En una escena eliminada de Pulp Fiction, Mia Wallace confiesa a Vincent Vega una teoría sobre la sociedad: el mundo puede dividirse entre personas Elvis y personas Beatles, y nadie puede estar en ambos grupos. Ante ello, el personaje de Travolta no hace otra cosa que resignarse al veredicto de Mia: «Obviamente, tú eres un hombre Elvis».

Teniendo en mente una visión similar a la de Quentin Tarantino, en ese abismo que se abrió entre los solistas del rock y las bandas de rock, Parménides García Saldaña escribió El rey criollo a fines de los sesenta.

Fui con mis cuates al cine a ver King Creole. Todos admiramos a Presley, a Elvis Tulsa Presley. Es un fregón cantando. Y además bien carita, digo, cualquier vieja da las nalgas por él. Y Elvis canta y baila como nadie. No hay duda que es el jefe. Un chingón y todo.

Para entonces, mucho se había hablado de la Revolufia Mejinaca, de la urbanización, del apogeo de la varilla y el asfalto, y de la prematura burguesía nacional; sin embargo, poco se supo y poco se escribió sobre las secuelas de este cambio en la clasesita-media y su chaviza, aquella que hubo de rifarse una guerra entre gringos y urssos. Poco se sabía y poco se escribía sobre quienes asumieron la madriza de una revuelta armada que luego de robar los guaraches a los desposeídos, dejó a los desarraigados a merced de la apertura comercial y cultural del american way of life.

A Parme, además, le tocó el reflujo de esa ola que fue la invención literaria de la Ciudad de México tras los cincuenta. La ciudad como la gran protagonista. Su generación transformó y reinterpretó a la portentosa Región Más Transparente en una de las formas del rock, aunque en ese momento muy pocos prestaron atención.

«Ya estábamos hartos de ser parte de los hijos de la chingada, queríamos serlo de los chingones», explicaría más tarde el escritor. El resultado fue El rey criollo. «Es mi primer orgasmo en la literatura», definió el Par a estos once cuentos que componen su segundo libro de ficción, al cual –según la crítica convencional– lo integran textos más pensados, tallereados, conscientes, «sin mucho mérito». No faltó incluso quien exigió a los cuentos lo que «sobraba» en la novela: «Y el lector extraña el rapto y el delirio genuinos, que eran virtudes literarias de Pasto verde» (Alejandro de la Garza). «Es como un Pasto podado», diría una amiga que leyó ambos libros y coincidió con esta lectura.

Un casado enojón, un ingeniero hipster salva putas, una nena loquísima fugada de casa, una vieja adornada, junto a otros personajes adictos a las golosinas, a los cigarros y al alcohol, se dan cita en El rey criollo; la narración de los alocados encuentros entre los cats y las gatitas, cuyo presente ya no es la revolución:

Las parejas bailaban. Luis y Rodolfo cachondeaban a sus viejas de la danza, guerreras del abachobecho y del cojín. Rodolfo, como si estuviera bailando con una puta del cabaré Bombay, con las manos en las nalgas de Alma. ¡Sabor morena, sabor!

Gracias al libro sabemos que hubo arquetipos previos a Elvis, a los Beatles y a los Rolling Stones, e ídolos posteriores a Pancho Villa y al Ejército Libertador del Sur. Finalmente, el Che Guevara de los sesenta resultó una combinación comercial entre Emiliano Zapata y John Lennon. «Ante la nada y/o el relajo –sentenció Parme en su libro En la ruta de la onda–, la chaviza escogió el relajo, señal de resurrección y encuentro». Ante la nada, el relajo que terminó en desmadre.

En medio de todas estas máscaras, los jóvenes de la capital tuvieron otro espejo en Johnny Strabler, Dean Moriarty y Jimmy Stark. Espejo roto en varias de sus esquinas como resultado del pulimiento de la imagen a putazos. La guerra contra toda autoridad, y contra el primero que pase; apartándose de la herrumbre de los Héroes Patrios y de la ñoñez de las malteadas de vainilla y los suetercitos a gogó estilo César Costa.

