y entonan The Curse of an Aching Heart. En Chatham Square los jugadores de policy y los asesinos a sueldo lloran juntos en un café ante un niño gangoso que intenta alcanzar las notas altas de The Picture That Is Turned Toward the Wall. Afuera, bajo el tren elevado, un viejo con una gabardina larga toca un órgano y canta Mother Machree. En el antro de Billy McGlory, a la vuelta de la esquina en la calle Hester, hay una pelea a puñetazos en mitad de la pista, y cuando empieza a brotar sangre, se limpia la tarima y un trío ocupa su lugar —corneta, violín y piano— y toca una polonesa mientras las chicas bailan un cancán. Un reportero del New York Herald apuntó en 1882 en la estación del tren elevado de la calle Grand en la Tercera Avenida:

…Hay un sinfín de actividad en la estación. Sin duda, los sonidos de la vida aportan una innegable animación a la escena, ya que son lo suficientemente altos y variados incluso si lo comparamos con un día agitado, y llegan sin cesar desde abajo en el Bowery. No hay nada en este resplandor de luces, nada en este pavimento lleno de gente, que indique que ya pasó la medianoche. Las ventanas centellean, los saloons están todos encendidos, un grupo de pianos y violines lanza sus notas al aire hacia la noche para mezclarse en una disonancia instrumental que armoniza con la canción de los juerguistas, los gritos del luchador y los cientos de voces extrañas de la noche.24

El Bowery es la capital de la noche. En sus aceras, las personas atraviesan ruidosamente las puertas de los saloons, repartiendo empujones entre la multitud por si sale alguna pelea, buscando a padres o esposos perdidos, enganchando a forasteros para intentar venderles cualquier cachivache a un precio desorbitado, juntando dinero para pagar una cama, recogiendo colillas de las alcantarillas, exhibiendo fajos de billetes para impresionar a los recién conocidos, predicando la palabra de Dios para absolutamente nadie, vendiendo relojes robados bajo los abrigos, vendiendo periódicos, vendiendo favores, vendiéndose a sí mismos.

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La noche es cuando multitudes de marineros bajan por la avenida y las tiendas y los saloons cierran sus puertas hasta que se han ido. La noche es cuando las bandas, cuya única diferencia discernible es que unos vienen de la calle Norfolk y otros de la Suffolk, acuden a territorio neutral para intentar matarse unos a otros. La noche es cuando las victorias políticas se celebran con desfiles con antorchas y fogatas que sugieren más un linchamiento que una coronación. La noche es cuando las personas que han perdido los ahorros de su vida jugando al stuss descubren que no hay manera de recuperarlos y van a ahogarse al río. La noche es cuando las personas vencidas por la desesperación incendian sus casas y las llamas alcanzan manzanas enteras de edificios. La noche es cuando las personas se meten en problemas, captan el horror, abrazan una religión. La noche es el almacén de los asuntos pendientes en Nueva York. Es la miga de su historia secreta, el monumento a sus víctimas y a sus fracasos, sus depredadores y sus policías. Es el momento de la inversión y del desgobierno, la provincia del vicio y de la intemperancia, de la miseria y del infortunio. El reloj de Nueva York está dirigido por un resorte moral que por las noches une inextricablemente el placer y el daño. La noche se olvida y se repite sin cesar; es gloriosa y es vecina de la muerte.

24 Citado por McCabe, op. cit., p. 191.

Editor Yaconic

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