LA MÚSICA DESPUÉS DE ESTA VIDA

A estas alturas es un lugar común decir que la música es el alimento del espíritu. Sin duda es uno de los nutrientes espirituales preferidos de los seres vivos. ¿Y de los muertos?

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Por Rogelio Garza / zigzagderogeliogarza.tumblr.com
Ilustración por Iurhi Peña / iurhipena.tumblr.com

La música es la mejor prueba de la existencia del espíritu. Por casualidad estoy escuchando los Conciertos para trompeta y orquesta de Giuseppe Tartini. Algo que un hombre compuso en 1730 hoy me pone el cuero chinito. La energía esencial de Tartini trasciende en forma de notas musicales, viaja en el tiempo, y me conmueve. El hombre creó la música en la prehistoria con su cuerpo y la naturaleza, como un instrumento que se toca a sí mismo para procurarse ese alimento, para comunicarse con los espíritus y expresar sentimientos que de otra forma sería imposible. Han pasado 50 mil años de misticismo; desde entonces, la música suena en todas las culturas y religiones de este mundo. ¿Y en el otro?

MÚSICA DE ACÁ EN EL MÁS ALLÁ

Hay quienes piden música específica para que se toque en su funeral. Ya sea para despedirse o para llevarse sus discos y canciones favoritas en el tránsito hacia la otra vida. En los velorios hay personas que entonan canciones religiosas para encaminar al difunto. También existe la espantosa marcha fúnebre que conocemos por la televisión y el cine, ¿o alguien ha escuchado alguna vez que se la toquen al muerto?

Si todo esto fuera cierto, si existiera el más allá como cada quien pueda imaginarlo, si nuestro espíritu se alimentara de música, ¿qué sucedería si una persona muere? ¿Hay música después de esta vida? Quienes afirman que no, ¿cómo lo saben? La pregunta “¿Qué discos te llevarías a una isla desierta?” sería de otra dimensión: “¿Qué discos te llevarías a la tumba?”.

De Johann Sebastian Bach a Frank Zappa y de Ludwig van Beethoven a James Marshall Hendrix los músicos mueren, se van al otro mundo. Su música acá se queda, permanece entre los vivos y sonará en diversos formatos hasta el Día del Gran Silencio. Sucedió en 2013 con la muerte de Lou Reed, en cuyas últimas grabaciones sobresale Hudson River Wind Meditations, la música que compuso para sus clases de Tai Chi, el lado opuesto de Metal Machine Music.

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Hubo músicos que incluso colgaron los tenis sobre el escenario. Se pelaron mientras tocaban personajes intensos como Country Dick Montana, de The Beat Farmers, en 1995. El gran Mark Sandman, del trío Morphine, colapsó en Italia en 1999. Dimebag Darrell, guitarrista de Pantera, fue asesinado a balazos mientras tocaba en algún lugar de Ohio en 2004. El británico escritor de rock, Mick Farren, vocalista de The Deviants, murió de un paro cuando cantaba en Londres en 2013. También le sucedió a Mike Scaccia, el estupendo guitarrista de Rigor Mortis, Ministry, Revolting Cocks y Lard, mientras tocaba en Texas. Está el caso de Gustavo Cerati, quien se quedó atorado en el viaje hacia allá, cuatro años con un pie en este mundo y otro en el otro, después de tocar en Venezuela en 2010. Falleció el 4 de septiembre de 2014. Los últimos decesos sucedieron en México: el 6 de octubre encontraron al gran Capitán Pijama en su departamento; seguido, el 14 de octubre de 2014, por el tecladista de Jack White, Isaiah “Ikey” Owens, quien murió en su cuarto de hotel después de tocar en Puebla.

También músicos que homenajearon a la pelona como el inmenso Jerry Garcia de The Grateful Dead, que se entregó a la parca de un paro cardiaco en 1995. Los hay quienes le dedican discos y canciones al Cielo y al Infierno, como Nick Cave. O los que le cantan al Director de las Tinieblas, como King Diamond. Hasta los que hicieron un pacto con el Maligno, como Robert Johnson, quien no sólo le entregó su alma al Preciso a cambio de que le afinara la guitarra en aquel pasaje del blues de Mississippi, además pertenece al Club de los 27 (Brian Jones, Alan Wilson, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Kobain, Richey Edwards y Amy Winehouse, entre muchos otros). Es conocida la mano del Diablo en la música, tanto como la de Dios en el futbol, de quien se dice, según Faithless, que también es diyei.

Todo esto indica que existe una conexión entre la música y el mundo espiritual. O que la música es un puente con el más allá. Los ritmos, las melodías y los cantos, son una forma de alabar a las deidades y una vía para alcanzar los estados extáticos en celebraciones y curaciones. Existe la llamada música sacra o litúrgica, como los cantos romanos y gregorianos, oraciones vocalizadas que datan del siglo V. Tan estrecha es esta relación que hay spirituals songs cantadas por los esclavos africanos en las plantaciones sureñas de Estados Unidos durante el siglo XIX y posteriormente el gospel en las iglesias.

Los cantos chamánicos de México y el mundo, los católicos, los protestantes, los satánicos, los rastafaris, los sicodélicos, los new age, todos se conectan con el mundo espiritual a través de la música. Se toca y se canta en recitales, ceremonias, fiestas sociales, oficiales, tradicionales, bautizos, bodas y funerales. Siempre hay que animar con música. En el otro extremo, en el de los fanáticos religiosos, la música y el baile están prohibidos a excepción, claro, de la música cristiana para alabar al Yisus. Pero ya sabemos que ese Yisus es un loquillo, el primer jipi de la humanidad. Hasta su ópera rock de superstar le hicieron. Mucho amor y mucha paz, pero venga todo el Cash, quien, dicho sea de paso, tenía un repertorio repleto de spirituals.

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La duda es: ¿allá escuchan la música de acá? Gran misterio. ¿Los espíritus se nutren de luz en silencio? Es necesario darse un rol para saberlo y eso ya suena a Cretin Hop de los Ramones, que de los cuatro originales ya no queda ninguno porque 4, 5, 6, 7, all good cretins go to heaven. ¿Algún voluntario que se aviente el voyvuelvo para informarnos la cuestión? Lo mandamos con sus discos favoritos, por si acaso…

Rogelio Garza

Rogelio Garza

Escritor, publicista y ciclista. Durante más de 10 años escribió la columna Zig-zag en revista La Mosca. En 2008 editó y publicó Las Bicicletas y sus Dueños y en 2014 apareció Zig-Zag, Lecturas para Fumar, una compilación de sus mejores debrayes en la revista del insecto y otros medios.

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