«Si al principio del rock “en español” las letras hubieran provenido del lenguaje ñerito, se las hubiera considerado subversivas –continuó en ese ensayo musical de 1972–. Imagínense a las chavas fresas de entonces oyendo un disco…».

Desquintada aha aha aha/ desquintada aha aha aha/ tú tienes unas nalguitas que se antojan/ pero tu pucha, ay qué cosa tan fatal/ aha aha aha…

(Reinterpretación de «Despeinada» por Alex Lora)

Fue así como la chaviza enfrentó al priismo de Ernesto P. Uruchurtu, digno representante de El Máximo Jefe de la Revolución y responsable de ese mundo autoritario y machín institucionalizado en la familia moderna gabacha (y su tropicalización mexicana).

Y ahora a bailar como degenerados rumbita caliente. 

Ayayayayay, mira, mira… no te adornes, flaca, no te adornes, que no te queda… que para eso estás aquí.

Con esa desesperación a cuestas, la rebelión pandillera se trepó al auto-moderno-de-apá para luego treparse a la onda, es decir, al pleno disfrute de sus cuerpecitos, a la liberación sexual. Fue esa juventud pre-rocanrolera, rumbera, danzonera, la que desnudó a la burguesía y a su «moralismo rascuache», por contagio de gustos grasosos (funkies).

Trepado en esa ola contra las buenas costumbres y empecinado en escandalizar a la gente decente, el chavo de onda habló y cogió igualito a los gañanes, los nacos, los malhablados pachucos de la capital: «aunque no fuera puta era una gorda del faje», porque «viejas que no cogen, a la verga» (filosofía misógina para insatisfechos aspirantes a caifán).

¿Malhablados? ¡Nel, ñero! Nomás mal portados, porque «diferir del modo general de hablar es tratar de no ser como los demás», ser diferentes, alejarse del resto, entrar en onda. ¡And let´s spend the night together, baby! ¡¡¡Ay!!! Esas ganas brutales de partirle su madre a la decencia, del modo que sea. Y si es junto a una nena, mejor.

Antes de empezar la película era un auténtico relajo, un vil desmadre como se dice vulgarmente. Las pandillas gritaban: ¡Aquí la Guerrero! ¡Aquí la Roma! ¡Chinguen a su puta madre los putos ojetes de la Narvarte! No sé a qué se debe que seamos tan odiados. ¡Los nacos de la Guerrero nos vienen a pelar la verga! O los gritos entre los gritos: ¡Todas las viejas de abajo son una bola de putas culeras! ¡Ya llegó su padre hijos de la chingada! Y luego un cuate con voz de trueno gritando: ¡Chingue a su madre el que no ladre! Y todo el pinche cine ladra y ladra, creo que hasta las viejas, menos yo porque no le hago caso a cualquier pendejo.

De nuevo, tras Pasto Verde, fue Editorial Diógenes (Emmanuel Carballo y Rafael Giménez Siles) quien aceptó y promovió la arriesgada propuesta editorial de García SalAraña, la cual con el tiempo se convirtió en su obra más conocida, aunque no la más célebre. Hoy sería impensable entender ciertas piezas clave de la historia del rock y la juventud en México (del rock y la juventud en la historia de México), sin tener presente a El rey criollo. El poema «Lisa» de Roberto Bolaño podría dar testimonio de ello.

Más tarde, José AgustínPepcoke Gin para la banda– haría nuestra tarea, y por siempre se lo agradeceremos. En La contracultura en México, mil novecientos noventa y tantos, escribió a modo de apéndice cierta chiquiminimención biográfica sobre este tal Parménides (con foto y toda la cosa). Y más adelante, por encargo de Joaquín Mortiz-Planeta, se rifó el epílogo de la edición 1997 de King creole (dentro de una colección diseñada por su hijo Andrés Ramírez).

En ambos casos aprovechará el lance para trabajar la obra completa de P., quien no se librará de los habituales comentarios devastadores de su cuate.

Además de revelar varias confidencias, analizar cuento por cuento y dar una opinión sobre el conjunto de los títulos, Pepcoke defendió al autor veracruzano de las viejas y malas críticas (machista, proyanqui, pequeñoburgués); aunque al final –y como no podría ser de otro modo– tundirá a su carnal con amenidad y sinceridad.

«Más que la historia en sí o el trazo psicológico de personajes –observó Ramírez Gómez en aquel epílogo–, a Parménides le interesaba crear atmósferas y, a través de la sucesión de textos, sugerir un tema central: la fijación de imágenes de distintos y desoladores abismos de la búsqueda, frustrada y frustrante, del amor como meta inmediata en la vida juvenil».

También, a decir suyo, si El rey hubiese aparecido durante los años en que el público conoció De perfil y Gazapo (de Gustavo Sainz), hoy compartiría la conmoción literaria que causaron estas obras. Es bueno saberlo. Ya que como leemos en el mismo Rey, existió una versión previa a Pasto Verdoso que fue pulida junto a Carballo, quien orientó al vicioso para que escribiera mejores cuentos que los marxianos. Cada uno con epígrafes de rolas de los Stones y dedicatorias geniales a figuras interesantes de la vida pública de entonces.

Cuentos como «Stranger in paradise», «Good bye Belinda» o «Bye bye Love», donde la iniciación al noviazgo es parte de los ritos de paso de la tribu:

Si las cosas del amor se resolvieran tan fácil como las ecuaciones de álgebra. Si el amor se estudiara en libros. Porque él era A y ella era B y el resultado C era el amor; pero, ahora, los factores habían cambiado. B era la incógnita a despejar. B=X. A+B=C. A=Jaime. C=Amor. B=X.

Igualmente, el volumen incluye historias como «La espera», «Un día triste, triste», «Una actitud sincera», «En noches como ésta» o «El encuentro», en los que Parme vertió esas baladitas melodramáticas con las que todo roquero tropieza: con matrimonios, amantes y suegras. Y que retomará años después en los relatos de El callejón del blues. De ahí que algunas sean piezas cursis, predecibles y fastidiosas; contrario a lo que logrará en «¡No te adornes, no te adornes!» o «Aquí en la playa», cuentos de antología en los que logró plasmar de forma soberbia el espíritu hippie o contracultural del momento.

Y por último, para cerrar el libro, «El Rey Criollo», que se cuece aparte y cuyo acto de indisciplina en el cine de Las Américas inmortalizó el autor. Una perlita de La Onda que, en sus distintos niveles de lectura, cuestiona aquello de «literatura de chavos para chavos».

Los de Quemada en fila india, perfectamente malhecha para que los Gatunos no se dieran cuenta de que los chingadazos los estaban esperando, cerca de la escalera, y cuando Los Gatunos venían en bola, la Marrana se adelantó, le puso un seco a uno que quedó sentado y con el hocico floreado, el güey ése cayó al suelo bien bonito, chulo, divino, encantador.

Y no fue sino hasta cinco años después de Gazapo y cuatro de De perfil, en 1970, cuando se publicó El rey criollo («ni mejor ni peor: distinto», subrayó Parme), con una portada tremendamente chida (primero con una foto de Elvis, y en la segunda edición una banda a la Marlon Brando en Salvaje que posa ante la cámara) y, en la solapa, un comentario del propio autor sobre la obra: «El rey criollo –dijo– recoge mis impresiones del mundo que he habitado». Para concluir con lo siguiente: «El rey criollo, medianamente, soy yo».

¿No es suficiente con lo antes dicho? Bien. Décadas después de su muerte, el hermano menor de Parme (Edmundo) y su sobrina Sofía, visitaron el cementerio de Montparnasse en París, y como una manda, tributo o profanación, dejaron un ejemplar de El rey sobre la tumba de Baudelaire.

La segunda ceremonia luctuosa de Parménides –contó su hermano– fue épica.

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